¿Una anomalía de la política italiana?

A intervalos regulares, los italianos se preguntan si llegarán algún día a tener un país ‘normal’. La verdad es que les sobran razones para el desánimo. En las últimas décadas, la democracia italiana ha batido muchos registros: el mayor número de partidos, la más alta frecuencia de cambios de gobierno, el más bajo índice de alternancia, etcétera. Pero, sobre todo, la historia política italiana del siglo XX se ha caracterizado por algunas aportaciones extraordinarias. En efecto, es en Italia donde el totalitarismo contemporáneo adquirió su fisionomía fascista y es también en Italia donde ha aparecido -si vale el término- el ‘berlusconismo’, una forma política más modesta, pero no menos original.

Entre estas dos grandes creaciones del genio político italiano -quede claro- no hay lugar para establecer ninguna clase de paralelismo. Lo más que se puede decir es que comparten un mismo problema: no se sabe si son fenómenos que deben ser explicados en clave local, o si, por el contrario, responden a factores generales. Por lo que respecta al fascismo, parece que en su génesis hubo condicionantes locales, pero también es verdad que su fórmula política tuvo un largo -y triste- recorrido más allá de sus fronteras. ¿Sucederá lo mismo con la nueva democracia berlusconiana?

La crisis política italiana, que viene arrastrándose desde finales de los años 80, es el producto de una serie de circunstancias específicas: las rémoras del crecimiento económico, ciertas hipotecas de la Guerra Fría, antiguos desequilibrios territoriales, un claro déficit en el desarrollo institucional, una clase política envejecida y degradada, el peso de tradiciones que no favorecen la consolidación de una cultura cívica democrática, ni en la derecha ni en la izquierda. Sin embargo, parece evidente que la cristalización del régimen berlusconiano no se explica ni por la degradación moral y cultural del país, ni por el carisma del personaje, ni por la mala suerte. Si el fenómeno Berlusconi se mantiene en el tiempo, si la crisis se ha convertido en crisis permanente, no es porque apareció una persona que fue capaz de colocar como nadie su mercancía, o que tuvo los recursos necesarios para hacerlo, sino porque se dieron una serie de circunstancias ‘de otro tipo’ que hicieron posible su perpetuación. Señalaré cinco elementos estructurales básicos del berlusconismo:

1. La ‘personalización de la política’, que responde, por un lado, al progresivo reforzamiento del poder del Ejecutivo y, por otro, a la creciente identificación emotiva de los electores con sus representantes. Cada vez más, es el líder y no el gobierno o el partido el que gana o pierde las elecciones. Y lo importante es que no gana o pierde por lo que hace o representa, sino por lo que es. Hay una evidente deriva populista en este proceso: se tiende a pensar que, en democracia, las mayorías lo pueden todo y necesitan alguna cabeza visible en la que depositar una confianza ciega.

2. La ‘confusión de poderes’, que se observa tanto en relación con la tradicional distinción entre las funciones del Estado como en la equiparación entre poderes privados, que responden a intereses particulares, y poderes públicos, que atienden al interés general. La consecuencia inmediata de esta confusión es la dispersión y ocultación de los centros de decisión política: nadie sabe cómo y cuándo se toman las decisiones más importantes, ni quién es responsable por ellas. En el plano ideológico, la confusión se disfraza predicando la irracionalidad de los viejos procedimientos y la superioridad de un modelo nuevo, el único que sería capaz de dar respuesta a lo que verdaderamente le importa al pueblo -no importa con qué medios-.

3. La ‘transformación de la estructura organizativa de los partidos políticos’, que han dejado de tener bases sociológicas homogéneas y se han transformado en maquinarias electorales, diseñadas por expertos en la ciencia de la comunicación política. El primer efecto de este cambio ha sido la instrumentalización de los parlamentos, que ya no son espacios de representación y se han convertido en órganos de propaganda.

4. La ‘colonización mediática del espacio político’, pues la batalla política se juega en los medios, sin exclusión de recursos; esto es, echando mano de las peores armas de persuasión masiva. Lo relevante aquí no es tanto el control (cuasi)monopolista de la información o la desinformación, la pérdida de la imparcialidad, como el hecho de que los medios imponen sus ritmos, sus estrategias y sus lógicas al debate político. De aquí el empobrecimiento de la comunicación, la dramática selección, aceleración y simplificación de los mensajes que pueden ser comunicados.

5. La ‘normalización de la antipolítica’, de una retórica centrada en los tópicos de la inutilidad e ineficacia de la política de los políticos. Con las mejores artes del marketing político, la atención del público se orienta hacia una serie de objetivos genéricos -seguridad, modernización, federalismo fiscal, inmigración, orgullo nacional, etcétera- cuya función es canalizar un malestar difuso. Es el lenguaje del resentimiento, una retórica de reafirmación, de reaseguramiento ante la incertidumbre generalizada que trae la modernización. De este modo es posible llegar a un electorado trasversal, compuesto tanto por los precarios y los desclasados, los que pagan los costes de la globalización, como por las clases medias y altas, los que se benefician de ella y quieren seguir haciéndolo.

En una democracia berlusconiana, los ‘detalles’ de la vida privada del líder son secundarios. Lo importante es darse cuenta de que las condiciones de fondo que han hecho posible el berlusconismo no son exclusivamente locales. Y, por consiguiente, que no es descabellado imaginar una generalización de la extravagancia italiana. ¿Acaso hay alguna democracia que sea inmune a este virus?

Andrea Greppi, profesor de Filosofías de la Universidad Carlos III de Madrid.