Una cabeza, pero muchas hidras terroristas

La muerte DE Osama Bin Laden es una excelente noticia. El mundo queda libre de unos de los más bárbaros, crueles y exhibicionistas criminales de su reciente Historia, de un terrorista que apuntaba maneras desde temprana edad (aunque ciertos analistas exageran ahora esos indicios).

Osama, uno de los 53 hijos del jefe del clan Bin Laden, pertenecía a una de las familias más ricas de Arabia Saudí, aunque la saga era de origen yemení. En la universidad conoció a varios personajes determinantes en su vida de terrorista, como el islamista ultrarradical Mohamed Quttub, profesor de estudios islámicos y hermano de ideólogo principal del islamismo radical moderno, Sayid Quttub, venerado por islamistas de todo color, incluso por el imam Jomeini. Mohamed Quttub era, además, maestro de otro personaje que sería determinante en Al Qaeda y que se acabaría convirtiéndose en su número dos: Ayman Al Zawahiri, el monstruoso médico egipcio, compañero de crímenes de Bin Laden.

Osama también conoció en su etapa académica a Abdallah Azzam, profesor en la Universidad Rey Abdelaziz de Jeda. Azzam, fanáticamente radical, fue el fundador de la organización predecesora de Al Qaeda, la MAK. Azzam convencería a Osama de unirse a la yihad contra los soviéticos en Afganistán, si bien sus oficinas estaban en Peshawar, en el norte de Pakistán. En esos momentos todas las organizaciones que luchaban contra los soviéticos estaban bien vistas por Estados Unidos, que no hacía distinción entre la MAK de Azzam y Bin Laden, los talibán o la Alianza Norte de Afganistán del pastún antitalibán Shah Massoud.

Tras el asesinato de Azzam en 1989, seguramente por orden de Zawahiri y de otro de los cerebros del 11-S, Mohamed Attef, Al Qaeda vio finalmente la luz, pasando de Pakistán y Afganistán a Sudán, donde fue acogida por el líder del Frente Nacional Islámico, Hassan Al Tourabi, devoto seguidor de Sayid Quttub y amigo de Jomeini. Nada era casualidad.

La presión internacional y la llegada al poder de los talibán llevaron a Bin Laden a Afganistán, donde Al Qaeda y Estado se confundían. Algunos advertimos del riesgo que representaba este megaterrorista desde 1995.

Bin Laden construyó una densa red terrorista de naturaleza mixta, una cúpula de corte clásico, por llamarlo de alguna manera, con un jefe, un número dos, un consejo consultivo y cuatro comités: el militar, el religioso -léase ideológico-, el económico y el de información -es decir, propagandístico-. A ello se añadía una red de campamentos propios, una red terrorista propia y necesariamente pequeña con la que perpetraron los atentados del 11-S.

Hoy, según calcula el experto Fawaz Gerges, esa red propia no cuenta con muchos más de 200 terroristas. En mi opinión, si se suman las células propias (que alguna tiene) en el Sahel, esa cifra puede ser algo mayor.

Lo cierto es que la organización se valió de las famosas franquicias de las que tanto hablan los analistas y de muchas células, grupos y hasta individuos simplemente inspirados por Bin Laden y su red, pero sin vinculaciones operativas directas con ella. Sus dos franquicias más activas y temidas son Al Qaeda en el Magreb Islámico, que se ha instalado de manera muy sólida en el Sahel, y que está liderada por el argelino Abdelmalik Droukdel, alias Abu Mussab Abdelwadub. La otra es Al Qaeda en la Península Arábiga, cuyo líder más conocido, Mohamed Abdallah Mauda, está en prisión en Yemen. Otro de sus principales líderes es un estadounidense de Nuevo México rebautizado como Anwar al Awlaki.

La siniestra contabilidad de Al Qaeda es terrorífica: al menos 124 atentados (110 de ellos en países musulmanes), 8.474 asesinatos y nada menos que 15.000 heridos. Nadie puede negar que Bin Laden se trataba de un monstruo líder de monstruos.

Los yihadistas son el enemigo común de todos, pero el número de víctimas musulmanas supera las de cualquier otro origen o religión, confirmando que el peor enemigo del islam es el terrorismo yihadista y la ideología que lo alimenta, el islamismo radical. Por ello no sorprende nada que organizaciones islamistas que dicen no compartir sus métodos violentos hayan vaticinado que Al Qaeda será sucedida por otras redes, justificando su existencia y acciones de manera más o menos velada, como ya ha hecho Jamil Abu Bakr, portavoz de los Musulmanes de Jordania. Hamas ha condenado «el asesinato» de Bin Laden, lo que no deja de ser tan repugnante como natural viniendo de quienes son considerados como terroristas por EEUU y están en la lista europea de organizaciones terroristas.

La muerte del líder de Al Qaeda entraña consecuencias que no pueden ignorarse. Ya circulan por los foros islamistas en internet toda clase de alabanzas a Bin Laden y apologías de su trayectoria terrorista, a la que se denomina como lucha contra ateos y apóstatas. Los occidentales hemos pasado de infieles a ateos. Los musulmanes moderados son para ellos apóstatas cuyo asesinato es obligado. En esos foros se habla ya de Bin Laden como mártir; se asegura que su mensaje y su lucha no han muerto y que «su asesinato será vengado». Muchos vaticinan unos meses peligrosos y calientes, pues los yihadistas van a hacer todo lo posible para dar respuesta a lo que es, sin duda, un gran derrota para ellos. Bajar la guardia o caer en el triunfalismo sería una gravísima irresponsabilidad en estos momentos.

Durante demasiado tiempo el mundo entero, pero especialmente Occidente, ha estado obsesionado con Osama Bin Laden y Al Qaeda. Con toda razón. Pero esos terribles árboles no nos permitían ver el bosque de la ideología islamista radical, que es el combustible permanente combustible del terrorismo yihadista.

Además de prevenir atentados, combatir las células y reprimir a los terroristas, tenemos que ponernos urgentemente a la tarea de derrotar a la ideología que los alimenta, en una lucha que se prevé a medio y largo plazo. El terrorismo islamista se compone de muchas y terribles hidras; y Bin Laden sólo era la cabeza más emblemática y simbólica, un líder que, aunque todavía venerado ciegamente por sus seguidores y simpatizantes, había sufrido un serio desgaste en las capas más ultraconservadoras de las sociedades islámicas. La reputación de Bin Laden se había erosionado incluso entre aquellos que, al principio de su andadura terrorista, lo consideraban como un héroe en la lucha desigual -algún intelectual la llamó asimétrica- contra Occidente.

Tras la muerte de Bin Laden quedan aún miles de terroristas en el mundo, algunos sorprendidos y abatidos por lo que llegaron a creer que ya nunca ocurriría: el fallecimiento de su admirado megaterrorista. Son todavía centenares de miles los que piensan como Bin Laden y no sólo no condenan su barbarie, sino que la jalean, aplauden y elogian. Pongan buena atención a lo que digan a partir de ahora ciertas organizaciones e individuos, porque ellos mismos van a retratarse. Cabe recordar que en los últimos días se ha producido un terrible atentado en Marraquech, con 16 muertos y más de 20 heridos, o que en Alemania se ha detenido a unos terroristas con importantes cantidades de explosivos listos para ser usados. Todo esto antes de la muerte de Bin Laden, cuya importancia operativa y cuya red -más preocupada por escapar a la detención y la muerte- había asumido un papel más testimonial que real, sin tiempo para planificar atentados. Estaban debilitados, aunque conservaban la capacidad de inspirar y encargar operaciones. Lo que queda ahora es una pléyade de terroristas encolerizados, con su odio renovado e intensificado.

Podemos concluir que la muerte de Bin Laden es una importante victoria en la larga lucha contra el terrorismo. Hay que felicitar a los servicios de inteligencia de EEUU y a sus NAVY SEAL por una operación impecable desde el punto de vista de la investigación y de la ejecución.

Hay quienes afirman, demasiado frívolamente, que como Europa no ha participado en la operación en la ciudad de Abbottabad, los riesgos colaterales se concentran en EEUU y sus intereses internacionales, que por cierto se encuentra en estado de máxima alerta antiterrorista. Ninguno de los objetivos habituales del terrorismo yihadista ha desaparecido de su lista. El terrorismo no es como el rayo que no golpea dos veces en el mismo lugar. Es tenaz y busca siempre el punto más emblemático, la máxima publicidad e impacto, busca el eslabón más débil, y socavar a quienes considera sus enemigos jurados, y eso somos todos los que no nos sometemos a su sanguinario dictado.

Por Gustavo de Arístegui, portavoz de Exteriores del Grupo Popular en el Congreso.

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