Una boda real: entre Westminster y Piccadilly Circus

La boda de Su Alteza Real el príncipe Guillermo con la hasta ese momento señorita Katte Middleton, y a partir de ahora Su Alteza Real la princesa Catalina, ha despertado el habitual revuelo en los medios de comunicación británicos e internacionales. Especialmente, y no tiene sentido ocultarlo, en la prensa del corazón; pero explicita simultáneamente, y además de forma más importante, muchos de los rasgos que refrendan la vigencia de la institución monárquica. Una condición, la de princesa, que ha de saber ser asumida tanto por la persona afectada, dada su ya especial dignidad, como por los ciudadanos, que no deben confundir la cercanía de la Corona con una vulgarización mal entendida. Y aquí el ejemplo a seguir está cercano: la reina Isabel II.

¿Qué implica institucionalmente el matrimonio? De entrada, y aunque estamos refiriéndonos al enlace del heredero del Heredero —su padre, el príncipe Carlos, y por tanto el presente príncipe de Gales—, y no del directo descendiente de la reina Isabel II, las ventajas de la sucesión automática, ordenada y sin sobresaltos en la transmisión del poder político en la máxima magistratura del Estado. La boda de los príncipes Guillermo y Catalina expresa de esta suerte la continuidad de la Monarquía británica, dificultando que pueda quedar vacante por un instante la titularidad futura de la Corona.

En segundo término, confirma a la Corona como el mejor referente aglutinador de la unidad jurídica y política en Gran Bretaña. En un país donde la expresión Estado (State) sigue siendo en muchos casos extraña, donde muchos delitos se imputan todavía como un quebrantamiento de lealtad al mismísimo rey, y hasta donde los barcos, los cañones y los aviones se atribuyen al monarca, la Corona (Crown) representa un centro referencial de imputación de los actos y decisiones más relevantes. La Corona que se ceñirá el príncipe Guillermo, pero en su día, se conforma, pues, como una entidad ideal de asignación de los más altos derechos y obligaciones. Nuestra Carta Magna de 1978 también resalta dicha caracterización, cuando señala que «el Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y perma- nencia…» (artículo 56. 1). En palabras de García Pelayo en su Curso de Derecho Constitucional Comparado, la Corona implica «la encarnación de la unidad y existencia política del pueblo, la cual, a su vez, es el supuesto de la constitución no solo del Reino Unido, sino también de la Commonwealth. De aquí su significado como factor de integración política».

Y, finalmente, como corolario de lo anterior, la Corona aparece como una institución que, desprovista a lo largo de los siglos de efectivos poderes ejecutivos, legislativos y judiciales, es decir, careciendo de la potestas de las monarquías absolutas —aunque casi inexistente en Gran Bretaña— y constitucionales y limitadas del siglo XIX, goza sin embargo de una incuestionable auctoritas. Una caracterización que sitúa a la monarquía por encima de la refriega partidista, más allá de las disputas entre distintas banderías y facciones. La Corona se articula así, siguiendo la clásica concepción del denominado por Benjamin Constant «Poder neutral» en sus Principios de Política, en un Poder moderador au dessus de la melée. «El rey reina —se afirma—, pero no gobierna». Sir Walter Bagehot lo sintetizaba en el siglo XIX en The English Constitution: al monarca le queda hoy animar, aconsejar y advertir. El príncipe, y en su día futuro rey Guillermo, no entrará en el cotidiano juego político de unos y de otros, ni de liberales, ni de conservadores, ni de laboristas ni de socialdemócratas, sino de todos y cada uno de sus conciudadanos. Esta es su justificación última, la grandeza de su cometido y la responsabilidad de su ejercicio. De aquí la preeminencia de la Corona, aun habiendo sido despojada de sus antiguas prerrogativas de gobierno directo e interviniente. «La prerrogativa —reseña Dicey en su Introduction to the Study of the Constitution— es el residuo de la autoridad discrecional o arbitral, que en un tiempo dado estaba jurídicamente en manos de la Corona». Es justamente esta neutralidad la que explica su pervivencia más allá de los puntuales estados de ánimo de la opinión pública, de los impenitentes cambios de gobierno en Downing Streety de las necesarias reformas constitucionales.

Pero, además de las antedichas sesudas consideraciones político-jurídicas, la boda real manifiesta, como hemos tenido ocasión de ver, la sintonía entre dos realidades que no tienen que verse como antagónicas, como sucede en ocasiones por estas tierras: la tradición y la modernidad, la modernidad y la tradición. Ya lo apuntaba Eugenio D´Ors: «Lo que no es tradición es plagio». Algo que sabe y valora el pueblo británico, volcado con una monarquía que asimismo cuidan escrupulosamente sus distintos poderes públicos. Todos sus ciudadanos, cualesquiera que sean sus gustos, tienen en ella cabida. Bajo el paraguas común de la defensa de la tradición y el empuje de la modernidad, encuentran acomodo las más variadas opciones personales. Una monarquía que ampara a los hechizados lectores por los dramas de Shakespeare —¡quién mejor que el Bardo de Avon para acercarnos a Macbeth, rey de Escocia, a Enrique IV, Enrique V, Enrique VI, Ricardo II o el terrible Ricardo III!—, las narraciones de Stevenson, las aventuras de Conan Doyle y Agatha Christie, los cuentos de Shelley, el costumbrismo de Chesterton y el magisterio de Dickens, pero también a la desafiante Virginia Woolf y a la legión de seguidores de los actualísimos best sellersde J. K. Rowling y de Ken Follett.

Una monarquía que enlaza con los gustos aristocráticos de Reynolds, Gainsborough y Turner, pero donde hallan respaldo las intrigantes imágenes de David Hockney, las controvertidas creaciones de Damien Hirst y los grafittis de Banksy. Una monarquía que no renuncia a las maravillosas composiciones del nacionalizado Friedrich Händel —no es extraño que Stefan Zweig le dedicara unas bellísimas páginas dentro de sus «Momentos estelares de la Humanidad»—, del organista Henry Purcell, de tradicionales compositores como Gustav Holst y Edward William Elgar, pasando por el compositor de películas John Barry —¡nadie más británico que James Bond!—, para llegar a los Beatles —mi hijo Pepe, que es muy «british», me apunta que la canción predilecta del príncipe Guillermo es «Yesterday»—, a los Rolling Stones, a Queen, a Rod Stewart, a las Spice Girls, a Coldplay o a Muse. Una monarquía representada hoy, singularmente, por los príncipes Guillermo y Catalina, que sigue rememorando a sus actores más emblemáticos, como los Chaplin, Olivier, Hopkins, Helen Mirren —recuerden la película «The Queen»— y Emma Thompson, hasta el recientemente galardonado Colin Firth en su «The King´s Speech», y a los Hugh Grant, Sadie Frost, Minnie Driver, Kate Winslet…

Una monarquía que mantiene, en suma, la tradición del Palacio de Buckingham y de la Abadía de Westminster, pero que gusta de pasear por Piccadilly Circus y Notting Hill. Lo dicho, una monarquía respetada y querida por su pueblo, donde conviven la mejor tradición y la rabiosa modernidad.

Por Pedro González-Trevijano, rector de la Universidad Rey Juan Carlos.

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