‘Un sol poble’

Lo ha dicho hace pocos segundos y lo va a repetir. “Este país lo haremos entre todas y todos”. 27 de septiembre en el Born, naturalmente. Raül Romeva se dirige a la multitud que celebra la amplísima mayoría de escaños obtenida por su lista. Tras un par de minutos reanuda su discurso y mientras Artur Mas se gira por un instante para encajar la mano con Eduardo Reyes, Romeva escucha un clamor. “¡Un sol poble!”. Lo hace suyo. Lo hacen suyo todos los que están de pie sobre el escenario. En el acto de inicio de la campaña Romeva ya había usado la expresión y ese razonamiento. “Somos un solo pueblo, que lo entiendan, que lo sientan y lo vean. No nos dividirán, lo haremos y lo haremos juntos”. Pero aquella noche del 27-S, casi sin solución de continuidad, las televisiones conectan con el salón del hotel donde la militancia de Ciutadans está entusiasmada. 734.910 votos. Suben 16 escaños (4 más que los 12 perdidos, juntos, por el PP y el PSC). También allí se oyen clamores de felicidad desbordada. “España, unida, jamás será vencida”. Sufro un cortocircuito. No en la tele. En mi cabeza.

Un sol poble¿Un solo pueblo? Me han saltado los plomos de las neuronas. Me voy cagando leches al rincón de pensar. Trato de subirme los fusibles y darme un poco de luz.

La expresión un sol poble, como las canciones que se convierten en himnos populares, se ha transformado en una especie de significante vacío. Más o menos todos presuponemos qué significa y hace sentirnos mayoritariamente confortables precisamente porque su definición es lábil y lo bastante imprecisa: un sol poble ha sido y se pretende que sea aún la expresión paradigmática de la convivencia tal como la tramó el consenso catalanista hegemónico desde los años sesenta. Por eso, porque es consensual, los políticos intentan patrimonializarla. Porque incorporándola a su discurso pretenden atraer a su propuesta la corriente central de la sociedad que se siente reconocida. Aparte de Romeva, durante la campaña, por ejemplo, la usaron opciones ideológicamente alejadas, tanto Lluís Rabell (“Lucharemos y venceremos como un solo pueblo”) como Ramon Espadaler (“Quiero que Catalunya sea un solo pueblo”).

Pero esta vez el concepto ha adquirido una operatividad nueva. Porque o bien se ha esgrimido para defender que el proceso independentista no fracturaba la sociedad (argumento de Junts pel Sí contra la amenaza oracular de Aznar) o, con la boca pequeña, para alertar desde el catalanismo caducado que el proceso sí lo estaba tensando. La paradoja es que el concepto, inicialmente, se formuló como una propuesta para reconciliar una sociedad que sí estaba escindida y que en potencia podía seguir traumáticamente dividida por motivos de clase, de origen y de vinculación al pasado cainita de la guerra. Aquella propuesta de refundación se vertebró sobre una determinada identidad nacional: una catalanidad inclusiva, injertada a valores democráticos y de justicia social que el franquismo reprimía (una identidad ni fija ni rígida sobre la que Salvador Cardús reflexionaba el miércoles pasado y que Mariona Lladonosa estudia de manera sistemática). Desde 1971 la aglutinó la Assemblea de Catalunya y su formulador más tenaz fue Josep Benet.

Ha llegado a las librerías el último volumen de la obra dispersa de Benet, editada por Josep Poca y publicada por Montserrat. Apenas se ha enterado nadie. Sobre el segundo –De la Segona República a la Transició– no he pescado un triste comentario, aunque en los artículos y conferencias que se reúnen el Benet político articuló una crítica lúcida y profunda al desarrollo de la transición y de la autonomía que no puede ser más actual. Pero el proyecto de sociedad que el nacionalista Benet predicaba venía de más lejos: “Seguimos trabajando para rehacer este país nuestro y para restituir nuestro idioma el lugar que le corresponde como lengua del pueblo y como instrumento de cultura”. Lo dijo el 24 de marzo de 1968 en Badalona en un acto de homenaje a Pompeu Fabra (homenaje para el que Espriu redactó El meu poble i jo, poema que la autoridad no dejó leer). Creo que fue aquel día, junto a un Manuel Sacristán que lo aplaudía, cuando Benet estrenó la expresión un sol poble. Esta es la cita: “En este combate nos encontramos todos los ciudadanos de este país nuestro que queremos vivir en democracia y libertad. Todos, tanto los catalanes de origen como los otros catalanes. Todos reclamando que la enseñanza del idioma catalán sea una realidad para todo el mundo, para que en Catalunya nadie se pueda sentir discriminado por razón de idioma. Para que unos y otros, catalanes de linaje y nuevos catalanes, formemos un solo pueblo”.

Este tono propositivo, diría, no caracteriza la hegemonía conquistada por el soberanismo, que se fundamenta más bien en resaltar cada día la negatividad de la permanencia en la pérfida España. Es un freno. La necesaria reconstrucción de un consenso catalán exigirá redefinir aquel apolillado “un sol poble” para poder reencontrarnos juntos en la ciudad democrática.

Jordi Amat, escritor.

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