Una asociación fracturada

La asociación estratégica entre Estados Unidos e Israel no se parece a ninguna otra. Normalmente, cuando una gran potencia aporta su protección y garantías estratégicas – sin hablar de una ingente ayuda financiera-a un país más débil, se supone que este queda obligado a satisfacer las exigencias de su protector. Durante la guerra fría, hubiera sido imposible para Alemania desobedecer las directivas de Washington sobre cuestiones esenciales. Los alemanes tenían miedo de que se debilitara el paraguas estratégico americano contra la Unión Soviética. Actualmente, puede decirse lo mismo sobre Japón. Cualesquiera que sean las diferencias de puntos de vista entre Tokio y Washington, Japón siempre acabará siguiendo el camino indicado por Estados Unidos, sin poder permitirse el menor desvío que supondría una erosión de la garantía militar americana.

Las relaciones entre Tel Aviv y Washington no siguen esta regla general. Cuando se produce un desacuerdo entre Estados Unidos e Israel, la mayoría de ocasiones son los norteamericanos quienes renuncian a su posición inicial y no Israel. Este pequeño estado parece ser más fuerte en sus relaciones bilaterales que su socio hiperpoderoso. Un experto británico incluso ha escrito, tras la guerra de Iraq, que la “relación especial”, divisa de la diplomacia inglesa, está en retroceso, puesto que el Reino Unido ha perdido toda posibilidad de influir en las decisiones estratégicas norteamericanas. Esta capacidad parece tenerla sólo Israel. Las razones profundas de esta tendencia general son a la vez de índole histórica y política. Pero estas últimas nunca habían sido tan fuertes como durante la presidencia de George W. Bush, especialmente durante la guerra de Gaza, justo al final de su segundo mandato, y como revela esta anécdota. El primer ministro Ehud Olmert intenta contactar con el presidente estadounidense por teléfono. El equipo de Bush responde que no puede ponerse porque está a punto de pronunciar un discurso oficial. Olmert entra en cólera y entonces Bush interrumpe su discurso para ponerse al aparato. Olmert le pide que cambie inmediatamente el voto estadounidense en el Consejo de Seguridad de la ONU respecto a Gaza. Y Bush acepta.

Pero las cosas pueden cambiar en un próximo futuro. Las tensiones entre Tel Aviv y Washington se cruzan y Barack Obama no parece dispuesto a aceptar obedecer sistemáticamente las exigencias de Israel. De hecho, las agendas diplomáticas respectivas de Estados Unidos y de Israel son bastante distintas, incluso opuestas en cierta medida. Por otro lado, el hecho de que el Gobierno actual de Israel sea el más de derechas de la historia del país no arregla las cosas.

La prioridad estratégica de Obama es suavizar las relaciones entre Estados Unidos y el mundo musulmán. Pero para ello sabe que hacen falta más que discursos simpáticos sobre el diálogo entre civilizaciones, el elogio del carácter pacífico del islam y las sonrisas dirigidas a los árabes. Si no alcanza un progreso real sobre el conflicto israelí-palestino, con aportaciones directas y no sólo perspectivas vagas a largo plazo, su credibilidad y su popularidad – actualmente en su apogeo-irán desapareciendo progresivamente. Aunque incluso el anterior gobierno israelí no tomó ninguna medida concreta en la búsqueda de una solución duradera, es la primera vez desde hace 16 años que está en el poder un gabinete que incluso reniega del principio de un Estado palestino. Es un gran paso atrás.

Otra diferencia entre los dos países concierne a Irán. El Gobierno israelí – en parte porque lo piensa y en parte por una opción táctica para crear un tema central que no sea el dossier palestino-presenta el programa nuclear iraní como la principal amenaza contra la seguridad mundial e intenta que se acepte la idea según la cual una guerra para impedir que Irán fabrique armas nucleares sería menos dañina que si este las obtuviera. Israel presiona para una intervención militar para destruir las capacidades nucleares iraníes.

Pero Obama le da poco crédito. En primer lugar sabe que no puede permitirse lanzar una nueva guerra en esta región, que se añadiría a las de Afganistán y de Iraq. También sabe que una operación así tendría efectos secundarios estratégicos catastróficos, habida cuenta de la reciente guerra de Gaza, de la ausencia de una solución a la vista para Iraq y Afganistán y de la situación cada vez más preocupante en Pakistán. En tercer lugar, Obama piensa que Irán puede aceptar más fácilmente detener su programa nuclear mediante negociaciones y obteniendo compensaciones que por un bombardeo militar. Y, por último, pero no menor, necesita la actitud conciliadora de Teherán para poder obtener soluciones satisfactorias en Iraq y Afganistán.

Por tanto, una fosa se está abriendo entre las prioridades estratégicas de Estados Unidos y de Israel, y Tel Aviv puede estar muy equivocado si piensa que sus puntos de vista van a triunfar nuevamente.

Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París.