Una campaña siempre demasiado breve

Por Manuel Alcaraz Ramos, profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Alicante (EL CORREO DIGITAL, 24/05/07):

El aún alcalde de Torrevieja es uno de los candidatos del PP en la Comunidad Valenciana imputados por delitos relacionados con la corrupción. Ello no le ha impedido concurrir a las elecciones con el lema ‘Más Torrevieja’. Cuando lo leí me limité a pensar: ‘¿Más? ¿Dónde?’. Y es que Torrevieja ha crecido cuantitativamente bajo su mandato hasta la exasperación, hasta desbordarse y caerse al mar, acumulando fealdad tras fealdad y despropósito tras propósito. Pero, se habrá dicho el buen candidato: de eso se trata, de esta rentable desmesura que anonada. Y, para no ser menos, el PSOE local contraataca, y su cabeza de lista promete: ‘Haremos más’. Y ahora al ‘¿Más? ¿Dónde?’, sumo un ‘¿Más? ¿Qué?’, teniendo en cuenta que llevan fuera del gobierno local varios lustros.

La aspirante del Partido de los Ciudadanos de Alicante -que es, a la vez, catalanista por su origen, y tontamente anticatalanista por su intención- llamó la atención abriendo la campaña con un largo beso con su esposo, lo que para ellos debe de ser una novedad digna de celebración, a la que yo no le veo la gracia. Y, a continuación, puso unos carteles en los que afirma: ‘Yo soy tú’. Lo que, puedo prometer, es rotundamente falso. Lo sé porque, sin necesidad de presumir de demasiadas luces, estoy seguro de que a mí nunca se me hubiera ocurrido una idiotez así -lo del lema, no lo de besar a su marido, que tampoco-. Claro que, en la fase final, ha rematado la ocurrencia afirmando en otro pasquín: ‘¿Vótate!’. No han advertido tan finos politólogos que en una democracia representativa esto es la negación de la esencia, pues, en todo caso, si quisiera votarme, me presentaría; es más, ellos mismos me habrían acogido -a mí y a todos- en su candidatura, ya que, de lo contrario, la apelación se convierte en una falsedad insoportable en un partido que va de guay, avalado por una impresionante corte de cerebros antitribales.

Pero, sobre todo, cabe otra sencilla reflexión: ¿Y si no quiero votarme, precisamente, porque, conociéndome, creo que sería un pésimo concejal? Inquietante cuestión que nos acerca al corazón mismo de una paradoja democrática. Me explico: se supone que cuanto más conocemos a nuestros representantes mejor informados estamos para decidir nuestro voto. Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si la democracia demandara lejanía? ¿Y si un conocimiento suficiente nos mostrara tantas sombras ante tan pocos brillos que nos llevara indefectiblemente a la abstención? El pasado domingo repasaba las fotos de los componentes de una lista y, aunque ya conocía a sus integrantes, ver las caras de algunos y algunas casi me dejaron decidido a no votarles. No es que las caras sean el espejo del alma, es que a algunos les conozco tanto que serían capaces de engañar hasta al espejo. Y hablando de eso: el otro día me encontré a un candidato de ese partido y me regaló un mechero -no fumo-, un cepillo de pelo plegable -estoy calvo- y un kit de manicura. Así que aquí estoy, indeciso y enfadado, pero con las uñas arregladas.

La forma de superar esto sería que no trataran de movilizar mi capacidad de sorpresa -parva a estas alturas de la vida- con eslóganes y gestos funambulescos, sino que se esforzaran por argumentar. Pero no, que en campaña los partidos no conciben que los electores sean entes pensantes. Y cuando protesto, los organizadores de las campañas y otros especialistas musitan: ‘Tú es que eres muy raro’, como si en una democracia no tuviéramos el derecho a ser todo lo raros que podamos. O sea, que el resto de ciudadanos tienen derecho a ser halagados en lo que, se supone, les gusta, menos yo y algunos amigos. Qué mala suerte. Me consuelo pensando que más raros, después de todo, son los candidatos, empeñados por unos días en compatibilizar el bricolaje, el deporte, la gastronomía y el amor a los perros y a los himnos patrios, por ejemplo.

Así que así sigo: varado en una playa de dudas. Por lo menos sé a quién no voy a votar, y es al PP de mi pueblo. Mi actual alcalde está imputado por dos delitos de corrupción, fíjese usted qué contrariedad, y se ha sentido francamente molesto con cierto chusco pero, dadas las circunstancias, apropiado sentido del humor de quienes reparten ‘mailes’ y ‘sms’ en los que la frase usada por el PP, que asocia el futuro a la ‘confianza’ que inspiran sus candidatos, ha sido fragmentada, de tal manera que el futuro del susodicho será ‘con fianza’, leve matiz que revela alguna mítica esperanza en la Justicia. ¿Nadie se dio cuenta de que este juego era posible? ¿No ha caído el PP en que por aquí y por allá el veneno del ladrillo y otras epidemias van minado su credibilidad y poblando los juzgados de sus militantes? Pues no. Por lo visto nadie pensó en esto y, seguro que han tenido a montones de afamados publicitarios dando vueltas a la cosa. O sea, que podría llegar votar a un edil posiblemente prisionero -a todo se hace uno-, pero nunca a publicistas tan necios. ¿A la cárcel con ellos, por estafa!

Éste es el destino final, como vemos, de la magia chispeante de campañas reducidas a un soplido, a disfrazar su poca utilidad habitual con los oropeles de la ocurrencia. Las grandes superproducciones de los grandes partidos están muy bien, pero cuentan una película que ya he visto muchas veces. Prefiero, en ocasiones, las toscas series B de los partidos pequeños. Romanticismo, se dice. En fin: esto se está acabando. Luego siempre hay algún estratega que dice eso de ‘¿Nos faltó un día de campaña!’. Exactamente la jornada de reflexión. En la que Dios descansó. Y es que el ‘¿Seréis como dioses!’ es de estricta aplicación a este oficio tan complejo. Y hasta a los dioses superan, incansables. Mientras, los votantes permanecemos en el limbo. Pero el Papa lo ha suprimido. Mecachis.