Una atmósfera falta de moralidad

Por Mijaíl Gorbachov, ex presidente de la URSS y premio Nobel de la Paz en 1980. © 2007 Mijaíl Gorbachov. Distribuido por New York Times Syndicate. Traducción: Toni Tobella (EL PERIÓDICO, 07/10/07):

El verano suele ser un tiempo dado a la somnolencia, incluso en el mundo de la política interior y global. Pero este año no ha sido así ni por asomo. Flotaba en el ambiente una sensación de alarma mientras veíamos a los líderes políticos convocados de urgencia a apaciguar crisis en Irak, Afganistán y Kosovo, que no muestran señal alguna de estar cerca de la resolución, y la crisis hipotecaria de algunos bancos nos recordaba también la fragilidad del sistema financiero.
En este mundo de problemas aplazados, de promesas incumplidas y de conflictos congelados, cada vez está más claro que somos demasiado lentos para adaptarnos a las realidades de la interdependencia global. Entre los muchos actores en la arena mundial, incluidas las empresas multinacionales, instituciones internacionales y organizaciones no gubernamentales, son los estados –los gobiernos de las naciones soberanas– los que cargan con la mayor responsabilidad, tanto de los problemas como de las soluciones. Y aun así, su actitud ha constituido la mayor decepción, volviendo a los patrones militaristas de antaño.
Necesitamos una visión común sobre cómo afrontar los retos políticos, económicos y medioambientales del mundo de hoy. Pero es difícil fomentar esa unidad en medio de una atmósfera política falta de moralidad.
Dejen que les recuerde un ejemplo de esa enfermedad crónica, de esa falta de moralidad en la política. El año 2000, la Asamblea General de las Naciones Unidas acordó los ocho objetivos del milenio para el desarrollo, un anteproyecto que intentaba asegurar un mínimo de dignidad para los más pobres del mundo. Entre otras cosas, la comunidad internacional se comprometió para el 2015 a reducir a la mitad la proporción de gente con unos ingresos diarios inferiores a un dólar y que pasa hambre; a reducir en dos tercios el índice de mortalidad entre los niños menores de cinco años; y a reducir a la mitad la proporción de gente sin acceso a agua potable segura.

UNA CUMBRE DE las Naciones Unidas en el 2005 llegó a la conclusión de que los avances en la puesta en práctica de estos objetivos era insatisfactorio. Hoy, a mitad ya del camino hacia el 2015, un nuevo informe de las Naciones Unidas avisa de que el éxito no es posible si los países desarrollados incumplen sus compromisos de ayuda. Ni un solo dirigente de las grandes naciones mundiales ha reaccionado ante este informe.
No deja de ser irónico que las organizaciones no gubernamentales hayan hecho más por el medio ambiente y por los más pobres del mundo que los gobiernos, que parecen ir a la deriva, sin visión ni sentido de la responsabilidad. Solo un auténtico liderazgo podría cambiar esto. Muchos países acaban de celebrar elecciones o las celebrarán muy pronto, y sube una nueva generación de líderes políticos. Ellos tienen la oportunidad, y deben aprovecharla, de hacerlo mucho mejor que sus predecesores.
Observo tres razones principales detrás de esta crisis de moralidad en la política. La primera es que la globalización ha sido un proceso espontáneo y ciego que ha beneficiado más a los que ya estaban bien cuando comenzó. La segunda es el cambio de las élites políticas en los 90 y el fracaso de los nuevos líderes por dominar y gestionar ese proceso. Y, por supuesto, la partición de la Unión Soviética, que derrumbó uno de los pilares del orden mundial.
Por encima de todo, la crisis actual en asuntos mundiales es de confianza. La desconfianza creciente y las mutuas sospechas entre los grandes actores en al arena mundial –Estados Unidos, la Unión Europea, China, Rusia y las naciones del tercer mundo– son demasiado evidentes. Y sin confianza, la política se convierte en una peligrosa guerra de todos contra todos, como afirmó Hobbes.
La confianza fue un requisito indispensable para acabar con la guerra fría y la carrera armamentista nuclear. La Unión Soviética dio el primer paso, pero Occidente, y particularmente nuestros socios norteamericanos, también pavimentaron el trecho que les tocaba: desde la confrontación con un imperio malvado al reconocimiento del presidente Reagan en 1988 de que dicha caracterización era cosa del pasado. En la cumbre de Malta de 1989, el primer presidente Bush y yo afirmamos que nuestros respectivos países ya no se consideraban enemigos. Eso llevó al decomiso y desmantelamiento de millares de misiles, tanques y piezas de artillería, así como a introducir recortes en los presupuestos militares.

PERO HOY, tanto en Rusia como en Estados Unidos, muchos políticos y comentaristas afirman que lo que llevó al final de la guerra fría no fue la confianza, sino el engaño, que el fin de la guerra fría no fue una victoria común. Más bien, que un bando fue más listo que el otro y logró una victoria que ahora le da derecho a hacer lo que se le antoja. También hemos oído decir que la ruptura de la Unión Soviética fue hábilmente diseñada por Occidente. En resumen, ¿está la política internacional condenada a ser un juego que siempre suma cero, en el que un bando engaña al otro? Esto es un espejismo de los que están deslumbrados por el poder, y es tan peligroso como irresponsable.
No debemos permitir que se olvide ni se distorsione el legado de finales de los 80. En aquellos años, los dirigentes de la Unión Soviética y de los países occidentales dieron importantes pasos adelante porque buscaron reconocer los intereses y preocupaciones legítimas de cada uno. Acuerdos para la reducción de armamento, la retirada de Afganistán y facilitar la pacífica unificación de Alemania tenían ciertamente interés para nuestro país, pero la otra parte y el mundo en general también se han beneficiado al dejar de estar al borde del precipicio.
A la declaración conjunta en la cumbre de Ginebra de 1985, en la que se especificaba que la Unión Soviética y Estados Unidos no buscarían la superioridad militar del uno sobre el otro, siguieron una serie de acuerdos que reducían el arsenal nuclear estratégico, de alcance intermedio y táctico.
Como contraste, la estrategia de seguridad nacional adoptada por Estados Unidos el 2002 oficializa la marcha atrás de aquella política: Estados Unidos buscará la superioridad militar sobre cualquier enemigo potencial. Consolida también una visión desproporcionada de las necesidades de seguridad del país, apoyadas en el unilateralismo, el ataque preventivo y el desdén hacia los compromisos de control de armamento.
¿Cómo es posible que la lucha contra el terrorismo requiera la totalidad del espectro de armamento norteamericano, con la inclusión de los misiles intercontinentales modificados? ¿Por qué contrarrestar la aún hipotética amenaza de misiles iranís con sistemas de intercepción en Polonia y la República Checa? Y mientras avanza a toda velocidad este proyecto militar al margen de la opinión de la mayoría de ciudadanos en estos países, como resulta evidente en algunas encuestas, ha habido filtraciones que apuntan que Estados Unidos utilizará la fuerza militar para enfrentarse a Irán antes del final del 2008.
La misma sordera política y desprecio abierto por la opinión pública que culminó en el desastre aún visible de Irak. Con todo, debería quedar claro que están en juego no solo las relaciones de Estados Unidos con Rusia o Irán. Otros países, como por ejemplo China, India, Brasil y Suráfrica, también observan y sacan sus conclusiones de esta forma de actuar. Las políticas exteriores y de defensa de estas potencias emergentes quedarán seguramente afectadas si Estados Unidos mantiene su apuesta por el unilateralismo o, al contrario, por una cooperación multilateral a la hora de afrontar las crisis y los retos del mundo actual.
La lógica de la guerra geopolítica actual no tiene en consideración la complejidad del mundo real y podría conducir a una nueva espiral de desastres. Una política al estilo de Maquiavelo, ligada a la arrogancia del poder, es lo último que necesita el siglo XXI.