Un viejo, a secas

A mi amigo Aurelio no le hace ninguna gracia cuando le dicen que él pertenece a la tercera edad; o a la cuarta, para más inri. Tampoco le gusta escuchar que él es un mayor, ni un anciano, ni un abuelo (aunque tenga nietos y esté tan orgulloso de ellos). Le dan cien patadas las fórmulas pedantes: senil, añejo, provecto, longevo. Y otras, por su sentido peyorativo: vetusto, obsoleto, fósil, prehistórico, arcaico, decrépito, rancio, gagá, matusalén… Casi se enreda en una pelea cuando un 'moderno' le llamó 'senior' y 'viejenial'. Él quiere ser simplemente un viejo. Y aunque no sea muy religioso, añade: como Dios manda. Hace tiempo que no lo veía. Me enteré de que había muerto Angelines, su compañera de toda la vida. Acudí al funeral, quedamos para tomar un café en el Comercial, como antes solíamos hacer, y contarme cómo le va.

Un viejo, a secasSe acaba de jubilar en el Instituto, donde ha sido catedrático tantos años. Para animarle, le digo lo mucho que yo valoro esa tarea. Me replica que no sé cómo han cambiado las cosas: la sociedad ya no los respeta; los alumnos no reconocen su autoridad; los padres sólo quieren que los chicos aprueben. En los últimos años, él ha tenido que dedicar más tiempo a tareas puramente burocráticas que a preparar las clases. También ha aguantado las vaciedades de los pedagogos, las ocurrencias del ministerio, la pesadez de las asociaciones de padres… Estaba ya harto de tantas tonterías, no le ha dolido mucho jubilarse. Un poco, sí, claro, por los chicos. Y por lo que eso significa, como final: ya es un jubilado, un pensionista; se siente un inútil.

Al morir su mujer, sus dos hijos que viven en Madrid (el tercero trabaja en Inglaterra) le han propuesto que se vaya a vivir con ellos pero se ha negado: cada uno en su casa y Dios en la de todos. Les ha advertido de que ni se les ocurra hablar de una residencia: él está muy a gusto en su piso de toda la vida, en los bulevares, con sus cosas y con sus manías. Para atenderlo, le basta y le sobra con una asistenta, que va a su casa tres veces por semana.

Tampoco quiere volver a su pueblo castellano, a la casa familiar, donde sus hijos pasan las vacaciones. A Aurelio le gusta Madrid, donde ha vivido siempre. Casi a la puerta de su casa tiene una boca de Metro y una parada de autobús. El abono transporte es baratísimo. Sale a caminar todas las mañanas, como el médico le ha dicho. Algunas tardes, aprovecha una de tantas actividades gratuitas que la ciudad ofrece: películas, conciertos, exposiciones, conferencias. Le apena la desaparición de muchos comercios tradicionales pero él todavía tiene su zapatero remendón, su electricista, su fontanero…

Antes, le gustaba mucho ir con su mujer al cine, a Fuencarral o a la Gran Vía. Todavía recuerda los cines de sesión continua, cuando era joven. Ahora, prácticamente ha dejado de ir: le molestan los chicos que comen palomitas y hablan en voz alta. Además, muy pocas películas actuales le interesan. Pero ve más cine que nunca, en la tele: sobre todo, policiacas y del Oeste, sus dos pasiones. Le pregunto cuándo se dio cuenta de que era un viejo. No lo duda: «Una mañana, al afeitarme, vi en el espejo a un personaje al que apenas reconocía, con los ojos apagados y una expresión triste… Por dentro, yo me seguía sintiendo joven pero los demás ya no me veían así. La puntilla fue cuando, en el autobús, una señorita me ofreció el asiento. Yo estaba acostumbrado a lo contrario, a ofrecerlo yo. Eso sí, me molesta cuando una enfermera o un repartidor me tratan de tú, como si fuera un chiquillo».

Durante la pandemia, su mujer y él tomaron precauciones pero no lo pasaron demasiado mal. Cuando no se podía salir a la calle, caminaban por el viejo pasillo de su casa. Al lado, tienen un supermercado. La farmacéutica del barrio y el médico de familia fueron sus ángeles guardianes.

Le pregunto por la relación con sus hijos y sus nietos: «Han salido buena gente. Me quieren pero me conocen muy poco. Un nieto me dijo que teníamos suerte porque nuestra familia no había sufrido nada durante la Guerra Civil. Me quedé atónito: ¿para qué contarle tragedias ya superadas? Tampoco saben nada de lo que fue la posguerra: las cosas malas y las cosas buenas que hizo Franco; la ilusión que sentíamos por llegar a ser un país europeo, normal, democrático».

Aurelio ha sido siempre un hombre de izquierdas, lleno de buenas intenciones. Apenas le saco el tema, entra al trapo: «¿Qué tiene que ver la izquierda auténtica con lo que tenemos ahora? ¿Cómo se pueden justificar los crímenes de la ETA o aliarse con los separatistas? Antes, sentía mucho cariño por el Athletic de Bilbao y admiraba Barcelona. Ahora, ya no les tengo simpatía: se lo han ganado».

Él se maneja bien con el ordenador, la tableta, el 'smartphone'. Eso no quita para que se indigne porque ya nadie te atiende personalmente, ni en la administración ni en los bancos: «Dijeron que lo iban a arreglar pero no han hecho nada, nos tomaron el pelo. Yo conozco a mucha gente de mi edad que se siente perdida».

No le pesa mucho la soledad: «Toda la vida he aguantado bastante bien estar solo. No me aburro, siempre hay mil cosillas que hacer: compras, arreglos. Algunos amigos mantenemos una tertulia, los jueves por la tarde. No me pierdo un partido del Madrid por la tele. Yo no he sido aficionado a los toros pero me gustaba ver algunas corridas, cuando las daban. Me parecen absurdos los ataques que ahora sufren los toros y la caza. Escucho mucho la radio: por las mañanas, la política; antes de dormir, los deportes. Me gusta estar informado, leer el periódico todas las mañanas; en papel, por supuesto: comprobar en las esquelas del ABC que no se ha muerto otro amigo. También veo los telediarios y me indigno: ¿era esto lo que soñábamos para España?».

Le pregunto qué es lo que más le preocupa. Lo tiene muy claro: «La salud, la enfermedad, la muerte. También, la pensión, la subida de los precios. Y algo que no es fácil decir, me siento viejo porque no entiendo muchos disparates actuales: la memoria histórica; la 'ley Trans'; eso que ahora llaman feminismo; atentar contra las obras de arte; tener que usar siempre el masculino y el femenino, o el neutro; no respetar los símbolos de tu patria; aceptar que un político mienta siempre y que no lo pague; rendirse ante la mala educación… Hace poco escuché una canción ranchera de mi juventud, 'Un mundo raro'. ¡Qué razón tiene! No es éste el mundo que yo esperaba. Será que me he hecho viejo. Eso soy: un viejo, a secas».

Le he dicho a mi amigo Aurelio que, ahora mismo, hay muchos españoles que, como él, tampoco entienden este mundo raro. Aunque no sean viejos.

Andrés Amorós

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