Un sabor a guerra civil

Cuando le pregunto a Igor por su madre, que vive en una capital de provincia de la Ucrania occidental, me escribe irritado acusando a los nacionalistas de la ciudad de Lviv de la violencia. Le envío un mail a Tetyana para interesarme por los suyos en Kiev y lanza improperios contra el gobierno de Yanukóvich y los “rusos”. Recuerdo bien Jemelnitskii, de donde es Igor: una ciudad verde y tranquila, con unas calles de shtetl judía y un urbanismo soviético salpicado de algún recuerdo del zarismo. Recuerdo también el Maidán en Kiev, quizá la ciudad más hermosa de Europa, recuerdo también Lviv, con su aspecto de pequeña Viena, y las ciudades de las provincias de los arribes de los Cárpatos y recuerdo también las aldeas, en ese vergel cercano a Kamenets-Podilskii… Y no puedo evitar sentirme profundamente triste, apenado, pero también enfadado.

¿Por qué otra vez sucede esto? ¿Por qué, cuando parecía que las cosas iban a ir a mejor, que Ucrania estaba avanzando hacia un acercamiento a Europa que significara una mejor vida para el grueso de sus habitantes, todo se hunde? La respuesta es que quizá en realidad Ucrania no estaba avanzando. El fracaso del acuerdo con la UE no tiene sólo que ver con la presión rusa. El presidente Yanukóvich —como sus antecesores desde la independencia— no fue capaz de realizar las reformas necesarias para que el acuerdo no costara a los ucranianos la destrucción de su renqueante sistema económico. Las transformaciones estructurales que la apertura a Europa traía consigo habrían desintegrado por completo el sistema aún pos-soviético, basado en una agricultura aún casi koljosiana y una industria de bienes de equipo secuestrada por sus ventas a Rusia. Las altas cifras de crecimiento económico ucranio tenían mucho que ver con una moneda mantenida a niveles artificialmente altos por el banco central.

Sin un cambio fundamental en la política económica, sin una rotunda voluntad de transformar las estructuras del país, Ucrania no resistirá. Las tensiones identitarias sólo son peligrosas si la situación económica se degrada. Mientras el este y el sur de Ucrania podían crecer económicamente, vendiendo a Rusia y a Occidente, pero manteniendo las libertades ucranias, esa peculiar mezcla de tolerancia y corrupción, nadie pensaba en una separación del resto del Estado. El abismo económico al que se dirigía el país bajo la falta de dirección de Yanukóvich y su casta de magnates hizo reaccionar a las masas, pero las respuestas, habida cuenta de los resquemores étnicos y los intereses propios, han sido muy distintas en distintas regiones.

Y en distintas personas. La situación no es tan simple como la presentan muchos analistas. La división evidente entre los ucranios no es puramente lingüística, ni étnica, ni ideológica. Escucho en la televisión ucrania los discursos en directo desde el Maidán y me encuentro con lo que ya he visto muchas otras veces, en las ciudades y los pueblos: un político habla en ruso, el siguiente en ucranio, hay otro que comienza en ruso y termina diciendo frases en ucranio. Rusos y ucranianos —incluso los nacionalistas— se sienten parte de un mismo tronco étnico. Pero eso no implica que quieran lo mismo. Las divisiones cruzan las mismas familias, el puesto de trabajo marca también la conciencia: quienes dependen de que sus empresas vendan a Rusia no ven con buenos ojos a la UE, los estudiantes que han vivido y estudiado en Fráncfort del Oder, Berlín o París quieren disfrutar también en Kiev de las libertades ciudadanas que han disfrutado durante los meses o años pasados en la Europa comunitaria. Es cierto que ni la crisis del euro, ni las imposiciones alemanas a Grecia y los países deudores, ni la constante impotencia internacional de la UE han ayudado a incrementar la confianza en una organización que muchos —sobre todo los más ancianos— siguen percibiendo como un enemigo de tiempos de la Guerra Fría. La UE —y todas sus formas anteriores— fueron difamadas acerbamente por la propaganda oficial en la URSS y lo siguen siendo ahora en Rusia. Los nacionalistas ucranios —fuertes en el oeste del país— son temidos en el este y contemplados como fascistas y criminales. Es el resultado de la demonización del nacionalismo ucranio llevada a cabo por el régimen soviético, pero hunde sus raíces en un proceso histórico: el nacionalismo radical ucranio realizó una campaña de limpieza étnica durante la Segunda Guerra Mundial en la que murieron al menos 50.000 conciudadanos polacos (aunque las propias milicias polacas respondieran acabando con otros 15.000 ucranios). Con la ocupación de Ucrania Occidental por la URSS al término de la guerra, los radicales lanzaron una guerra de guerrillas de alta intensidad que les llevó a ser aniquilados por las fuerzas del Ministerio del Interior soviético. Es con estos nacionalistas, con su legado, con el que se identifican los ultras actuales. Su rechazo a todo lo que recuerde a Rusia —y Yanukóvich era para ellos un siervo ruso— les imposibilita para llegar a acuerdos. Ellos tienen una agenda propia, su objetivo no es la democracia, pero su lucha ha servido para quebrar el sistema.

Europa se ha convertido para muchos jóvenes ucranios en la imagen de un futuro que quisieran para sí y sus hijos. Resulta difícil para muchos occidentales acostumbrados al cinismo y el nihilismo con respecto a Europa comprender las emociones que la bandera azul con las doce estrellas despierta en ellos. Pero si Europa no reacciona el desastre será mucho mayor. Una Ucrania soberana, democrática, libre impulsará a una Rusia que avance por esa senda. Porque la Rusia de Putin no es, pese a todo, una dictadura, pero el cumplimiento de sus designios sobre Ucrania reforzaría en Rusia las tendencias aislacionistas, imperiales, contrarreformistas. Europa ni quiere, ni puede vivir al lado de un imperio. Y para ello Ucrania, el pueblo ucranio, es clave.

Tras los movimientos habidos en los últimos días, el gran peligro ahora sería la desmembración del territorio ucraniano. No se trata simplemente que las partes más industrializadas y ricas del país se fueran, se independizaran o se unieran a Rusia. Me llegan ciertamente voces de allá que dicen eso, que afirman que con “esa Ucrania”, la de los seguidores del nacionalismo de Stepan Bandera, ellos no tienen nada que ver. Pero no es así. Dada la interrelación de personas y territorios, la separación del este y el sur, del Dnieper y de Crimea, no sería en realidad un divorcio, sino una amputación. Y en una amputación los dos pierden: el miembro separado muere y el cuerpo queda herido y mutilado para siempre.

En una de mis estanterías esperan diez o doce libros de jóvenes poetisas ucranias. Teníamos la intención de hacer algún día una antología suya, mostrar en España de qué caldo de cultivo habían surgido movimientos como las Femen, esas mujeres capaces de luchar contra un patriarcado aún extremadamente brutal sin más arma que su propio cuerpo. Aunque pueda parecer anecdótico, estas mujeres son una muestra de lo mucho que Ucrania tiene que ofrecerle a Europa. Ellas, como muchos activistas del Maidán, luchan por cosas que todos damos aquí por sentadas —incluso aunque la crisis nos haya arrebatado alguna—. La Unión Europea tiene que moverse y ofrecerle a Ucrania ayuda real, tangible, sustancial.

¿Y España? ¿Pero, me dirán muchos, qué le importa a esta cansada España de la crisis lo que suceda al otro lado del continente? ¿No será mejor que nos dejen en paz, qué nos interesa a nosotros aquel lejano país? Yo, sin embargo, estoy hablando cada pocas horas con mi hermano, que está en el sur de Ucrania. Hace unos días se fue, como otras veces, a través de Odessa, para entregar unas máquinas de tecnología española, diseñadas y construidas por su empresa y que reportarán quizá nuevos contratos. Algunos familiares preocupados le han animado a volverse. Pero no se va a volver hasta que termine lo que ha ido a hacer allí. Porque ¿cómo les va a decir a sus empleados que deja escapar unos contratos que pueden significar la diferencia entre el desempleo y un trabajo digno? Aunque muchos no se den cuenta, nada de lo que pase en Europa nos es ya ajeno y todo nos afecta directamente a cada uno de nosotros.

José M. Faraldo es profesor de la Universidad Complutense. Especialista en Europa Oriental.

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