Una apertura europea para el mundo árabe

Los pueblos de Túnez y Egipto han demostrado que la democracia en los países árabes no tiene por qué llegar a punta de fusiles occidentales. No obstante, si bien el impulso para el cambio democrático ha sido local y auténtico, no hay garantías de que habrá transiciones políticas exitosas: los gobiernos electos democráticamente se enfrentarán a los mismos problemas sociales y económicos que contribuyeron a la caída de los viejos regímenes –entre ellos, la necesidad de crear empleos y oportunidades para los jóvenes.

Esto será imposible sin apoyo externo. Dados los múltiples vínculos entre los países de la Unión Europea y la ribera meridional del Mediterráneo, Europa no debe desperdiciar esta oportunidad.

Hasta ahora, la UE ha ofrecido apoyar la democratización en Túnez y Egipto prestando ayuda para organizar elecciones libres y justas, establecer partidos políticos y reformar la policía, los tribunales y las administraciones locales. Pero ese apoyo político-administrativo no es suficiente, como tampoco lo es un programa de tipo Plan Marshall de grandes inversiones.

Esto no quiere decir que no se necesiten esos proyectos; en el sector de la energía renovable en particular hay grandes oportunidades para la cooperación. Europa necesita energía limpia y no podrá producir suficiente en su propio territorio. Los países de África del Norte también necesitan energía –en especial más electricidad y redes nuevas para apoyar el desarrollo urbano e industrial.

En efecto, la disponibilidad de energía eléctrica ininterrumpida es lo que distingue a, digamos, el taller de un zapatero y una fábrica de zapatos. Además, esos países tienen el ambiente más adecuado para la producción de energía térmica solar. Según algunos estudios optimistas, las plantas de energía térmica solar y de energía eólica en África del Norte podrían no sólo impulsar el crecimiento económico de la región sino también suministrar más del 15% de la electricidad de Europa para 2050. Obviamente, se deben alentar los acuerdos de cooperación y la inversión privada en este sector.

El problema es que esas inversiones únicamente dan resultados a mediano y largo plazo. No abordan los problemas sociales y económicos de hoy ni son un indicio de que Europa vaya a adoptar un nuevo enfoque de asociación con sus vecinos mediterráneos.

Los programas nuevos de la UE deberán tratar principalmente de fortalecer las capacidades específicas de Túnez, Egipto y otros países y buscar oportunidades que beneficien a ambos lados del Mediterráneo. La nueva vicepresidenta y alta representante para asuntos exteriores y política de seguridad, Catherine Ashton, ha propuesto una Asociación para la Democracia y la Prosperidad Compartida con el Mediterráneo Meridional que contiene múltiples medidas útiles, incluida la facilitación de visas para estudiantes, académicos y empresarios.

Pero para hacer que este programa sea más concreto, propongo ampliarlo con un “pacto para el empleo y la capacitación” entre la UE y los países árabes que opten por un camino hacia la transformación democrática.

Aunque Europa teme a la inmigración ilegal, necesita mano de obra extranjera por motivos demográficos –particularmente ingenieros, personal técnico, médicos y trabajadores en el ámbito de la atención a la salud. Túnez, Egipto y otros países del Mediterráneo meridional tienen una abundancia de jóvenes con grados académicos y sin empleo que frecuentemente también necesitan adquirir conocimientos prácticos. Esto es más urgente en el caso de los baby boomers del mundo árabe –aquellos que tienen entre 20 y 35 años. La generación siguiente ya es más pequeña.

Como medida práctica, la UE y sus Estados miembros deberían ofrecer anualmente 30,000 visas y permisos de trabajo para los estudiantes graduados de los países mediterráneos. Dicho programa incluiría, primero, prácticas profesionales en empresas europeas, seguidas de la oportunidad de trabajar en Europa durante 5 a 8 años. Al final de ese periodo, los participantes obtendrían créditos blandos de bancos de desarrollo europeos para fundar empresas con el fin de crear empleo en sus países de origen.

Dicho programa estaría diseñado para un periodo mínimo de 15 años y sería en sí mismo una fuerte señal. Mostraría a los jóvenes de Túnez, Egipto y otros países en transformación que hay opciones distintas a abordar un barco con destino a la isla italiana de Lampedusa. Sería un verdadero incentivo para que terminen su educación universitaria (de hecho, debería fortalecerse con inversiones en escuelas de vocacionales, bachilleratos de educación técnica y universidades en África del Norte y el Medio Oriente.)

Una vez en marcha, el pacto laboral ayudaría a cambiar las actitudes hacia los inmigrantes árabes en Europa –y la imagen de Europa en el Mediterráneo meridional. Probablemente crearía vínculos duraderos entre los pueblos y las economías. Además, abordaría las necesidades reales de los países de esa región del Mediterráneo –con la mejora de las competencias profesionales, la reducción de la presión en el mercado local laboral, la creación de empresas y empleos- así como de Europa.

Hay quienes desaconsejan los programas de migración “temporal” o “circular”. Con seguridad, algunos de los que se beneficien querrán quedarse. Sin embargo, si bien esta “carga” podría de hecho favorecer a los países europeos cuya población está envejeciendo, el riesgo es relativamente bajo para empezar: los países árabes que participen en ese pacto estarán mejor gobernados de lo que estuvieron con regímenes anteriores. Si se convierten en democracias consolidadas, como se espera, los futuros empresarios podrían dejar de preocuparse tanto por la corrupción oficial. Además, los préstamos de Europa para establecer empresas facilitarían en mucho que esas personas regresaran a su país en busca de oportunidades.

Tiene que informarse al público europeo y a los pueblos de Túnez, Egipto y otros países árabes sobre dicho enfoque. Revertiría el patrón en el que Europa depende de los regímenes represivos para su suministro de gas y petróleo y  al mismo tiempo cuida sus fronteras de los migrantes. Finalmente, la riqueza demográfica de estos países se usaría para atender sus necesidades de desarrollo.

Por Volker Perthes, director del Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad (SWP) de Berlín. Traducción de Kena Nequiz.

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