Un silencio suicida

En estos años de crisis hemos podido asistir al triunfo del romanticismo político que se caracteriza, entre otros muchos desajustes, por exaltar una hueca sinceridad, confundiendo el precio de la franqueza con el valor de la verdad. Esa sinceridad suele presentarse en forma de insolencia, de descaro, de músculo tabernario y de aspaviento soez. Muchachos y muchachas que han brotado en esta España dolorosa, como la explosión abundante de una primavera descompuesta, han conseguido llenar la pasarela de los medios de comunicación con ese aire de superioridad con el que los románticos de otros tiempos enjuiciaban un mundo que pretendían arrasar con el ímpetu de su ardiente novedad.

Aceptemos que estos personajes, con las rebeldes posaderas bien hincadas en sus escaños y los zapatos revolucionarios bien ajustados a la horma de sus retribuciones institucionales, poco tienen que ver con los riesgos que afrontaron aquellos representantes de la radicalidad política y cultural de la modernidad. Asumamos, sobre todo, que su altura intelectual y densidad ideológica se encuentran a una insalvable distancia de las que exhibieron los caudillos del sano inconformismo, tiempo atrás. Pero advirtamos también que este puñado de insolventes ha conseguido hacer pasar su nervioso expresionismo como verdad, su deslenguada provocación como acierto, su confusa franqueza como evidencia. No solo han puesto en la agenda de los debates públicos aquellos problemas que pueden sugerir desde sus cargos representativos. Lo que ocurre es mucho más grave. Han logrado que sus maneras, su mensaje, su denuncia panfletaria de los valores fundamentales de nuestra sociedad hayan acabado por normalizarse.

Todo ello ha podido ocurrir en una España que confunde el relativismo con la capacidad de diálogo. Lo que se ha llegado a imponer es que nada hay verdadero, nada que valga la pena conservar, que ninguna referencia ética debe considerarse permanente, ni ningún signo de civilización invulnerable. Quieren hacernos creer que ninguna tradición es realidad viva entre nosotros, ni ningún rasgo identificador de una cultura fundamento de nuestra existencia. Lo que hay es un vacío al que se arrojan opiniones escépticas, burlonas caricaturas y amargas ironías. Lo que hay es un retroceso inaudito de los elementos constituyentes de nuestra arquitectura moral. Lo que asoma en los pintorescos arrabales del debate público español es una inmensa oquedad convertida en nuestra forma de ser. Que no creamos en nada de lo que hasta hace poco considerábamos un patrimonio amasado en siglos de experiencia social. Que lo sustituyamos por un batiburrillo de excitaciones pasajeras, de imitaciones momentáneas, por un montón de curiosidades. Que perdamos nuestra personalidad labrada en el profundo cauce de la historia, y la cambiemos por una máscara de guateque multicultural en la que no saber quiénes somos parece un signo distintivo de estar a la altura de los tiempos. Como si la madurez de una nación consistiera en averiguar qué es lo que hemos dejado de ser, qué creencias hemos superado para siempre.

En buena medida, el triunfo de los románticos emergentes y su vulgar llaneza solamente ha podido darse por la incomparecencia de quienes debían recordar unas cuantas verdades, sobre las que habíamos conseguido trenzar el perfil vigoroso de nuestro patriotismo. Lo más penoso de las últimas décadas no es haber sido batidos en una limpia y honrosa pelea ideológica. Lo que debe avergonzarnos es que nunca nos defendemos a fondo, siempre nos quedamos en una trémula retaguardia con nuestros principios a media asta, siempre esquivamos un conflicto que desvele el fondo de nuestros desacuerdos, siempre procuramos que el meollo de nuestras creencias no salga a la luz. Combatimos con argumentos de fogueo, luchamos en constante retirada, callamos con excesiva frecuencia o hablamos con inmensos rodeos. Y la insolencia directa de los románticos, el entusiasmo incendiario de los ignorantes pasa a revestirse del prestigio de quienes tienen fe en algo frente a la esquiva prudencia de quienes se expresan a media voz. No es por la fuerza de sus argumentos por lo que nos están ganando, sino por la incomprensible debilidad de nuestro ánimo.

Lo que no nos atrevemos a decir es que la civilización occidental constituye el mundo de nuestras referencias morales, políticas y culturales. Esa identidad no es una elección caprichosa, sino el fruto de milenios de vida en común, atenta a una idea del hombre que hoy, especialmente hoy, consideramos superior a las que otras sociedades han alzado en el transcurso de la historia. Lo que no nos atrevemos a decir es que esa civilización se fundamenta en la libertad y la fraternidad proclamadas por el cristianismo, de cuya universal doctrina brotaron las corrientes humanistas, ilustradas, liberales y democráticas de la época contemporánea.

Lo que no nos atrevemos a decir es que nuestra idea de la sociedad se basa en aquellos principios morales que han llevado a Occidente a un progreso material inigualable, al respeto de la dignidad esencial de la persona, a la visión de cada vida humana como un espacio sagrado, a la conquista del Estado de Derecho, a la garantía del bienestar de todos, a la compasión por quienes sufren y a la exigencia de la justicia social.

Lo que no nos atrevemos a decir es que ha sido en Occidente donde estos valores han adquirido un rango de normalidad cultural, un espíritu de civilización. Que estos valores no son vagas alusiones a un pasado común, sino lo que nos distingue ahora de otras trayectorias y experiencias históricas, de otras actitudes ante el destino y la condición del hombre. Que creemos en su vigor, en su potencia liberadora, en su fuerza para sostenernos en momentos de crisis económica y desorientación moral.

Lo que no nos atrevemos a decir es que tenemos raíces e identidad. Que hemos construido un mundo del que nos sentimos orgullosos. Que somos la única cultura en el planeta que parece estar dispuesta a despojarse de su sustancia. Que no renunciaremos a una existencia con significado histórico y trascendencia personal. Que nunca la cambiaremos por la algarabía de un mercado multicultural en el que solo nosotros estaremos desnudos, a merced de quienes se mantienen firmes en sus creencias y nos exigen que abandonemos las nuestras como un gesto de diálogo y tolerancia.

Y tenemos que atrevernos. Hemos de llevar al debate público de España una conciencia firme de lo que somos. Hemos de proclamar, con respeto, paciencia y energía, todo aquello en lo que no hemos dejado de creer. Esa verdad que ha quedado en silencio, sin inteligencia que la actualice ni voz que la enarbole. Esa verdad con la que deberíamos afrontar nuestros graves problemas de hoy, con nuestra conciencia nacional, con nuestra orgullosa y humilde tradición. Porque en lo que siempre hemos sido, en lo que siempre hemos creído, se encuentran los elementos primordiales de una solución en estas horas de desconcierto. Y porque solamente recuperando nuestra seguridad, nuestra integridad moral, nuestra confianza, habremos de convencer a los más jóvenes de que no conviertan su comprensible miedo en barbarie y su orfandad cultural en nihilismo.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.