Un ‘tsunami’ demócrata

Por Rafael Navarro-Valls, catedrático de la Universidad Complutense y autor del libro sobre política estadounidense Del poder y de la gloria (EL MUNDO, 09/11/06):

Uno de los más perspicaces analistas estadounidense, Charles Cook, decía antes de saberse el resultado de las elecciones de este martes: «Parece innegable que un fuerte huracán golpeará a los republicanos en noviembre. Si es de categoría 1, 2 ó 3, mantendrán el Senado y probablemente la Cámara. Si tiene categoría 4, cambiará de manos, y quizá el Senado. Si el huracán es de categoría 5, las mayorías republicanas pasarán a la historia». El huracán ha sido de intensidad 4-5: un verdadero tsunami.

La paliza en la Cámara de Representantes (los demócratas recuperan en torno a 30 escaños) y la posible caída a favor de los demócratas en el Senado (cuando escribo estas líneas todo depende del resultado de Virginia) hacen gravitar sobre el campo de batalla electoral el fantasma de las otras víctimas de Irak. Me refiero, no a los miles de iraquíes y americanos muertos o heridos en el nuevo Vietnam americano, sino a los caídos políticos. Primero fue el partido de Aznar en España; luego el debacle de Berlusconi y su Forza Italia; más tarde, la progresiva debilitación de Blair. Ahora le toca a Bush.

Exprimiendo al máximo el 11-S, Bush 43 (como se le llama, para distinguirlo de su padre, Bush 41: el presidente número 41) había salido indemne en 2004. Pero ahora las cosas han cambiado. Como ha dicho el senador Chuck Hagel, de Nebraska, posible aspirante a la nominación republicana: «Nos hallamos ante el Oriente Medio más inestable desde 1948» y lamentó que Irán tenga hoy más influencia en Irak que EEUU.

La invasión iraquí no ha traído una primavera democrática para los países del entorno. En realidad, la invasión ha transformado al país árabe en un vivero de terroristas, ha desencadenado una larvada guerra civil entre las etnias locales y ha sido un foco que ha irradiado odio entre los jóvenes musulmanes de la región. Desde luego, la pesadilla que era Sadam Husein ha desaparecido, pero se ha instalado un débil Gobierno iraquí y, al parecer, no antes de un par de años se darán las condiciones mínimas para una autogestión en los mecanismos de defensa del Gobierno de Bagdad. No son demasiados resultados si se tiene en cuenta el despliegue militar y la paralela carnicería. Parafraseando a Joseph Ellis, Irak se ha convertido en una lata atada a la cola de Bush 43, «que no dejará de hacer ruido a través de las páginas de la Historia».

La clave de la derrota republicana radica en que EEUU nunca ha tenido un plan definido y bien pensado sobre la ocupación de Irak. Bush 41 se dio cuenta en plena Guerra del Golfo que las naciones árabes con él coaligadas (Arabia Saudí, Egipto, Siria) no querían, ni en pintura, ver tropas estadounidenses ocupando a otro país árabe. Temían el contagio del virus democrático a las naciones del entorno: ellas mismas, entre otras. No les entusiasmaba contemplar a la mayoría chií tomando el control de Irak y montando un régimen proiraní.

El padre de Bush 43 se hacía estas preguntas: ¿Cuánto costaría ocupar Irak y mantenerse en él? ¿Qué cuadros políticos de una cierta fortaleza política pondría al frente del país? ¿Qué pasaría con la mayoría chií cuando saltara el tapón de Sadam Husein? Estas preguntas -que, desde luego, se las hicieron también 10 años más tarde el propio George W. Bush, Cheney y Rumsfeld- se las contestaron con demasiado optimismo antes de la arremetida bélica. Este optimismo acaba de pasarles factura. Entre ellas, la dimisión de ayer de Rumsfeld.

Como es sabido, a los dictadores no les preocupan las elecciones; sólo las revoluciones. Los gobiernos parlamentarios tipo europeos, por lo general, pueden fijar las fechas de los comicios para el momento en que les conviene hacerlas. Estos lujos no están al alcance del Gobierno de EEUU. Las inevitables elecciones legislativas de este noviembre han llegado en el momento menos oportuno para Bush 43. Pero no sólo por Irak, también por otras causas.

Desde Reagan, y especialmente desde el caso Lewinsky, el partido republicano se ha presentado como el que mejor representa la ética y los valores de la mayoría de los estadounidenses. Pero estas elecciones han coincidido, más o menos, con cuatro republicanos dimitidos de sus puestos por problemas de conducta. Además, el pasado 13 de octubre, Bob Ney, representante republicano de Ohio, un Estado muy dividido ideológicamente, se ha declarado culpable de haber aceptado sobornos del ya condenado lobbyist conservador, Jack Abramoff.

Hace unas semanas , el ya ex representante republicano de Florida, Mark Foley, dimitió cuando la cadena estadounidense ABC hizo público varios e-mails y mensajes de naturaleza sexual dirigidos a un becario varón menor de edad. Como observa Jared Larson, por una curiosa ironía -que no ha beneficiado a los republicanos-, el representante Foley presidía el Comité para los Niños Desaparecidos y Explotados. Por lo demás, el caso del pastor evangelista Tom Haggard, implicado en un turbio asunto de relaciones homosexuales, ha disparado todas las alarmas en las filas republicanas.

Ahora se hace más difícil la tradicional acusación a los demócratas de falta de fuerza moral, no obstante los escándalos que también jalonan su historia. Sin que pueda olvidarse lo que J. Navarro-Valls, el antiguo portavoz de la Santa Sede, llama desde la páginas de La Repubblica «el ethos asimétrico». Es decir, el aspecto ético ínsito en la decisión de iniciar y continuar una guerra devastadora, que debería también valorarse junto a otros aspectos, igualmente éticos, relacionados con la relativización de la familia o la destrucción de células embrionarias.

¿Significan los resultados de estas elecciones que Bush es ya un cadáver político? Depende. Cuando en 1994 Bill Clinton fue machacado en las dos Cámaras por la abrumadora victoria republicana en las legislativas (alguien observó: «no es un alud, es un terremoto»), para sobrevivir recurrió a una memorable operación de metamorfosis. Dio un giro de 180 grados, se lanzó a una sorprendente carrera para equilibrar el presupuesto federal (gran aspiración republicana) y adoptó un programa de centroderecha. Dos años después era reelegido sin problemas. Reagan, por su parte, gobernó sus dos mandatos con un Congreso demócrata. Lo que se llama un gobierno dividido. En las elecciones legislativas de mitad de su segundo mandato (noviembre de 1986), tuvo que encajar otra derrota. Sin embargo, cuando acabó su presidencia -no obstante el Irangate-, el índice de popularidad estaba por las nubes.

No hay que olvidar que EEUU continúa siendo conservador y con gran sentido común en temas sociales. Además de elegir 545 miembros de la Cámara de representantes, 33 senadores y 36 gobernadores, los norteamericanos han votado sobre otras 208 iniciativas muy diversas. Entre ellas, el matrimonio entre personas del mismo sexo. En siete de los ocho Estados en los que se ha sometido a consulta esta cuestión -Colorado, Idaho, Carolina del Sur, Tennessee, Dakota del Sur, Virginia y Wisconsin-, los ciudadanos han dicho no a los matrimonios homosexuales. En Arizona el resultado ha sido tan ajustado que todavía no se sabe quién ha triunfado. Algo similar ha pasado con el tema de las células madre. Y los últimos datos de la economía soplan bien para los republicanos. Es síntomático que en los días anteriores al 7-N, Bush comenzó a insistir una y otra vez en los datos económicos. Especialmente en éste: que la tasa de desempleo cayó al 4,4% en octubre, su nivel más bajo en cinco años.

La clave, pues, sigue estando en Irak. Bush 43 tiene dos caminos. El primero, enrocarse en su enérgica posición de «no abandonaremos Irak mientras yo sea presidente». El segundo, flexibilizar el discurso potenciando un diálogo con Siria e Irán que contribuya al bloqueo de las vías de infiltración terrorista, acelerar el ritmo de federalización territorial que permita una convivencia distante entre chiíes, sunitas y kurdos, y fortalecer el Gobierno de Bagdad de modo que, en un plazo razonable, asuma toda la defensa del territorio.

Paralelamente, habría que instaurar un discurso menos agresivo, pero igualmente firme con los demócratas. Habría que preguntarles qué entienden ellos por el cambio de curso en Irak. Concluidas las elecciones, ya no caben trucos de magia destinados a embaucar a esos americanos inquietos que un día están a favor de la guerra y al día siguiente abominan de ella. No hay que olvidar que los demócratas también están atrapados en Irak. Sus apoyos iniciales y sucesivos al envío de tropas y a la resolución bélica del conflicto les hace estar en una posición delicada. Conviene forzarlos a que salgan de su ambigüedad y apuesten decididamente por alguna opción. A esto parecen apuntar las primeras palabras de un Bush compungido al conocer la derrota: se ha ofrecido a los demócratas de ambas Cámaras a colaborar con ellos.