Un tropel, una turbamulta, un jaleo

José K. vive un sucedido laboral-personal, que a nadie importa, pero que le ha traído más, mucho más, muchísimo más, infinitamente más, tiempo para pensar. Jubiloso, experimenta una gran alegría, un alborozo sin cuento, una euforia desconocida. Puede estar mano sobre mano doce horas seguidas, con la mirada fija en el vacío, sin que a nadie se le importe una higa, ni nadie le afee semejante conducta por su escandalosa improductividad. En el camino al deseado nirvana tan sólo se le interpone una sombra minúscula: son tantas las ideas que brotan, tantas las imágenes que surgen, tantos los pensamientos que fluyen, que finalmente se enredan sobre sí mismos, se atropellan, se arrollan, se dan de trompadas y cuando, finalmente se abren paso a empellones, llegan ya exhaustos, cenceños por tanto esfuerzo de hallar la salida en tal catarata de ocurrencias.

Este tropel de sucedidos también le asalta a José K. cuando ojea su periódico. En su entretenida cháchara consigo mismo, ya instalado en su mesa de mármol del cafetín, y puesto en equilibrio su recién estrenado apoyo que ha cimbreado con estilo en su paseíllo diario, se hace cruces por el turbión de acontecimientos que agita las páginas de España. Contempla espantado, por ejemplo, el sinnúmero de excursiones por pasillos judiciales de ese joven (posiblemente) africano (suponemos), que no es menor ni mayor, sino todo lo contrario. Hágase más joven o madure rápido y vuelva usted mañana, pirata cruel, le dicen. No entiende que un sitio tan principal como la Audiencia Nacional pueda estar poblada por tantos pendejos togados que juegan, solemnes, a un repugnante tuyo-mío.

Pero José K. -no podía ser de otra forma en alguien que todavía suspira porque se lee poco a Plejánov- tiene debilidad por otros acontecimientos que afectan, de manera principal, a la muchachada popular. ¡Ese caso Gürtel! ¡Qué aglomeración, qué tumulto, qué bandería, qué tropa, que cáfila! Pero a nuestro hombre se le va la vista, el oído y hasta el tacto, al Levante. No lo puede evitar. Le resulta irresistible esa falange de mentirosos compulsivos, ese pelotón de urdidores, de confabulados, esa tropa de aficionados a los trajes regalados, a los coches de lujo y relojes ostentosos, como se hartan de señalar los papeles judiciales. Observa maravillado cómo en la tierra de los Camps, los Ric Costa, los Rambla, los Fabra, nunca parece ponerse la tristeza. Allí ríen todos los conmilitones, y lo hacen, además, de forma estentórea, como la alcaldesa valenciana, majorette que encabeza el desfile de los risueños miembros de la partida. Cuando están en cuadrilla, siempre asemejan una charanga, una comparsa, una murga. ¿De qué se reirán, piensa José K., si chapotean en el estero, en la poza, en el fangal?

¿Es pesado José K.? ¿Quizá reiterativo? No lo cree. Más se inclina por considerar que en la denuncia de esta golondrera hay que ser tan tenaces como el pájaro carpintero en su obsesivo golpeteo al tronco nudoso. El incansable torcecuellos tiene la capacidad de picotear hasta 20 veces por minuto, lo que da una suma de unos 12.000 picotazos diarios. Ni un segundo, ni un minuto, ni una hora sin punzada en la trabilla italiana, el Frank Müller o el Infiniti. Al rememorar al perseverante pícido, advierte nuestro hombre que esos, y otros conocimientos igual de inútiles, deben venirle de aquellos duros mendrugos para tanta hambre que era el Selecciones del Readers Digest, recientemente desaparecido. Y piensa: ¿cómo no vamos a desorientarnos los ancianos, si nos clausuran el Selecciones y nos cierran El Molino?

Pero como todo es empeorable, aún le quedaba al PP la broma de Caja Madrid, espectáculo brillante que gana cada día en intensidad, dramática y humorística. En lugar destacado del reparto, casting diría ella, reaparece una vez más, refulgente, la gran y única Esperanza Aguirre, que se ha sacudido con displicencia aristocrática, como si fueran moscas cojoneras, a la caterva de alcaldes, concejales y directores generales de la comunidad de Madrid empapados, ritornello, en Gürtel.

Autoproclamada liberal a ultranza, privatizadora de hospitales y cualquier servicio social que se le acerque a su radio de acción, Esperanza Aguirre ha decidido que la cuarta entidad financiera de España es cosa suya y que va a nombrar presidente de la misma a quien se le ponga en sus mismísimos reales, así le dé una apoplejía al líder de su partido -qué bizarría la de don Mariano, qué coraje-, traicione a su antiguo ídolo político o desprecie a una docena de candidatos que luzcan en su currículo -¿para qué?- un mínimo de conocimientos bancarios.

Así que doña Esperanza quiere entronizar en la presidencia a su mano derecha y sicario en toda tropelía que se recuerda en el Gobierno de la Comunidad, con cierta afición a los juegos de espías y a llevarse al huerto al gran líder de los socialistas madrileños, Tomás Gómez.

¿Sabe algo de banca o cajas Ignacio González? Nada. Absolutamente nada. Rotundamente nada. Ustedes recordarán que este vicepresidente regional se maneja en la edad de piedra de las finanzas. Acostumbra, según declaraciones propias, a pagarse los billetes a Suráfrica, más de 8.000 euros, en billetitos de papel, que un día sacó de la talega y los soltó en algún mostrador uno detrás de otro, toc, toc, toc, como el pájaro carpintero. Todo un crack de las finanzas, que ahorra menudeo de bolsillo y circula en el coche oficial con carteras llenas de machacante.

Y entonces, de regreso de la Vía Láctea -o mejor, de varias y lucrativas asesorías-, reaparece Rodrigo Rato, ex ministro todopoderoso de Aznar y presidente huido con alevosía y nocturnidad del Fondo Monetario Internacional. Se fija mucho José K. y quiere reproducir, para solaz del respetable, el acertadísimo juicio que a mentes tan preclaras como las del Fondo les merecía, en 2006, el lastimoso ejercicio de prestidigitación que llevaron a cabo las entidades bancarias multinacionales. Juan Ignacio Crespo recordó en estas páginas un interesante texto de esos días: “Hay un reconocimiento creciente de que la dispersión del riesgo de crédito desde los bancos a un grupo más amplio y diversificado de inversores (…) ha contribuido a que tanto el sistema bancario como el conjunto del sistema financiero sea más resistente”. Sí, acertó: el FMI, en 2006, lo presidía Rodrigo Rato.

¡Ah, pero faltaba (imposible decir la guinda) el remate, el chapitel, la perinola! Hay un tercer hombre, sí, como en los bolerazos de Toña la Negra o en el Prater vienés mientras suena la cítara de Anton Karas. Aquí aparece, para animar el sainete, ¡don Luis de Guindos! ¿Qué quién es don Luis? Así, de forma muy abreviada, un alto cargo de Aznar, facción Rato, que fungió en España de gran hombre de Lehman Brothers. ¿Recuerdan la escandalosa quiebra de aquellos que se inflaron a prácticas financieras deleznables? A José K. no le viene en este momento a la cabeza cuándo se disculpó el señor De Guindos con los inversores españoles que habían apostado sus ahorros en 14 gestoras y 66 fondos. Porque es de suponer que lo haya hecho, incluso que haya ayudado a recuperar su dinero a tanto desplumado, a la vista de que Moncloa y Economía apuestan para que rija los destinos de Caja Madrid este gestor de aquella entidad de resultados tan brillantes, profesional que nada vio, ni advirtió, ni pagó.

Claro que a partidos y sindicatos les parece magnífico el reparto, tú un presidente, yo un vice, tú tres consejeros, yo dos. Tapémonos las narices y venga jaleo, continúe la algazara, prolónguese la jácara, que no decaigan la bulla y el verbeneo y, sobre todo, que a nadie se le ocurra hablar -por Dios, qué injusticia- de la politización de las Cajas.

José María Izquierdo