Una ‘caja de cerillas’ singular

Por Fred Halliday, profesor visitante del Institut Barcelona d´Estudis Internacionals (IBEI) y profesor de la London School of Economics. Autor de Revolución y política mundial: auge y caída de la sexta gran potencia (Palgrave, 1999) Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 14/05/07):

Doha, capital de Qatar, el pequeño país del Golfo (con una población adulta de alrededor de 80.000 habitantes) fue en su día capital del más retrógrado de los pequeños estados de la región entonces bajo mandato británico. Pero las cosas han cambiado. El dirigente Amir – gobernante astuto y ambicioso- llegó al poder tras deponer a su padre (que vive actualmente en el exilio en una extensa propiedad en el sur de Inglaterra), que a su vez había hecho lo propio. El país, que posee alrededor de un 15% del gas mundial, registra actualmente los ingresos per cápita más altos del planeta (70.000 dólares) y su capital es una bulliciosa urbe jalonada de rascacielos y autopistas ribereñas. A escasos minutos del centro y tras la caseta del guarda con su soñoliento agente de rigor, se accede a un par de edificios, uno de los cuales aloja los estudios en lengua árabe de la cadena televisiva Al Yazira, que dio comienzo a sus emisiones en 1995, y su simétrico y más reciente, los estudios de la misma cadena en lengua inglesa. A primera vista, se trata de un complejo anodino, como el de cualquier otra cadena televisiva del mundo. Cuando el presidente egipcio Hosni Mubaraq – diana frecuente de sus ataques- visitó la sede de la cadena por sorpresa, se le oyó mascullar: “¡Y tanto lío por una caja de cerillas!”.

Aunque se venían anunciando hace años sus emisiones en inglés, lo cierto es que su inicio se retrasó más de lo previsto. Sin embargo, sus diferencias de enfoque con relación a las principales cadenas occidentales son evidentes: una mañana de febrero normal y corriente, en tanto la CNN arrancó con la noticia del despliegue en abanico de las tropas estadounidenses en Bagdad para establecer zonas de seguridad, Al Yazira en inglés ofreció una crónica sobre la pérdida de soldados estadounidenses en el curso de una batalla y el derribo de un helicóptero por parte de la oposición iraquí. Este último episodio se ilustraba con imágenes de un helicóptero cayendo en barrena.

La cadena sigue emitiendo debates estrella con su característica combinación de animadas discusiones y retórica exagerada, si no de signo conspiratorio, aspecto por lo demás del que yo mismo soy plenamente consciente por mi participación en sus programas. Sin embargo, debe añadirse que buena parte de los periodistas más veteranos y de talante laico y otros redactores de la plantilla se han visto apartados: una ojeada basta para distinguir más redactores barbudos en la redacción. Quienes trabajan en las dependencias de los estudios en árabe rezan habitualmente sus plegarias. A lo largo de los últimos dos o tres años ha aumentado la influencia de jefes de producción y periodistas islamistas procedentes de Egipto y el norte de África. Factor que se atribuye en buena parte a la influencia del director ejecutivo de la cadena desde el 2003, Wadah Janfar, un islamista palestino. En calidad de corresponsal había provocado las iras del gobierno de Sadam Husein en el 2003, que le amenazó con la horca por las aceradas crónicas que enviaba desde las regiones kurdas del norte de Iraq. Su tarea estriba ahora en situar a Al Yazira en la órbita de la nueva tendencia militante, nacionalista e islamista vigente en la región.

El éxito de Al Yazira es indiscutible. Se ha convertido en la cadena televisiva más popular del mundo árabe: se dijo en su día que las parabólicas en el norte de África estaban orientadas en dirección a Europa. Actualmente, lo están hacia el Golfo. Cualquiera que haya visto el inexpresivo, censurado y aburrido pienso que sirven las cadenas árabes convencionales entenderá por qué este vivaz e informativo canal cala tan bien en la audiencia. Como la guerra de Kuwait de 1991 hizo a la CNN- que emitía en vivo y en directo desde Bagdad y fue atacada por la corriente conservadora estadounidense motejándola de cadena de los cobardicas-,también Al Yazira se labró una reputación al emitir en vivo y en directo desde los conflictos de Afganistán e Iraq, en momentos de crisis y buenas oportunidades para los medios de comunicación: una reputación merecida por el profesionalismo y la valentía de sus corresponsales y equipos.

Por otra parte, lo cierto es que Al Yazira, por popular y polémica que pueda ser, no se ha librado de cierta connotación benévola e indulgente que a veces llegan a mitificar algunos comentaristas occidentales desconocedores del árabe y del contexto político y regional de esta cadena de televisión. En primer lugar, Al Yazira, por innovadora y ágil que sea según los parámetros del mundo árabe, no es una cadena independiente ni un catálogo o compendio de una nueva sociedad civil en el seno del mundo árabe. Al Yazira, como cualquier otra televisión vía satélite del Golfo, sigue siendo propiedad, en definitiva, de un potentado, de tal forma que en ello no se diferencia de otras muchas cadenas del mundo. Es el brazo de un Estado, en este caso Qatar, y funciona en función de la política exterior e interior de Qatar.

La función principal de Al Yazira es muy sencilla: incordiar a Arabia Saudí, cosa que logra con notable eficacia. En febrero consiguió un vídeo con imágenes de una pelea entre estudiantes y guardas de seguridad en una universidad saudí, que emitió reiteradamente. Dado el vínculo estatal que le condiciona, recibe generosas subvenciones y no hace públicos sus presupuestos; sus declaraciones en el sentido de que percibe ingresos por publicidad son papel mojado. En última instancia, su funcionamiento económico y su línea obedecen al dictado del emir de Qatar, transmitido a través del presidente del consejo de la cadena, el jeque Hamed bin Thamir al Thani.

El mencionado vínculo da cuenta asimismo de lo que Al Yazira puede y no puede decir. El Estado qatarí se halla empeñado en un complejo equilibrio: proporciona bases aéreas a las fuerzas norteamericanas – así como efectivos militares y servicios de inteligencia en su propio territorio- y mantiene relaciones diplomáticas con Israel mientras que, por otra parte, trata de satisfacer las aspiraciones y sentimientos nacionalistas y muy conservadores en términos religiosos de su pueblo. Tras la invasión de Iraq, el primer mandatario árabe en visitar Washington fue el emir de Qatar, a quien Bush agradeció su apoyo silencioso,así como el cumplimiento de sus (no especificadas) promesas. En relación con la dualidad que acabo de referir, el chiste que circula sobre Doha, que me contó un sardónico diplomático occidental, dice que cuando la fuerza aérea estadounidense decida bombardear los estudios de la cadena, despegará desde una parte de la ciudad… para lanzar sus bombas sobre la otra.

El mismo vínculo da cuenta también de las cuestiones sobre las que Al Yazira, pura y simplemente, no habla. Como el resto de los medios de comunicación del Golfo, incluida la apocada y pusilánime prensa en inglés, al Yazira se halla siempre presta a informar sobre acontecimientos distantes, pero no tanto sobre otros más próximos a menos que sirvan a los citados intereses estatales. Como me dijo un periodista extranjero que trabaja en la cadena, “¿a quién le importa en absoluto que aparte de los asuntos de que informamos no digamos una sola palabra del emir de Qatar?”. Escasa información tendrán los televidentes sobre temas como el trato a los inmigrantes en Qatar, la marcha económica del país, los motivos de la destitución de un ministro o el despido hace dos años del príncipe heredero, el jeque Jasim, y su sustitución por un hermano menor (tema con relación al cual los británicos podrían aprender alguna lección).

Nadie investiga la corrupción ni la viabilidad de los numerosos proyectos grandiosos e imponentes en que se halla empeñado el Gobierno y que le imponen asesores extranjeros (incluso en el campo de la educación y la formación) faltos de escrúpulos. Existe una regla bien conocida relativa a la historia económica y social que dice que donde se registra un amplio flujo de riqueza no ganada con el propio trabajo, desde el caso de España en el siglo XVII a los de Nigeria y Venezuela en la actualidad, hay corrupción y tejemanejes entre las elites dominantes: es moneda corriente que Qatar dispone de tal alforja.

Al Yazira ha propiciado, además, un mito aún más amplio si cabe al que por cierto parecen adherirse tanto la cadena como sus oponentes y que consiste en decir que junto a las guerras reales se libra – en ocasiones igualmente importante- la guerra de los medios de comunicación o de la información.Sin embargo, tal pretensión es esencialmente errónea por una sencilla razón: el problema de la política estadounidense no estriba en que se haya vestido o justificado inadecuadamente en estudios de televisión, sino en que es equivocada y profundamente ofensiva en sí misma para buena parte de la población de Oriente Medio. Y este problema no lo pueden solucionar campañas en relaciones públicas, filtraciones a la prensa o entrevistas en horas de máxima audiencia.

Como cualquier otra cadena de televisión, Al Yazira afronta el desafío de mantenerse en primera línea, sobre todo en su caso en un panorama dominado por la rivalidad de los grupos internacionales de comunicación e internet. En el caso de esta cadena árabe, no debería resultar mayor problema a la larga teniendo en cuenta el elevado nivel de censura y sosos programas que coartan el progreso de otras cadenas. Al Yazira en árabe cataliza, además, la actual irritación del mundo árabe, subsiguiente al desastre de Iraq. A este respecto, desde luego, se verá ayudada por los errores y meteduras de pata de Occidente y sus aliados en Oriente Medio. En fin, da la sensación de que, salvo imprevistos importantes, esta caja de cerillas seguirá haciéndose oír… y ver.