Un trágico héroe

Debaten los historiadores cuándo empezó la era Kennedy –juvenil y romántica, del rock y del pop-art, de la liberación femenina y de la revolución cultural, de los hippies y de las drogas–, si en el debate televisado entre el veterano vicepresidente y el joven senador o en el discurso de investidura de éste, anunciando a su país la «nueva frontera» a alcanzar, casi como en las películas del Oeste. Tengo para mí, sin embargo, que la verdadera era Kennedy empezó el día que le asesinaron, del que mañana se cumplen los 50 años.

Su presidencia, hasta entonces, había tenido más sombras que luces. Empezó con un sonado fracaso –heredado, eso sí–, el de la Bahía de los Cochinos, siguió con el empate en Cuba y el pulso con Krushev en Viena, para convertirse en éxitos publicitarios en París –«Soy el tipo que acompaña a Jacqueline»– y Berlín –«Soy un berlinés»– , ya metido hasta el cogote en el lío de Vietnam. Tanto era así que su vicepresidente, Johnson, le advirtió que como no viniera a Tejas, no ganaban las próximas elecciones. Que la cosa andaba mal lo demostró que le mataran.

Pero fue precisamente esa muerte, retransmitida en directo por televisión, la que conmovió al país y al mundo, catapultándole al altar de los héroes trágicos. Tal fue el impacto y la mala conciencia de su pueblo por haberle asesinado que toda la legislación que no había podido pasar en vida –la de los derechos civiles– fue aprobada sin apenas oposición bajo su sucesor. Aquellas imágenes del tren cruzando el país con su féretro, de su viuda con el vestido manchado de sangre, de su hijo saludando al paso de la carroza fúnebre sacudieron al planeta hasta el punto de que, de no haber sido por sus aventuras extraconyugales, estaría hoy probablemente en los altares.

Al cumplirse el 50 aniversario del magnicidio de Dallas, los escaparates de las librerías norteamericanas están llenos de libros sobre el presidente asesinado, ya generales, ya sobre determinados aspectos de su presidencia. Algunos, reeditados, otros, nuevos, todos puestos al día. Sin llegar a ser revisionistas, se muestran mucho más sobrios a la hora de juzgarle. De aquel primer impulso que le situaba a la altura de Washington y Lincoln, se ha pasado a compararle, en unos aspectos favorablemente, en otros no tanto, con los últimos dignatarios. La última encuesta del NewYorkTimes le sitúa por detrás de Reagan y de Clinton, aunque por delante de ambos Bush. El mayor número de seguidores los tiene entre la población de 43 y 63 años, es decir, los que eran niños o aún no habían nacido cuando fue asesinado.

Si antes apenas se detallaban sus errores, ahora se describen sin recelo, como creer a los exilados cubanos que habría un alzamiento en la isla nada más conocerse el desembarco, o aprobar el asesinato de los hermanos Diem en Vietnam, dejando allí un vacío que inevitablemente tendrían que llenar los norteamericanos, con las consecuencias de sobra conocidas.

Se subrayan también sus éxitos, como responder al desafío de Kruschev en el espacio, que llevó al triunfo de los norteamericanos en la carrera de la Luna, y al que aguantó el envite de las armas nucleares, que llevaría al primer conato de acuerdo sobre las mismas. No hay duda de que aprendió en el cargo y puede que en un segundo mandato fuera mucho mejor que en el primero, pero no tenemos modo de saberlo.

Lo más destacado del primero fueron iniciativas como el «Cuerpo para la Paz», que despertó la imaginación de miles de jóvenes idealistas norteamericanos, dispuestos a dejar las comodidades de sus casas para marcharse en misiones de ayuda a los lugares más alejados del planeta. No solucionaron, naturalmente, los problemas de aquellos países, pero llevaron a aquellas gentes el consuelo de que había quien se acordaba de ellas. El Kennedy que surge de esta revaluación es bastante distinto al que venía describiendo la leyenda: más pragmático en los hechos que en las palabras, o dicho de otra forma, menos idealista en su política que en sus discursos, dejándonos una herencia de frases redondas –«No pidas a tu país lo que puede hacer por ti, sino lo que tú puedas hacer por él», «Cuando llegué a la presidencia, lo que más me sorprendió fue que las cosas estaban tan mal como habíamos dicho», «Ya sé que cuando las cosas van mal, se echa las culpas al presidente. Pero eso entra en el sueldo»–, aunque posiblemente la mayoría de ellas fueran de quienes le escribían los discursos, aparte de unas fotos que parecen más de película que reales. Pero eso, las frases redondas y las fotos hermosas, en un mundo de la imagen como es el de hoy, vale más que mil libros. De lo que no hay duda es de que fue el primer presidente de la televisión, como Roosevelt lo había sido de la radio, y de que sus principales batallas las ganó después de muerto.

Respecto a su muerte, el gran debate desencadenado tras ella –si fue una conjura o la obra de un lobo solitario–, que reverberó a lo largo de todos estos años, ha ido apagándose conforme no podía sustanciarse ninguna de las hipótesis truculentas. Para llegarse a la conclusión casi unánime que ya fijó en su día el Informe Warren: hubo un solo asesino, sin conexiones externas, fueran soviéticas, castristas, anticastristas, la mafia o los círculos ultraderechistas.

Se ha llegado a ello tras el examen exhaustivo de todas las pruebas, indicios, ángulos y declaraciones. Pero, sobre todo, tras el análisis de la personalidad del perpetrador, Lee Harvey Oswald, uno de esos desquiciados, no infrecuentes en este país, lleno de complejos de inferioridad y superioridad, de fantasías sobre él y los demás. Inadaptado a todos los regímenes, que tras pasar por los «marines» y por la Unión Soviética, intentó inútilmente ir a Cuba, tomó contacto con castristas y anticastristas, terminó viéndose confinado a un trabajo de mala muerte en Dallas, para que un buen día, o malo más bien, no se le ocurriera otra forma de pasar a la historia que comprar el rifle más barato en el mercado por correspondencia, 19 dólares, y asesinar al presidente. Convirtiéndole en héroe de una era breve, colorida, que excitó las mentes y los corazones.

José María Carrascal, periodista.

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