Un tranvía llamado ‘Aristóteles’

Es casi un truismo decir que una de las más sólidas bases de la civilización europea es la cultura griega clásica en sentido amplio, desde el final del Neolítico (Troya, Micenas) hasta el periodo helenístico (post-alejandrino). Los griegos inventaron el alfabeto (los anteriores sistemas de escritura eran muy inferiores) y la gramática, herramientas imprescindibles para el pensamiento riguroso. Además de la exuberante literatura producida en torno a leyendas y mitologías, los griegos hicieron buen uso de las posibilidades que las herramientas de pensamiento por ellos creadas habían abierto y desarrollaron un impresionante panorama científico, mucho de él totalmente nuevo, y, en lo que no lo era estrictamente, renovado en medida asombrosa: produjeron historia, geografía, matemáticas, geometría, filosofía, física, ciencia política, astronomía… Los logros científicos de la Grecia clásica se mantuvieron en la frontera del conocimiento durante unos 20 siglos. Produce asombro la casi eternidad en que pervivieron majestuosamente aisladas aquellas cumbres del saber. Y lo cierto es que leer hoy a Heródoto, Tucídides, Platón o Aristóteles, “escuchar con los ojos” a esos muertos, como diría Quevedo, sigue siendo un placer y una fuente de conocimiento inspiradora treinta siglos más tarde.

Pasar una semana en Grecia, como acabo de hacer yo, es un estupendo ejercicio estético e intelectual por las razones que van más arriba, pero también un motivo de honda preocupación, porque la Grecia de hoy no parece capaz de sobreponerse a sus dificultades y se diría que ha perdido el ‘hilo de Ariadna’ que permitió a Teseo salir del laberinto de Dédalo en Cnossos, después de hacerle una faena de aliño al minotauro. Grecia hoy se encuentra sumida en un laberinto del que no sabe salir y en que se va adentrando cada vez más en sus intentos frustrados de encontrar la puerta grande.

Parece natural que Grecia fuera tratada con cierta benevolencia en el momento de incorporarse a la zona euro, por dos razones principalmente: en primer lugar, por el papel simbólico de ‘abuela de Europa’ que el país tiene y al que me estaba refiriendo; y en segundo lugar, porque, siendo un país relativamente pequeño, la Unión Europea podía hacerse cargo de algunas pequeñas irregularidades que hubiera cometido el país heleno a la hora de cumplir los criterios de admisión. Pero esta benevolencia, fruto del optimismo irreprimible que se apoderó de Europa a finales del siglo pasado, fue un serio error, porque la ‘abuelita’ resultó ser una tramposa de primera magnitud, hasta extremos que sorprendieron a nuestros impetuosos eurócratas, que advirtieron la verdadera dimensión de la deuda griega cuando ya era demasiado tarde; y porque, aunque pequeña, Grecia no lo es tanto (11,5 millones de habitantes) y, además, su poder simbólico puede afectar gravemente a la imagen de Europa en caso de suspensión de pagos o salida del euro y constituiría una peligrosa grieta en el edificio europeo.

Pero no terminaron aquí los errores, porque la Unión Europea impuso a Grecia, como al resto de países deudores, la amarga medicina de la austeridad, que en su caso entrañaba medidas realmente crueles de recortes de pensiones y sueldos, amén de despidos y aumentos de la presión fiscal. La disciplina alemana quizá fue excesiva. Pero los griegos también erraron, sobre todo cuando, en lugar de mostrar contrición por sus trampas y fraudes, sus políticos apelaron al más demagógico victimismo, culpando de sus desdichas a la Unión. El victimismo acostumbra a ser rentable electoralmente, pero dificulta la aplicación de las reformas, porque deslegitima los sacrificios que deben pedirse a un país gravemente endeudado. Así ocurrió en Grecia, donde el torniquete fiscal se aplicó desigualmente, y el fraude, el mayor talón de Aquiles de la economía griega, siguió siendo escandaloso. Todo ello dio ocasión a una generalización del resentimiento y a una creciente xenofobia o, más exactamente, eurofobia o, más precisamente, germanofobia. De este modo, el público heleno veía al socialista Papandreu y al conservador Samaras no como los políticos que trataban de enmendar las trampas de sus predecesores, sino como unos títeres manejados por Merkel, Lagarde y Draghi, la odiada Troika.

La cuna de Aristóteles, el filósofo de la razón, el análisis y el punto medio se convirtió así en un laberinto de pasiones (que tan enfáticamente rechazaba el estagirita), campo abonado para los partidos extremistas de derecha o de izquierda, como el nazi Amanecer Dorado o el comunista Syriza. Sólo estas pasiones ciegas explican que los hijos de Atenea, la diosa de la sabiduría, votaran aplastantemente en favor de un partido, Syriza, cuyo programa era imposible de cumplir y, constituía, por lo tanto, un burdo engaño. Engaño era prometer acabar con la austeridad, recolocar a los despedidos y no salir del euro, porque son medidas contradictorias. Las consecuencias de haber confiado en los cantos de sirena de Syriza están a la vista: la economía griega se deteriora visiblemente, la desmoralización se palpa en las calles de Atenas, donde las desigualdades sociales se han acentuado recientemente, y es de temer una explosión social de imprevisibles consecuencias. Entretanto, los helenos sacrifican su futuro en aras del egoísmo inmediato. Resulta increíble que una economía que depende tanto del turismo maltrate a los turistas como hace la griega: los horarios de visita de museos y monumentos, por ejemplo, están descoordinados y cambian de un día a otro, además de estar sujetos a huelgas imprevisibles.

Entretanto, los negociadores del Gobierno se debaten entre Bruselas y Atenas ante la imposibilidad de cumplir sus promesas electorales: de un lado, la desconfianza que inspira el Gobierno de Syriza ha causado recientes salidas de capitales que han agotado la poca liquidez que quedaba en el país, que a su vez depende de la odiada y denostada Troika para pagar los sueldos de los funcionarios. De otro lado, los acreedores quieren unas mínimas seguridades para seguir adelantando dinero, y parte esencial de esas seguridades es un programa de austeridad que aumente la presión fiscal y reduzca el gasto para lograr el equilibrio presupuestario, exactamente lo contrario de lo prometido por Syriza, que no sabe cómo presentarse ante sus electores y anunciarles que, o se incumplen las promesas electorales, o no se van a poder pagar los sueldos a fines de este mes. Es decir, que los electores y el actual Gobierno se han metido en un laberinto del que, a diferencia de Teseo, no pueden salir. Y el Ejecutivo yerra más la ruta enredándose en visitas a Rusia que no pueden ser tomadas más que como un chantaje lindando en la traición; o reclamando ahora (70 años más tarde) a Alemania reparaciones de guerra que este país dio ya por saldadas en 1960, acrecentando así la desconfianza que Grecia inspira al resto de la Unión.

En Atenas hay un tranvía llamado Aristóteles que une la periferia con la Plaza de Sintagma, es decir, de la Constitución, donde tiene su sede el Parlamento. Sería muy esperanzador que la red de transporte urbano simbolizara una realidad y que Aristóteles sirviera como nexo de unión entre los barrios populares y el centro de la política griega. Por desgracia, como hemos visto, no es así: en la última elección los griegos han votado dejándose llevar por las pasiones y no por el raciocinio. Lo lógico sería que, ante la imposibilidad de cumplir sus promesas, el Gobierno de Syriza convocara nuevas elecciones presentando un programa realista y factible. Pero, como dice nuestro filósofo, «por las ventajas que derivan de los cargos públicos y del poder, los hombres tratan de gobernar continuamente», de modo que lo más probable es que el Gobierno actual siga debatiéndose y tratando de evitar la única manera posible de cumplir sus otras promesas electorales: adoptando el dracma como moneda interior y tratando de mantener el euro en sus pagos internacionales. Las consecuencias de esta decisión serían, en mi opinión, terribles, pero requerirían mucho más espacio que el que tenemos aquí para considerarlas.

La moraleja de esta tragedia griega es que los españoles debemos escarmentar en cabeza ajena y ser más aristotélicos que los descendientes de Aristóteles. Debemos tomar el tranvía de la razón y el sentido común, y en las elecciones que se avecinan votar a cualquier partido menos al Syriza español.

Gabriel Tortella es economista e historiador.

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