Un verano atorrador

Oigan, oigan. Hace dos domingos el presidente de la Generalitat Quim Torra concedió una entrevista al director de La Vanguardia, Marius Carol, en la que subrayaba su «propósito» de «hacer efectivo» el resultado del «referéndum del 1-O» y la subsiguiente «declaración de independencia», sin renunciar a la «vía unilateral» para «obedecer al Parlament», «proclamar la soberanía» y dotar de «una constitución» a la «República Catalana». El que avisa no es traidor.

También lanzaba guiños de complicidad a las CUP -«nuestro socio prioritario»- y pedía «un punto de confianza» a los Comités de Defensa de la República, recordando que «tengo a la familia en los CDR». Su compromiso con esos dos grupos revolucionarios quedaba vinculado al próximo juicio contra los golpistas encarcelados: «No aceptaremos sentencias de escarmiento por el 1-O, como si nada». Y, el mismo día de la publicación, acotaba aún más esa promesa, en un acto de apoyo a los presos: «No aceptaremos ninguna sentencia que no sea el archivo de la causa». Más claro, el agua.

Un verano atorradorPero tan importante como esas citas literales, en las que el principal representante del Estado en Cataluña exponía sin ambages su determinación a seguir utilizando los recursos que le ha confiado ese Estado para intentar destruirlo, por medios ilegales, era el notorio subtítulo, con el que el director de La Vanguardia presentaba a Torra: «El presidente es un hombre afable que considera que la historia le ha puesto ahí, así que intenta ser fiel a su pensamiento y al mandato que ha recibido».

Tal vez se produjo un espejismo ante el espejo. Conozco lo suficiente a Marius Carol, como para acreditar que él también es «un hombre afable» y que al intentar, igualmente, «ser fiel a su pensamiento y al mandato que ha recibido», no habrá podido olvidar los más de cinco millones anuales, cifra sin precedentes en el mundo desarrollado, que el propietario de su periódico, conservador, capitalista burgués donde los haya y grande de España por más señas, viene recibiendo de la Generalitat separatista.

Esto es Cataluña. Quienes se están haciendo ricos con el separatismo, o al menos están enchufados a la ubre del Procés, viven en esa situación perfecta «en la que todo tiembla, pero nada cae». Prosperan gestionando las expectativas -y pesadillas- que genera el terremoto, sin que llueva ningún cascote sobre sus cabezas.

Una vez difuminados los hematomas producidos por los torpes porrazos del 1-O y repuestos con todos los honores los cargos públicos destituidos por el 155, si exceptuamos a los nueve políticos encarcelados y a los siete fugitivos, nadie sufre consecuencia tangible alguna del seísmo provocado. Pero todos son víctimas. De la represión y la opresión, claro.

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El símil del terremoto en apariencia inocuo corresponde al politólogo catalán Pau Luque, estimulado en su ingenio por la experiencia, in situ, como profesor en la Autónoma de México. Aparece al final de su interesante y original ensayo La secesión en los dominios del lobo que estos días viene sirviéndome de bálsamo, junto al mucho más canónico de John Elliott Scots and Catalans. Union and disunion, para aliviar la irritación anímica que produce la escalada de fanatismo de las autoridades catalanas y sus seguidores.

Como si se tratara de un proceso inverso al de la selección de las especies, después de que Artur Mas ya supusiera un retroceso en inteligencia crítica, capacidad de discernimiento y estilo político respecto al astuto e inmoral Jordi Pujol, y cuando parecía que se había tocado fondo con el rupestre Puigdemont, efectivamente, la historia nos «ha puesto ahí» a este hombre bomba llamado Torra, con su mercancía averiada en bolsas de plástico de híper de barrio, decidido a subsumir a empellones a toda Cataluña en la mitad escasa que piensa como él y a presentar como «fascista» -de nuevo el espejo- a la otra mitad que discrepa. Ya sólo queda que el siguiente sea Rufián y después venga Rahola.

Mientras tantos españoles, liderados ahora por Pedro Sánchez, empiezan a acostumbrarse a que los edificios tiemblen todos los días a base de bien en Cataluña -ora en forma de escrache al juez Llarena, ora culpando al Estado poco menos que de la inducción de la masacre de las Ramblas, ora colgando y preservando la pancarta que declara al Rey persona non grata-, no hay como la buena lectura para refugiarse en la advertencia brechtiana de que lo habitual no tiene por qué ser normal.

Como digo, mis últimos dos antídotos contra el veneno del encogerse de hombros proceden de dos destilerías bien distintas. Tanto desde el punto de vista generacional como ideológico.

No creo que Elliott y Luque ni siquiera se conozcan. El uno es un comedido y reputado hispanista que lleva más de medio siglo estudiando la cuestión catalana -recuerdo un gratísimo almuerzo en su casa de Oxford, organizado por su discípula Cayetana Álvarez de Toledo- y ha trenzado ahora páginas fascinantes de historia paralela, como las que equiparan el error monumental de la oligarquía escocesa, en la quimérica aventura de la colonización del istmo de Panamá, con el casi coetáneo de la oligarquía catalana, al abrazar la causa austracista. El otro autor es un filósofo heterodoxo, de la escuela del marxista libertario Fernández Buey, capaz de cuestionar con metáforas provocadoras, captadas a pie de calle, los fundamentos mismos del Estado y de proponer una «gramática de la secesión», de la que él mismo abomina.

Los más pacientes pueden esperar a la publicación, en octubre, de la edición española del libro de Elliott, para comprobar por sí mismos las impactantes similitudes que hay en estos dos textos, cuando abordan lo sucedido en Cataluña. Elliott habla de «la nostalgia por un mundo que nunca existió» porque «Cataluña no fue nunca un Estado soberano independiente, en ningún sentido moderno del término». Luque utiliza, sin saberlo, sus mismas palabras: «El otoño catalán parió, y al mismo tiempo explotó la nostalgia de un pasado que nunca existió, no desde luego en términos de una confrontación entre España y Cataluña».

Elliott apela al concepto de «comunidades imaginadas», acuñado científicamente por Benedict Arnold, y Luque lo plasma en «el éxtasis colectivo, al andar todos juntos hacia Ítaca; Cataluña y la revolución de las sonrisas; el mundo nos miraba; Cataluña, Cataluña, Cataluña y la obsesión por que nuestro ombligo fuera el centro del mundo, durante unos instantes».

Leyendo a ambos, el separatismo emerge como una especie de fármaco ayurvédico, recetado por los nacionalistas radicales, al modo de los chamanes de la India, para curar los males de la crisis, a base de restablecer la armonía entre el homo catalanicus y la “dosha” o ambiente de su usurpado espacio vital.

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Los dos autores coinciden en criticar la pasividad del Gobierno español, pese a la gravedad de lo que estaba gestándose ante sus narices. Elliott dice que «la forma preferida de gobernar de Rajoy siempre tendía a seguir la famosa práctica de Felipe II de dar tiempo al tiempo» y atribuye a su «falta de imaginación» la incapacidad de orquestar «una campaña comparable» a la del ‘Better Together’, que sirvió de contrapeso al separatismo escocés. En una entrevista publicada en el blog Rebelión, Luque sostiene que «el problema no es que la narrativa independentista estuviera cantada, sino que la narrativa no independentista estuviera tan poco preparada».

Elliott considera que la utilización del artículo 155 para convocar de inmediato elecciones autonómicas, tras los sucesos de octubre, fue «un movimiento arriesgado» y «una estrecha respuesta legalista» que dio paso a «una humillante derrota» y «al fracaso de la estrategia de devolver a Cataluña a la ‘normalidad'». Las comillas en ‘normalidad’ son todo un mensaje cuando proceden de un hombre sutil e irónico como él.

Luque utiliza un pincel más contundente y, tras presentar el 1-O como un «golpe de Estado posmoderno», basado en la configuración de una realidad virtual, a base de fake news e intimidación viral –en eso coincide con Daniel Gascón-, se despacha a gusto con la convocatoria de Rajoy: «Nótese la espeluznante similitud de este movimiento con la técnica posmoderna independentista: se puede hacer pasar por democrática una acción que lo es sólo superficialmente».

Pero Rajoy ya no está. Las reflexiones más importantes de uno y otro libro son las que pueden servirnos para el futuro. Sus autores son dos intelectuales y, por lo tanto, propugnan el diálogo como medio de resolver conflictos. Pero Elliott nos advierte que «el nacionalismo y el separatismo son las dos caras de una misma moneda», que los hechos han dado argumentos a los reticentes a la «devolution» a Escocia y que, para los radicales catalanes, el referéndum del 1-O era la «culminación lógica de los programas educativos, culturales y de relaciones públicas de Pujol y sus sucesores». O sea el fruto de la inmersión lingüística, el control de los medios –incluidos los cinco millones anuales a Godó- y las «embajadas». Todo eso ha vuelto a ser la ‘normalidad’. Como los ataques a los jueces o al Rey.

Luque se mete en «la pell de brau» y se acerca más al toro. Mejor dicho, al lobo, pues identifica la capacidad del Estado de fijar sus propias fronteras con el sentido de la territorialidad de este animal feroz. De ahí el título de su libro. Aunque admite que el Derecho Internacional ha dejado desfasada la visión de Hobbes del Estado como Leviathan, a la vez expone con crudeza que es la correlación de fuerzas, dentro de la Comunidad Internacional, la que abrió la vía unilateral para Kosovo y la mantendrá cerrada para Cataluña, al menos mientras exista la Unión Europea.

No se refiere tanto a una cuestión militar como política. Luque niega que los nacionales de uno u otro país sean titulares de un «derecho a la autodeterminación» -tilda de «zombie conceptual» el «derecho a decidir»- y menos aun de un «derecho a la secesión» porque «amar una tierra no da derecho a quien la ama a reinar sobre ella como un lobo lo hace en sus dominios». Y para que no quede el equívoco entre un supuesto «unionismo» español, basado en la imposición, y la mitificada unidad armónica del «pueblo catalán», invoca la «broma de Tabarnia» para demostrar que Puigdemont, Junqueras y Torra harían con media Cataluña lo que, según ellos, hace España con una sexta parte de su población y territorio.

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Con mucho gusto, me someto a lo que Luque llama «el test de Blade Runner«, para aclarar que el «patriotismo constitucional» no es para mí «un conveniente y civilizado disfraz bajo el que se oculta un nacionalista español» con pulsiones de replicante. A la vez que me opongo a la secesión de Cataluña, soy «alguien pública y activamente partidario de, o por lo menos no contrario a, diluir España en un demos más amplio». Concretamente el del federalismo europeo, pues coincido con Elliott en que «la independencia empieza a parecer una reliquia del pasado y es la interdependencia la que está a la orden del día».

Tan poco esencialista es la perspectiva desde la que defiendo la unidad de España, que comparto la simpatía de Luque por la vía canadiense de la Ley de Claridad porque me parece justa y porque, al hacer legalmente posible una secesión con condiciones serias y tasadas, en la práctica la desactiva. Así lo establece una de las ’30 obsesiones’ fundacionales de EL ESPAÑOL. Al plantear las claves de una reforma constitucional, que incluyera un desarrollo del artículo 155 y otros mecanismos destinados a reforzar la lealtad institucional de las Autonomías, también proponemos regular una hipotética secesión pactada, «implicando a las Cortes Generales en ese eventual proceso, estableciendo mayorías cualificadas y otras restricciones para que resulte válido».

Pero esto no son sino elucubraciones ucrónicas, eutrapelias deliberativas si se quiere, de cara al momento en que se den las condiciones para negociar una solución legal del problema catalán, que sea fruto de un «pacto de Estado». Eso implica que debe incluir a la España representada por PP y Cs y no limitarse a un acuerdo entre el PSOE y los nacionalistas, como el que impulsó Zapatero y ahora parece querer reeditar Sánchez, sin capacidad alguna para ello.

En todo caso, ese momento no ha llegado porque, como dice Luque, «no hay Estado constitucional que hubiese dejado penalmente impunes algunos de los actos del otoño catalán» y la prioridad es ahora poner las cosas en su sitio. Él no aprecia en el 1-O los graves delitos de rebelión y sedición. Yo sí, porque también aplico, -como hace Llarena- su lectura extensiva o «posmoderna» del golpe de Estado a los conceptos de «violencia» o «tumulto». Pero quien dirimirá esa discrepancia es el tribunal competente, que no delibera en Schlesweig-Holstein, ni en Bruselas, ni por supuesto junto al Patio de los Naranjos, sino en la plaza de las Salesas.

Lo esencial es que coincido en el diagnóstico de Luque sobre el aquí y ahora: «La sarta de posverdades vertidas o propiciadas indirectamente desde la Generalitat invalida cualquier inicio de negociación política. No digamos de referéndum. Iniciar una negociación política en los años venideros, cuando todavía pulule en el aire el universo semántico creado por la técnica posmoderna, sería ceder a un chantaje».

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De ahí que resulte tan inquietante la simulación de diálogo, como preludio a una simulación de negociación, que han puesto en marcha Sánchez y Torra. Todos sabemos, ellos los primeros, que no llegarán a nada y, por eso, como ha declarado Boadella a EL ESPAÑOL, «las concesiones no afectan tanto a la legalidad como a la dignidad», cuando «Sánchez hace como que no se entera» de que Torra llega con el lazo amarillo a la Moncloa, de que la ministra Batet pasa bajo las horcas caudinas de la pancarta ofensiva del balcón de la Generalitat o de que la administración penitenciaria a la que se ha encomendado la custodia de los golpistas presos está encabezada por sus subordinados políticos.

No es de extrañar que una consellera de ERC permita ya a Junqueras recibir «visitas institucionales», como las de Urkullu o Colau, en una sala de la prisión de Lladoners. A este paso, se habilitará la más amplia de sus dependencias para que celebre ruedas de prensa o imparta charlas a los cuadros del partido. Como si Mandela ya fuera Mandela, mucho antes de empezar a ser Mandela.

Si a aquello de lo que se habla -presos, bilateralidad, transferencias, referéndum-, unimos aquello sobre lo que se calla -inmersión lingüística, hostigamiento a los discrepantes, subvenciones a los medios, ley electoral injusta- se comprenderá por qué este diálogo, esta vuelta a la ‘normalidad’, estas réplicas sísmicas no son en realidad inocuas. El separatismo ayurvédico sigue escalando su Everest y está logrando que Sánchez, amarrado a la cordada por el pacto de la moción de censura, le acompañe hasta un nuevo campamento base, en el que la conversación-compatible con cualquier provocación- se desarrolle dentro de su espacio conceptual y más cerca de la cima.

Simultáneamente, cada descenso en la escala del seny hacia los abismos de la rauxa -atención a la cita de Walter Scott, a la que apela Elliott para explicar que los escoceses agrupados tienden a lo mismo- ha venido caracterizada por la personalidad de su timonel. Si al pujolismo cleptocrático le sucedió un ciclo «artúrico» de opereta, ahora vemos cómo el «karlismo» 2.0 del nuevo caudillo de Waterloo tiene su continuidad en este verano atorrador que ha encumbrado al sargento chusquero que veía a sus adversarios como «bestias con forma humana».

Una persona atorradora o atorrante es, en lunfardo, alguien que duerme a los ovejas, pero también un sinvergüenza sin oficio ni beneficio. El director de La Vanguardia dice que Torra es «un hombre afable… fiel a su pensamiento y su mandato» y seguro que Pedro Sánchez no va a desmentirle. También el malhadado director del Times, Geoffrey Dawson, y su mentor Neville Chamberlain sostenían que «Hitler tiene ciertos valores y no va a engañar a aquel a quien respete».

Los nuevos adalides del apaciguamiento verán si están dispuestos a seguir facilitando al separatismo la destrucción de Cataluña como espacio de convivencia y de España como Estado constitucional, cuando, tras el 11-S, este verano atorrador trueque en ese otoño aterrador que auguran los alaridos de los «patriotas» del spot de la ANC. Yo sólo quiero advertir, en la medida en que la resistencia es una actitud individual, que lo que no pienso consentir es que Quim Torra nos arrebate además, precisamente ahora, con fotitos icónicas asomando del bolsillo bajo el lazo amarillo, la figura y memoria de Winston Churchill como referencia de la defensa de la democracia liberal. Ah, no. Eso, no. Todo tiene un límite. Nos veremos las caras en Munich, mucho antes de lo que Torra cree.

Por Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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