Una América Latina integrada

Por Emilio Menéndez del Valle, embajador de España y eurodiputado socialista (EL PAÍS, 17/01/07):

2006 ha sido un año intensamente electoral en América Latina, lo que supone un triunfo de la democracia pues hablamos de elecciones limpias y transparentes prácticamente en todos los casos. Los comicios y un mayor arraigo de hábitos y procedimientos democráticos entrañan un avance de la consolidación política, aunque no necesariamente institucional (considérense los casos de Bolivia, Ecuador o Venezuela). Sin embargo, ello no significa que se hayan logrado avances sustanciales en la lucha contra dos lacras históricas, profundas y graves como son la pobreza o la exclusión social o étnica.

Por supuesto, hay países, como Chile, que han protagonizado avances socio-económicos relevantes, pero constituyen la excepción. En la otra cara de la moneda se hallan Bolivia, Ecuador o Nicaragua, de entre los más pobres de Latinoamérica. Ello permite exclamar a José Miguel Insulza, chileno y secretario general de la Organización de Estados Americanos, que “Bolivia es el país que ha sufrido las mayores injusticias de todo el continente… se puede discutir si las reformas son constitucionales o no, pero estamos hablando de la entrega de la tierra improductiva a los más pobres de los pobres”.

En los países andinos -Perú, Ecuador, pero sobre todo en Bolivia- resulta escandaloso el abismo étnico, social y regional y las desigualdades económicas, sanitarias y educacionales causan espanto. Una parte considerable -en Bolivia mayoritariamente- de la población ha quedado hasta ahora marginada de los recursos públicos. Como escribe el sociólogo Julio Cotler, estas fracturas han dado lugar a un sinnúmero de movimientos sociales durante las últimas décadas, cuyas demandas no han sido satisfechas por ninguno de los diferentes regímenes políticos instaurados en Bolivia, Perú o Ecuador.

Hoy en día, las desigualdades mencionadas continúan en los tres países andinos, pero una realidad política nueva se ha abierto camino. En Ecuador, el nuevo presidente democráticamente elegido, Rafael Correa, dice estar dispuesto a acabar con la exclusión. Se declara amigo de Hugo Chávez, aunque afirma que “en mi casa no mandan mis amigos. Aquí no van a mandar ni Bush ni Chávez, sólo los ecuatorianos”. El complicado panorama sociológico de Bolivia y la delicada situación político-institucional que atraviesa son afrontados por el presidente Morales con la legitimidad del 54% de sufragios obtenido en los comicios. En cuanto a Perú, su presidente, el socialdemócrata Alan García, ha ganado las elecciones tan limpiamente como Correa y Morales y -tras reconocer los serios errores de su primera etapa presidencial de los años ochenta- se dispone a abordar constructivamente la ingente tarea que el país tiene por delante.

La filosofía y la práctica políticas para encarar las profundas injusticias de sus respectivos países son distintas. Sin embargo, ni García, ni Correa, ni Morales son conservadores y los tres conocen que, además de las circunstancias específicas de cada Estado, todos comparten factores comunes. Por ejemplo, que el crecimiento económico de Latinoamérica en 2005 fue del 4,5%, mientras que en el periodo 1950-1955 fue del 5,5% y del 6,2% en 1967-1974. Y que mientras en 1950 la región representaba el 12% del comercio internacional, hoy sólo llega al 3%.

Empero, nadie va a solucionar la problemática nacional y regional actuando individualmente. Sin un proceso integrador en América Latina transcurrirán muchas décadas sin que se vea la luz al final del túnel. De ahí que, por un lado, haya que consolidar la institucionalización interna en aquellos Estados donde sus representantes legítimos consideren que las reformas son superfluas y, por otro, crear una nueva institucionalidad, democráticamente consensuada, en aquellos otros cuyos dirigentes, igualmente legítimamente elegidos, estimen sea necesaria.

Pero tan importante es esta labor como la de, simultáneamente, asentar o crear la institucionalidad regional vía integración. Sin integración, no hay solución. Y en este ámbito hay crisis, aunque no solo en su vertiente literal negativa, sino también, felizmente, en la etimológica original, entendida como cambio. Es innegable que el abandono de Venezuela de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) porque “está muerta” no es una buena noticia y que Hugo Chávez lo recuerde en la cumbre de Cochabamba (8-12-06), añadiendo que el Mercosur, en el que acaba de ingresar, también lo está, no es alentador. Sí lo es, en cambio, que Chile haya decidido asociarse a la CAN, probablemente queriendo dar un signo de apoyo integracionista.

Es verdad que las organizaciones regionales han hecho evidentes sus carencias y debilidades. Así, es absurdo que Mercosur sea incapaz de solucionar el grave enfrentamiento entre Argentina y Uruguay a causa de una fábrica de celulosa. Ello llevó al uruguayo Tabaré Vázquez, presidente de un país geográfica y demográficamente pequeño comparado con Argentina, a exclamar hace unos meses que “el Mercosur no sirve”. Y más recientemente (24-11-06) a decir que “el proceso de integración regional está sufriendo una cierta desaceleración. Mi Gobierno no ha renunciado a tener más o mejor Mercosur pero debe mejorar su inserción con el resto del mundo. Creo que los hechos nos están golpeando muy fuerte”.

Situaciones como ésta pueden impulsar a Uruguay a buscar un Tratado de Libre Comercio (TLC) fuera de Mercosur, algo impensable hace una década. Hay que entender, no obstante, que la integración va despacio y que se dan contradicciones difíciles de superar. Oportunamente, se ha recordado que los TLC son, para algunos, remedios de urgencia (Colombia, Perú) y para otros, instrumento básico de la política comercial (Chile). Pero ya he señalado que Chile apoya la integración y el presidente peruano ha declarado que “no todos los países de la región cuentan con suficientes materias primas y deben procesar sus productos. No por ello traicionamos los principios de la integración”.

La segunda cumbre (Cochabamba, diciembre 2006) de la recién constituida Comunidad Suramericana de Naciones, nacida hace dos años con la intención de integrar CAN y Mercosur, ha sido el marco donde unos, aun siendo autocríticos, han expresado su voluntad de impulsar la integración (Lula, Morales, García, Bachelet), al tiempo que otros (Chávez, en parte Tabaré Vázquez) han resaltado aspectos negativos. Para Chávez, “no hay proyecto”, pero ha aceptado la conclusión más práctica de la cumbre: el lanzamiento en Caracas de la integración energética, que, de llevarse a cabo, será trascendental para la región. Así comenzó la Unión Europea, integrando el carbón y el acero. Por cierto, en ese encuentro cochabambino, dos presidentes manifestaron su admiración o su reconocimiento de Europa. Uno, el de un país ávido de energía, el brasileño Lula, afirmó: “Estoy seguro de que llevaremos a cabo la integración sin demorar los cincuenta años que tomó Europa, porque no tenemos tiempo”. Otro, el de un país rico en energía y que se ha revelado activo impulsor de la integración, Evo Morales, manifestó: “Siento envidia sana de la UE. Suramérica llegaría muy lejos porque tiene muchos más recursos naturales que Europa”.

Esos cincuenta años de construcción europea a los que alude el presidente Lula han consolidado un acervo comunitario e integrador que puede resultar útil para quienes en América Latina persiguen similares fines. Ellos y los europeos -y desde luego los españoles- podemos buscar juntos soluciones para hacer frente a las causas estructurales que engendran pobreza, desempleo y hambre, para preservar el medio ambiente, para encontrar una solución digna a tantos miles de latinoamericanos que se ven forzados a emigrar, para combatir el narcotráfico (a no confundir mecánica y simplistamente con el cultivo de la hoja de coca) y también para intercambiar experiencias y conocimientos sobre la consolidación democrática, incluida la institucionalización autonómica. En este último capítulo, España tiene algo que aportar.