Una alternativa al aborto

En ‘El tercer hombre’, hay una estremecedora escena en lo alto de la noria gigante de Viena: Orson Welles, señalando a la gente de abajo, le pregunta a Joseph Cotten “¿Sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros si dejara de moverse?”. A mí esa escena me plantea la pregunta de si hemos perdido la compasión por los niños abortados, puntitos negros en las ecografías heridas de muerte.

El aborto es un tema tabú que mira directamente a los ojos de nuestra conciencia individual, y ya es bastante complicado sumergirse en la sima de la propia conciencia como para intentar juzgar los abismos de los demás. Nos cuesta tanto mirar a los ojos del aborto que lo llamamos “Interrupción voluntaria del embarazo”, eufemismo estúpido, como todos los eufemismos. (En inglés suena mejor, “Voluntary Interruption of Pregnancy”, pues sus siglas son VIP, como en “Very Important Person”).

Igual que Holden Caulfield le preguntaba a un taxista adónde iban los patos de Central Park cuando se congelaba el lago, yo le pregunto al lector si sabe adónde van los niños abortados, puntitos negros como puntos suspensivos… En una tragedia de Séneca, el coro se pregunta dónde están las almas de los difuntos, y si ese lugar se parece a ese otro donde quizá estén las cosas no nacidas. Con El aborto, uno de los libros de Richard Brautigan, sucedió algo mágico: uno de los fervorosos lectores convirtió la ficción en realidad. El libro cuenta la historia de una biblioteca que solo acoge manuscritos rechazados por las editoriales, libros abortados. Aquel lector creó en Vermont la “Biblioteca Brautigan”…

El pasado mes de febrero, una mujer con síndrome de Down fue expulsada de una charla comercial en un hotel de Motilla del Palancar (Cuenca). Un trabajador de la empresa le dijo a la familia que sería mejor que la mujer se fuera porque “podía asustar a la gente”. Aquellas palabras causaron una gran indignación nacional, pero el trabajador tenía razón: el síndrome de Down asusta, asusta el dolor, la incertidumbre; asusta tanto que, en España, nueve de cada diez parejas deciden abortar cuando les dicen que van a tener un bebé con trisomía 21 (porcentajes similares a los de Islandia, Reino Unido, Dinamarca…, a pesar de que en una de cada diez pruebas el diagnóstico prenatal falla). Por eso, igual que desaparecieron las cabinas telefónicas de nuestros paisajes urbanos, han desaparecido los niños con Down. Y ambas decisiones se han tomado en nombre de la palabra “Progreso”. Julián Marías escribió una frase que me impresionó tanto como la de Orson Welles: “La aceptación social del aborto es lo más grave que ha acontecido en el siglo XX”.

Tras esta larga introducción, quiero aclarar que estoy a favor de la ley de supuestos de 1985, la de Felipe González, que quiere recuperar Pablo Casado: violación, riesgo para la salud física y psíquica de la madre y malformación del feto parecen motivos razonables para plantearse abortar. (Es curioso que en la España de hace treinta años aquella ley se considerase progresista, y en la del siglo XXI se tilde a Casado de reaccionario). Sin embargo, estoy en contra de la ley de plazos de Zapatero, del aborto libre durante las catorce primeras semanas de gestación. Por cierto, el Tribunal Constitucional lleva ocho años sin pronunciarse sobre el recurso de inconstitucionalidad de dicha ley que presentó el Partido Popular. El tribunal admitió el recurso, aunque desestimó la petición de suspensión alegando que iba a dar prioridad al conflicto. Ese prolongado silencio es inadmisible.

Y estoy a favor de la eutanasia, de la gestación subrogada (no puedo entender que la izquierda se oponga)… porque son decisiones que personas adultas pueden tomar libre y conscientemente. En el aborto el feto lo cambia todo: hay que conciliar lo mejor posible los derechos de la mujer con los del nasciturus… y con los del hombre. Del padre casi nunca se habla: hace diez años los permisos de paternidad eran de tres días; cuando nació mi primer hijo tuve quince días y, ahora que ha nacido el segundo, he tenido cuatro semanas. La igualdad entre hombres y mujeres también se consigue potenciando la figura del padre. Ciudadanos ha tenido un papel muy destacado en la consecución de las cinco semanas actuales, pero Podemos ha ido más allá, proponiendo igualar los permisos de paternidad con los de maternidad.

Hace tiempo leí que en la Comunidad de Madrid había 500 abortos a la semana y una sola adopción. Y no pude evitar pensar que algo hacemos muy mal cuando hay tanta gente que quiere adoptar y, o no puede, o tarda años en hacerlo, mientras, al mismo tiempo, se están produciendo cientos y cientos de abortos. También resonaban en mi cabeza unas palabras de Cristina Almeida: “No hay nada peor que un niño no deseado”. Entonces nació una idea para que las mujeres embarazadas que no quieran ser madres no tengan que asumir esa responsabilidad y, simultáneamente, fomentar las adopciones: proponer a esas mujeres la posibilidad de tener el hijo para luego darlo en adopción (en caso de aceptar, podrían firmar una cláusula que les permitiera quedarse con el bebé si al final cambiaran de opinión).

En España tenemos una tasa de natalidad que está entre las más bajas del mundo y somos uno de los países más envejecidos. De seguir así, en un futuro no muy lejano, nuestro sistema de pensiones será inviable.

Una de las hijas del general De Gaulle, Ana, tenía síndrome de Down. Cuando murió a los 20 años, después del entierro, el general le dijo a su esposa: “Vámonos… Ahora ya es como las demás”. Nos asusta, nos aterra que nuestros hijos no sean como los demás, que sufran, que no tengan una vida “normal”. Si la humanidad suele caminar por la senda correcta es, en gran medida, gracias a la ciencia. Las personas con Down, por ejemplo, viven casi sesenta años debido a los avances en la cirugía cardíaca. El investigador Juan Carlos Izpisúa asegura que corregiremos el síndrome de Down dentro del útero humano.

Mientras llega ese día, aplaudamos a Pablo Pineda, el primer europeo con Down que obtuvo un título universitario (y la Concha de Plata al mejor actor en el Festival de San Sebastián); aplaudamos a Mikayla Holmgrem, que con su melena rubia y su vestido azul ha sido la primera chica con trisomía 21 que ha participado en un concurso estatal de belleza en Estados Unidos; aplaudamos a la editorial SM, que ha empezado a publicar los libros infantiles de Barco de Vapor en formato de lectura fácil (palabras sencillas, frases cortas, tamaño de letra más grande…).

Simone Veil, que siendo ministra de Sanidad hizo aprobar en la Asamblea Nacional francesa la ley del aborto, contaba que en la clase de su nieta —una niña de diez años— debatían sobre el límite para el aborto. “Yo a esa edad no sabía de dónde venían los niños”. Recuerdo que en el programa Tengo una pregunta para usted, Izaskun, una chica con Down, le dio su currículum al presidente Zapatero y luego le pidió trabajo. Zapatero, cuyo Gobierno estaba a punto de aprobar la ley de plazos, fue muy amable con ella…Decía André Maurois que los hombres de bien deberían meditar sobre la responsabilidad y la vergüenza de una civilización capaz de crear un mundo donde Stefan Zweig no había podido vivir; yo pido una reflexión sobre qué clase de mundo hemos creado, un mundo donde, a la mayoría de seres humanos con síndrome de Down, no se les permite nacer.

José Blasco del Álamo es escritor y periodista

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