Un viejo libro

Justo cuando se avecina el ochenta aniversario del final de la II Guerra Mundial, cobra actualidad otra fecha, aparentemente inocua, pero que tiene una íntima relación con nuestra capacidad para comprender aquellos años. En efecto, en 1952, menos de diez años después de concluir aquel conflicto ecuménico, se publicaba 'Hitler. A Study in Tyranny'. El autor, el eminente historiador británico Alan Bullock. El libro suponía la primera gran biografía del dictador alemán. No sólo de los años finales de vida del hombre, y del salvaje régimen que creó y dirigió; también de la peripecia de sus primeros pasos –siempre brutales– en la política alemana y su artera subida al poder, culminada en 1933.

Cuando se publicó el libro, fue celebrado como un gran logro por parte de su autor. Una gesta intelectual a la hora de ofrecer, con las cenizas de Europa aún humeantes, una explicación, incisiva, completa y plausible de los mecanismos individuales y colectivos que habían convertido a aquel improbable y atrabiliario pintor callejero de la Viena de preguerra en el amo efímero pero terrible de los destinos de Europa. Un prodigio intelectual que daba testimonio en la década de los cincuenta de una época pasada, y quizás incluso superada. En efecto, siete años más tarde de Hiroshima y Nagasaki, y de la caída de Berlín, podía pensarse que, pese a la omnipresente tensión que suponía la Guerra Fría en todo el planeta, quedaban –del Holocausto judío, de la crisis de las democracias, del gansterismo político de los nazis– lecciones tristemente inolvidables, que garantizarían cierta inmunidad de cara a los desafíos del futuro.

Nada más lejos de la realidad. Si –como yo he hecho estas últimas semanas– nos acercamos de nuevo a las incisivas páginas de Bullock, a la luz de los acontecimientos a la orden del día los primeros meses de 2024, atenaza la actualidad lacerante de todo lo leído. Al abordar el código operacional de Hitler y sus seguidores resulta aterrador contemplar la feble reacción ante ellos de los partidos tradicionales, la abdicación de los valedores del orden establecido, y la réplica de todo ello a escala ecuménica. Sobre todo, uno palidece al constatar la radical modernidad de lo narrado. La primera lección, la conclusión más desasosegante, es que hemos aprendido muy poco, y que –aunque la historia no se repita– hay en el mundo de hoy siniestros paralelismos con la Alemania y la Europa en las que germinó y fue posible el nacional-socialismo.

Adolf Hitler revolucionó al servicio del mal la práctica de la política. Entendió, como quizás nadie hasta aquel momento, algunas de las claves más primarias para la activación y movilización de voluntades colectivas. Lo puso por escrito en 'Mein Kampf': los mensajes debían ser sencillos y maniqueos. La pasión como sustituta de la razón. El odio como alternativa a la reconciliación. Los mensajes del nacional-socialismo apelaron a las pasiones, a los miedos, y a los prejuicios y rencores de una sociedad crecientemente insegura. Los llamados a responder a aquel fuego rabioso fueron abdicando uno a uno de cualquier responsabilidad e incluso se sumaron al incendio.

Hitler construyó su relato sobre el pasmo de una generación carente de líderes y huérfano de referencias morales, coeva de las cenizas de la derrota alemana en la I Guerra Mundial, y no en menor medida, del aturdimiento frente a una crisis económica sin precedentes. Frente al desorden, ellos, los nazis, y sobre todo su führer, eran los únicos intérpretes legítimos de la voluntad soterrada del 'volk'. La vida pública de Alemania quedó dividida entre vieja política –la casta, ni más ni menos– y la nueva y pujante militancia nacional, definida por la acción violenta y por la voluntad de trasformar radical y racialmente la realidad. En el camino, se sublimaron las líneas identitarias más excluyentes como elementos de definición de un individuo cada vez más cosificado. La sociedad devino en tribu. La deificación de las identidades excluyentes como contraposición a la idea de ciudadanía abierta fue un pilar fundamental de todo aquel siniestro proceso de sugestión colectiva.

Como jugador político de primer nivel, Hitler comprendió que para destruir a la república de Weimar el mejor camino no era la conquista revolucionaria del poder, sino el mendaz asalto al poder por medios escrupulosamente legales, como puerta de acceso a los mecanismos desde los que emprender la revolución desde arriba. En eso fue de nuevo pionero espectral de la licuación del imperio de la ley en Europa y en América que enturbia nuestro 2024, hoy como entonces bajo el manto de las más afanosas declaraciones de voluntad estricta de someterse a esa misma ley. En la Alemania nazi, la constitución de Weimar nunca tuvo que ser revocada. Bastó, desde el poder del aparato del Estado, el retorcimiento insoportable del orden legal, hasta hacerlo insignificante. Todo llevado a cabo con una inquietante mezcla de nihilismo con la fría precisión de un cirujano. A golpe de plebiscito.

Hitler leyó en lo más profundo de la mente de los líderes europeos de su tiempo. Conquistada Alemania, edificó sobre sus miedos e inseguridades los fundamentos de un nuevo orden, que suponía la muerte violenta del nacido tras la I Guerra Mundial. Un orden simbolizado ante todo por la Sociedad de Naciones y el mutuo, aunque imperfecto, compromiso de solucionar los conflictos mediante la conciliación. En apenas cuatro años, revirtió un curso razonable de las relaciones internacionales de la década de los veinte. Todo lo bueno construido desde la I Guerra Mundial, tras el trauma de un mundo en llamas, fue arrojado al vacío.

Y hoy como entonces vemos crecer aceleradamente la irresponsabilidad de muchos gobernantes. El uso de las mismas estrategias para alcanzar el poder al precio que sea, e incitar la división entre las sociedades. No digo ni mucho menos que vivamos la perfecta réplica de las circunstancias u objetivos que llevaron al nazismo al poder, pero sí que hay síntomas preocupantes en las sociedades occidentales, y a escala mundial. En España, en el resto de Europa y en América vemos una creciente frivolidad ante el imperio de la ley como fundamento básico por parte de los que deberían ser sus mayores defensores. Más y más fuerzas políticas, incluso las más venerables o que ostentan posiciones de poder, abdican en la práctica del cumplimiento de esa ley en beneficio del fomento rampante de la división. Mientras, no se quema el Reichstag, pero se asalta el Capitolio. Algunos líderes de la Unión Europea se sienten más cómodos en compañía de dictadores. Esos tiranos son vanguardia perversa al afirmar que el orden internacional de 1945 ha muerto, y que ya no necesitamos a unas Naciones Unidas, tan desnortadas, en cualquier caso, que cada vez se asemejan más a la Liga de las Naciones en sus últimos estertores.

Pero hoy somos más sabios, y deberíamos conocer los abismos a los que conducen el populismo, los lobos geopolíticos y los gobernantes de voz profunda y de escaso fondo, que predican la ley, al mismo tiempo que la pervierten, y nos convocan a un odio permanente. Sabemos donde nos conducen los que apelan a las diferencias y a dividir las sociedades en banderías delimitadas por la desconfianza y el rencor. Todo ello debería construir un músculo social más fuerte que el de la década de los treinta. Más capaz de resistir el desafío. Un paso de rango intelectual para ello es también saber y leer. Setenta años después, Alan Bullock nos habla no sólo del mundo de ayer; también de peligros reales del de hoy. Y nos da claves para evitar el negro pozo de oscuridad que hizo muy necesario su libro. Y que lo hace necesario hoy.

Emilio Sáenz-Francés es historiador y escritor.

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