Un tesoro que necesita protección

Hace tan solo unos días que ha saltado a la prensa la noticia de que la misión privada Moon Express, apadrinada por el acaudalado empresario Naveen Jain y otros grandes entusiastas del espacio, ha obtenido el permiso legal del Gobierno de Estados Unidos para aterrizar en la superficie de la Luna en el año 2017. El objeto de la misión es explorar y analizar in situ los recursos de materiales y de energía de nuestro satélite para su posible explotación en el futuro. Esta misión forma parte de una contienda por ganar un substancioso premio de 20 millones de dólares, el Google Lunar X Prize, que promueve la competitividad de empresas privadas para impulsar el estudio de la Luna y de sus valiosos recursos.

un-tesoro-que-necesita-proteccionMás allá de su interés astronómico, científico, e incluso cultural y poético (¿quién no siente la Luna como algo entrañable y suyo?), la Luna puede ser vista como una gran reserva de materiales que escasean en la Tierra pero que son preciosos para la industria moderna y el desarrollo tecnológico. La ausencia de atmósfera en nuestro satélite ha evitado los procesos que han cambiado la composición de la superficie terrestre mediante el contacto con el aire y el agua. Gracias en parte a ello, entre los recursos lunares -que escasean en la Tierra- se encuentran altas proporciones de platino, titanio, tierras raras (como el uranio y el torio) y otros minerales que, por sus aplicaciones en electrónica y otras tecnologías avanzadas o emergentes, poseen hoy un alto interés desde el punto de vista económico. Particularmente importante es el isótopo ligero del gas helio, el helio-3, que es escasísimo en la Tierra (su precio supera ya el millón de euros por kilogramo) pero que presenta una abundancia unas cien veces mayor en el regolito lunar, donde ha sido embebido por el viento solar a lo largo de miles de millones de años. Este isótopo es considerado por los científicos como una materia prima esencial con la que desarrollar energía nuclear limpia mediante procesos de fusión nuclear similar a los que suceden en el interior del Sol. Las técnicas de fusión nuclear controlada, en fase de intensa investigación desde hace tiempo, se consideran muy ventajosas a las de fisión que son utilizadas actualmente por los reactores nucleares produciendo peligrosos residuos radiactivos que hay que tratar con grandes precauciones.

El agua situada en los cráteres de los polos lunares reviste gran importancia pues podría ser procesada para obtener oxígeno que sería utilizado como combustible para cohetes. Esta misma agua podría ser utilizada para mantener la vida y la agricultura en una hipotética base que pudiera llegar a establecerse en el futuro, quizás como la infraestructura inicial para la organización logística de la actividad minera. Pero, de manera un tanto similar a las bases que se encuentran situadas en la Antártida, una base lunar puede encontrar muchas otras aplicaciones, en particular para desarrollar investigaciones científicas y tecnológicas. Por poner un ejemplo, la Luna, y muy particularmente su cara oculta, sería un lugar excelente para la instalación de un observatorio astronómico que no sufriría de los efectos perniciosos de la atmósfera terrestre ni de contaminación lumínica o electromagnética. Finalmente, una base lunar podría servir como estación intermedia en misiones espaciales de larga duración.

Con este permiso otorgado por el Gobierno de EEUU, la empresa privada Moon Express parece situarse en una posición aventajada en el Google Lunar X Prize, una contienda en la que comenzaron 33 equipos, de los que ahora tan solo permanecen 16 (el único equipo español participante, Barcelona Moon Team, se retiró en una fase previa). El reto consiste en el lanzamiento de una nave que transporte a la superficie lunar un vehículo todoterreno que sea capaz de desplazarse al menos durante medio kilómetro y que transmita imágenes de alta calidad hacia la Tierra. Moon Express ha contratado el lanzamiento de su nave a la empresa neozelandesa Rocket Lab. Hoy por hoy, el otro equipo que también parece bien posicionado en la competición es el israelí Team SpaceIL pues ya ha reservado el lanzamiento de su nave con un Falcon 9 de la empresa privada Space X fundada por el visionario Elon Musk.

Recordemos que el logro del primer vuelo transatlántico, llevado a cabo por el mítico Espíritu de San Luis, también fue impulsado por una competición auspiciada por un empresario. En ese caso fue un propietario de hoteles francés emigrado a Nueva York, Raymond Orteig, quien quiso acortar la distancia entre la ciudad norteamericana y París; el premio ofertado, 25.000 dólares de la época (cerca de medio millón de los dólares actuales), lo ganó Charles Lindbergh, en 1927, en una hazaña memorable. Como en el caso del Premio Orteig, cada una de las empresas participantes en la competición espacial obtiene sus recursos financieros (que pueden alcanzar las decenas de millones de dólares) de mecenas privados, por lo que el premio de 20 millones acaba movilizando una cantidad mucho más subs- tanciosa para su empleo en el desarrollo de tecnología espacial.

A muchos les resulta sorprendente que EEUU tenga la capacidad de otorgar un permiso a una empresa privada para alcanzar la Luna. La exploración y el uso del espacio (incluyendo la Luna y otros cuerpos celestes) están regulados por el Tratado del Espacio Exterior de 1967, que constituye el fundamento de la ley internacional sobre el espacio. Según este tratado, firmado y ratificado por más de un centenar de Estados, ninguna nación puede arrogarse la propiedad de la Luna. Al otorgar su permiso a Moon Express, el Gobierno de EEUU debe cumplir estrictamente con los términos establecidos en este tratado que sí establece que (artículo VI) ‘las actividades de las entidades no gubernamentales en el espacio exterior, incluso en la Luna y otros cuerpos celestes, deberán ser autorizadas y fiscalizadas constantemente por el pertinente Estado Parte del Tratado’, y que cada Estado Parte ‘será responsable internacionalmente de las actividades nacionales que realicen en el espacio exterior (…) los organismos gubernamentales o las entidades no gubernamentales’. Este Tratado se desarrolló en varios tratados ulteriores, entre ellos el conocido como Tratado de la Luna que data de 1979 y que, sin embargo, es considerado como un fracaso por haber sido ratificado tan solo por un puñado de Estados, entre ellos ninguno de los comprometidos en la exploración espacial tripulada (como EEUU, Rusia y China). Se puede asegurar por tanto que el Tratado de la Luna ha tenido y está teniendo un efecto insignificante en el desarrollo de la actividad espacial.

A las prospecciones ya realizadas o en curso, tanto mediante teledetección como mediante exploración in situ, seguirán estudios detallados sobre la viabilidad de extracción y explotación de estos recursos. Así pues, antes de que pueda emprenderse una auténtica actividad de explotación en la Luna habrá que dar muchos pasos intermedios, pero desde ahora mismo habría que considerar todos los aspectos éticos y de sostenibilidad que suscita la explotación de sus recursos. Por ejemplo, a nadie se le escapa que el helio-3 es un recurso fósil limitado también en la Luna y que su extracción no será un proceso sostenible. El agotamiento de los recursos lunares, como el de los terrestres, podrá tener un fuerte impacto en generaciones futuras. Tanto en la Tierra como en la Luna la explotación de recursos debería seguir unas reglas de sostenibilidad básica.

Desde múltiples puntos de vista (desde el científico al cultural), la Luna es un auténtico tesoro, que tal y como establece el Tratado del Espacio Exterior, es patrimonio común de la Humanidad. Ciertamente la exploración espacial debe continuar adelante, y la empresa privada puede contribuir muy substancialmente en esta gran aventura de la civilización, pero la utilización de los recursos de la Luna y el establecimiento de bases en su superficie deben ser reguladas para provecho de todo el planeta y, en particular, prestando especial atención a los países en vías de desarrollo que no poseen, hoy por hoy, los medios para su explotación en igualdad de condiciones que otros Estados ricos, pero que deben considerarse igualmente co-propietarios y corresponsables de este bien de escala planetaria. Al igual que para los fondos oceánicos o las tierras de la Antártida, es preciso establecer un régimen detallado para el uso sostenible y respetuoso de la Luna (y de otros cuerpos celestes, como Marte, y otros planetas y asteroides). La Luna debería ser considerada como una reserva natural sometida a una férrea protección internacional que garantice su preservación y su utilización con fines pacíficos, culturales y científicos en beneficio de toda la Humanidad.

Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *