Un SMS de Dumas padre

Lo que está pasando en la vida política de la península Ibérica en este verano recuerda un novelón escrito por el espectro ilustre de Alejandro Dumas padre. Hay un poco de todo: fortunas escondidas, documentos secretísimos, mensajes comprometedores interceptados, ataques a escupitajo, traiciones barrocas y siempre, siempre nuevos episodios. Muchos políticos se mueven ahora embozados en sus capas y, en las declaraciones, se oye por detrás el tintineo de las espadas. Lástima que, las pocas veces que se atreven a hablar, las figuras públicas no se sirvan del verso prodigioso de don Pedro Calderón de la Barca. Todo sería más llevadero.

La tentación del ciudadano es sumergirse cotidianamente en estas páginas de aventuras más o menos tenebrosas, con el secreto deseo de transformarse en un genial Conde de Montecristo, capaz de vengarse de los poderosos de este mundo. No obstante, dejemos que el espectro de Dumas padre siga escribiendo inspiradamente nuestra actualidad ibérica e intentemos comprender lo que está pasando en Portugal. En mi país, se nos acaba un tiempo sin que sintamos que otra época empieza. La Tercera República, iniciada en 1974, se agota, y no tenemos ni idea de cómo será la cuarta.

La Primera República, nacida en 1910, significó una apuesta decidida por la modernidad, en clave laica, solidaria y patriótica. Fueron años de sueños generosos, que poco a poco se transformaron en una pesadilla. Caos, violencia social, inestabilidad política. En 1926, el ejército desencadenó un golpe de Estado y empezó la Segunda República. Hipnotizados por el lustre de sus botas, los mariscales de campo no sabían gobernar. Entonces se les ocurrió nombrar a un valido, el profesor Oliveira Salazar, que fue en su primera fase de gobierno algo así como un conde duque de Olivares a las órdenes del ejército. Salazar era un tipo sutil, inteligente, un hombre de raíces rurales que había pasado por el seminario para acabar en la universidad. En 1936, ocho años después de adueñarse de la cartera de Hacienda, domina por fin el Ministerio de la Guerra, además de ser presidente del Gobierno: se transforma en el hombre fuerte de un régimen que, no obstante, jamás tuvo la forma de una dictadura personal. Seguía habiendo presidente de la República: a los militares nunca les faltó paseíllo político para lucir sus uniformes de gala.

Hasta 1945, las cosas le fueron bien a Salazar. Comparado con los brutos que gobernaron Europa por esos años, auténticos nibelungos de cervecería, nuestro dictador parecía todo un intelectual. A Portugal se le consideraba una Suiza atlántica: orden, seguridad, pulcritud. No obstante, la aparente blandura del salazarismo configuraba un sistema suavemente atroz. Y es que, en el país de Pessoa, hasta las dictaduras tienen heterónimo. Finalmente, cuando el planeta empezó a derivar hacia la pantalla gigante de la moderna globalización, Salazar se hundió: su régimen se transformó en un delirio senil. Y llegó la Tercera República, implantada por una nueva generación de militares que conocían a Marx y se interesaban más por la sociedad sin clases que por el centelleo de sus botas.

La Tercera República quiso democratizar (lo que implicaba descolonizar), desarrollar el país e integrarse en Europa. Todo eso se hizo y funcionó. Y todo eso está dejando de funcionar. Después de ser el lugar de todos los sueños, el régimen democrático, amado por la ciudadanía, se está transformando en el tablero de todos los cinismos. Por otra parte, Europa se repliega, algo que los pueblos del centro y del norte ya hicieron ante romanos, árabes, otomanos, y ahora hacen frente al ejército atmosférico de los capitales. Se trata de ahorrar, cobijarse bien y sobrellevar los inviernos de la historia, que a veces son muy largos. Pero este horizonte no tiene sentido para los portugueses. Somos herederos del imperio romano y, para nosotros, sólo hay futuro con algún tipo de gloria en perspectiva. La vieja honra medieval la hemos transformado en un sistema de derechos sociales y no nos la pueden quitar. La sociedad portuguesa ha rechazado la vía germánica.

¿Qué camino seguir? Una posibilidad es flotar en una eterna decadencia gloriosa. Como en los siglos XVII y XVIII. Se trata de ir siempre hacia abajo sin llegar nunca a derrumbarse del todo y afirmando solemnemente que uno va hacia arriba. Algo muy ibérico. Además, en el caso portugués, podemos aislarnos. “Orgullosamente solos”, que dijo Salazar. Somos una nación con unas enormes espaldas, capaces de ignorar a Europa entera. En fin, en la Península a lo largo de este verano están apareciendo por todas partes piedras preciosas sueltas del collar de María Antonieta. La joyería de la pasada prosperidad se deshace en un sinfín de escándalos, misterios y perplejidades. El presente se agota y no hay futuro a la vista. Estamos en una tierra de nadie de la historia. Un Sinaí que hay que recorrer teniendo cuidado con los espejismos. Estaría bien que el espectro de Dumas padre nos enviara un mapa del tesoro en forma de SMS con las coordenadas de nuestro futuro.

Gabriel Magalhães, escritor portugués.

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