Una amnistía de progreso

El otro día la abogada internacional Miriam González Durántez escribió en el Financial Times una excelente reflexión sobre la amnistía (después de que el periódico publicara un editorial perezoso en el que concluía, casi como para quitarse de encima el tema y sin haberle dedicado mucho tiempo, que la amnistía es «una apuesta que merece la pena, aunque no sea por las razones correctas»). González Durántez criticaba que el Gobierno de Sánchez se estaba escudando en su identidad de izquierdas, y en su lucha secular contra las derechas, para justificar la amnistía: «El espectro de la Guerra Civil sigue impregnando gran parte de la información internacional sobre el país, como si Franco pudiera resurgir de su tumba en cualquier momento. Esa atención a la extrema derecha y a la historia del conflicto civil está proporcionando ahora una coartada útil al Gobierno español para socavar el poder judicial y el Estado de Derecho». Por eso resulta tan complicado convencer a Europa de que lo que está haciendo Sánchez es una arbitrariedad difícil de justificar: según el relato «anglocondescendiente» (por usar la expresión de José Ignacio Torreblanca) o incluso orientalista sobre España, los problemas del país siempre tienen que encajar con la idea que se tiene de él y de su historia. Es decir, solo la derecha puede degradar el Estado de Derecho, porque así lo ha hecho en el pasado (el pasado democrático español, recordemos, no se tiene en cuenta). Continúa González Durántez: «Cuando los jueces fueron intimidados por los medios de comunicación que apoyan a los conservadores en el Reino Unido durante el Gobierno de Boris Johnson, hubo reproches. Este tipo de amenazas no pueden tolerarse en una democracia de pleno derecho. El hecho de que esta vez la amenaza provenga de un partido progresista de centro-izquierda no la hace aceptable». Es algo muy obvio y, al mismo tiempo, hace falta recordarlo.

Una amnistía de progreso
SEAN MACKAOUI

No es muy sorprendente que la opinión pública extranjera tenga esta opinión; somos, al fin y al cabo, un país irrelevante. Nos juzgan a partir de cuatro clichés, como nosotros juzgamos otros países con cuatro clichés. Lo verdaderamente sorprendente es que ese discurso simplista e incompleto hoy lo promuevan los partidos de la izquierda española, que han sustituido la memoria histórica colectiva de la Transición por la de la Guerra Civil. Es un discurso que funciona como blindaje. ¿Cómo va a degradar el Estado de Derecho la amnistía si la está promoviendo la izquierda y es históricamente la derecha la que ha despreciado el Estado de Derecho en España? Es más, ¿cómo va a ser una ley inmoral o arbitraria si está molestando mucho a la derecha? Es una visión adolescente: si molesta tanto a la derecha, tan malo no será. Hay muchos votantes socialistas que no tienen muy clara su postura sobre la amnistía, pero tienen claro que, si rabia tanto la derecha, será porque es algo bueno. (El diputado Gabriel Rufián hizo una reflexión sobre esto el miércoles en el Congreso: «¿Saben lo que contesta la inmensa mayoría de la gente cuando les preguntan lo de amnistía sí o amnistía no? Que me da igual, yo lo que quiero es comer y que no gobierne la derecha»).

En el debate de investidura, el presidente Sánchez promovió ese relato. Dio un largo discurso izquierdista en el que avisó del peligro de la ultraderecha en Occidente. Frente a esa «derecha retrógrada» se encontraba él. Y de ahí pasó a la amnistía. Su lógica fue aplastante (por asfixiante): la amnistía es necesaria para que no triunfe la «ola reaccionaria». Uno podría argumentar lo contrario: que son precisamente este tipo de acciones arbitrarias y sin consenso las que pueden activar a la ultraderecha. Uno podría incluso argumentar que su estrategia ha sido precisamente esa durante años: sin la amenaza de la «derecha retrógrada», el PSOE posiblemente no habría obtenido los resultados que tiene.

En el discurso de Sánchez, la amnistía era inseparable del «progreso» y de los «avances logrados en estos cuatro años». Es un pack indivisible: no puedes comprar los derechos sociales y rechazar la amnistía, aunque no tengan nada que ver y sean incluso ideas contradictorias. ¿Estás en contra de la amnistía? Entonces es que estás en contra de la subida del salario mínimo, de la educación infantil gratuita, de la sanidad pública, de la lucha contra el cambio climático. Es decir: eres de derechas.

Había que aprobar la amnistía porque «las circunstancias son las que son y toca hacer de la necesidad, virtud», dijo Sánchez. Había que aprobarla por el «interés general» y para superar la «fractura», «el odio» y la «discordia». Pero, sobre todo, había que aprobarla para que no ganara la derecha. Al envolverla en una retórica progresista, Sánchez convirtió la amnistía en un asunto de izquierdas. Y a sus contrincantes, lógicamente, en gente de derechas. Cuando Sánchez toca algo, lo vuelve de izquierdas. Hay dos cosas que te hacen de izquierdas en la España actual. Decir que eres de izquierdas y decir que estás en contra de la derecha. A veces solo basta con esto último. En esta época de hiperpolarización, de bloques inamovibles y de política adversativa, lo que realmente te define es tu enemigo. Por eso Junts es considerado de izquierdas, o al menos un aliado no muy incómodo de la izquierda; por eso el PNV es un interlocutor válido con el PSOE. Porque critican mucho al PP y Vox.

El Gobierno piensa que ser de izquierdas es algo que se explica por sí solo. La derecha es el retroceso, son los años grises del franquismo, la crispación. La izquierda es el progreso. Y eso no hace falta explicarlo. Si hay algún votante que no lo entiende será por algo. Es una derrota de uno de los principios más básicos de la democracia, que es la persuasión. No ha habido persuasión en estos años de Gobierno de izquierda, que ha preferido que sus ideas ganen legitimidad a través del rechazo que provocan en la oposición. Y obviamente no ha habido ningún intento de persuasión con la amnistía, que se ha negociado en secreto en el extranjero con un prófugo y que se ha votado con la excusa de que era mucho peor la alternativa.

En su intervención, Sánchez dijo: «Nos toca elegir si queremos seguir avanzando, si hacemos políticas progresistas o hacemos caso a los profetas del odio que quieren encerrar a las mujeres en las cocinas. Las derechas rezuman racismo, niegan el cambio climático, desprecian a quienes aman distinto a ellos, imponen un modo único de ser españoles». El portavoz del Grupo Parlamentario Socialista, Patxi López, dijo que el PP aspira a una España «uniformada», donde no caben los distintos y solo tienen legitimidad ellos. Citó una frase del político del PSOE y activista LGTB Pedro Zerolo, que falleció en 2015: «En su modelo de sociedad no quepo yo, en el mío sí cabe usted». Me quedo con esta última frase. Es un ejemplo de proyección fascinante: acusar a tu adversario de aquello que tú cometes. Porque toda la investidura, todas las justificaciones que se han hecho sobre la amnistía tienen un único pilar: nada de lo que hagamos nosotros, incluso aquello que desafía los principios más básicos de la democracia liberal, podrá ser peor que un Gobierno de derechas. Esa lógica la comparten muchos votantes del PSOE. Hay, obviamente, un falso dilema: lo que está haciendo ahora el Gobierno es real y tangible, lo que supuestamente hará la derecha si llega al poder solo podemos especularlo. Como ha escrito en una columna reciente Alberto Olmos, «mucha gente tiene más miedo de imaginarios retrocesos de un hipotético Gobierno de la derecha que de cualquier barbaridad que al líder del PSOE se le ocurra hacer ante sus propios ojos». Es una concepción muy deprimente de la democracia. «Por un pluralismo sin gente de derechas», decía una viñeta de Daniel Gascón.

Ricardo Dudda es periodista y autor de Mi padre alemán (Libros del Asteroide).

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