Una Argentina sin partidos

Por Nicolás Patrici, Universidad de Buenos Aires (LA VANGUARDIA, 14/10/07):

El próximo 28 de octubre se celebrarán en Argentina elecciones presidenciales. El observador que se pregunte por el panorama electoral argentino se encontrará con una dificultad: percibirá que la competencia electoral está más signada por la existencia de candidatos que crean sus propios partidos que por partidos que presentan a sus candidatos. Detectará que los candidatos en carrera o bien pertenecieron al mismo partido o bien alguna vez compartieron filas en el mismo gobierno. El observador se preguntará rápidamente: ¿Existe en Argentina pluripartidismo? La pregunta dejará espacio al fantasma conceptual del peronismo y se reconfigurará: ¿Es la competencia electoral argentina una competencia entre candidatos que se dicen de sí mismos peronistas? ¿Es el peronismo una identidad transversal que interpela a toda la esfera electoral?

Vayamos por partes. Luego de la crisis política e institucional del año 2001, el sistema político argentino sufrió una reconfiguración drástica. El ya por entonces poco claro modelo de partidos terminó por quebrarse. La caída del gobierno de Fernando de la Rúa en diciembre del 2001 supuso la quiebra del partido radical argentino, que históricamente había representado al típico partido de masas. La ruptura del radicalismo supuso la aparición dispersa de una serie de candidatos dispuestos a construir espacios políticos alternativos. Por su parte, el Partido Justicialista no fue tampoco inmune a la crisis institucional de esos años. Sin embargo, dado que su estructura interna siempre estuvo caracterizada por la flexibilidad y el pragmatismo, logró superar la crisis, aunque abandonando su existencia como partido clásico.

La elección del presidente Kirchner en el año 2003 es quizás el mejor ejemplo. Aquella elección se dirimió en una segunda vuelta en la que compitieron el mismo Kirchner y el ex presidente Menem. Ambos candidatos, de tradición peronista. Ambos candidatos llegaron sin apoyarse en la estructura de legitimidad clásica de las elecciones internas de su partido. Más aún, Kirchner no construyó su legitimidad sobre la base de los votantes del Partido Justicialista, sino por medio de un juego de alianzas transversales que le permitieron construir una legitimidad postelectoral.

Las elecciones presidenciales que se acercan, pese a no tener sobre sus espaldas la espada de Damocles que supuso aquella crisis, vuelven a plantearse como representación de una democracia pospartidaria.

El proceso es complejo y supone la culminación de una transformación profunda en la lógica de la representación política que no sólo se manifestó en Argentina. El caso argentino es un ejemplo – quizás el más claro- de la transformación en la lógica de la representación política y del liderazgo democrático de nuestro tiempo, tal como muestran los casos de Francia e Italia, por no nombrar a otras democracias latinoamericanas. Una lógica que avanza desde la clásica democracia de partidos a la democracia de audiencia. Esta última, signada por la existencia de líderes de audiencias que utilizan a los partidos como instrumentos y se mueven en un espacio difuso de generación de apoyos heterogéneos. No escapan a ésta lógica el mismo Kirchner y su esposa y posible sucesora, Cristina Fernández de Kirchner. Tampoco escapan sus competidores, Ricardo López Murphy, Elisa Carrió y Roberto Lavagna. Los cuatro principales candidatos presentan sus proyectos por fuera de la tradicional estructura partidaria, aunque, si fuera conveniente, pueden competir por apoyarse sobre las ruinosas estructuras de sus partidos de origen.

Se trata de la aparición de liderazgos que compiten por la atracción de la audiencia presente en el espacio público. Sus programas exceden a los clásicos programas partidarios y sus candidaturas están signadas por su posicionamiento en las encuestas de opinión. Los partidos políticos se convierten en estructuras difusas, gelatinosas y no protagonistas de las elecciones.

Queda claro ya que el peronismo no es ni un partido único ni una identidad política compartida por todos que anula la diferencia, sino que es simplemente, a mi modo de ver, un recurso retórico que implica una serie de aparatos y símbolos que, en caso de ser útiles, son usados por cualquier candidato que se llame a sí mismo justicialista. De la misma manera que los recursos simbólicos y estructurales de la Unión Cívica Radical se los apropia cualquier candidato que se diga proveniente de esa religión.

La democracia argentina no es otra cosa que una democracia que ha dejado atrás la lógica partidaria de corte tradicional. Una democracia en la que compiten líderes de audiencia que construyen su legitimidad sobre la base de la opinión pública y que utilizan pragmáticamente la estructura y el simbolismo de los viejos partidos. Líderes más preocupados por las encuestas de opinión que por los rígidos programas partidarios. Claramente, las elecciones del 28 de octubre serán una nueva representación de la democracia pospartidaria.