Una catástrofe para reflexionar

Es de necios no aprender de los errores, propios y ajenos. Y es pura necedad caer en la autocomplacencia cuando las circunstancias son de duelo, y los responsables deberían estar preguntándose continuamente: ¿qué podríamos estar haciendo mejor? No sabemos si se lo preguntan. Sí sabemos que las explicaciones no nos llegan.

Esta pandemia ha sorprendido de manera brutal a todas las organizaciones médicas del mundo, especialmente las del área occidental de mayor poder económico; y ha presentado características muy especiales, como un alto riesgo de contagio a médicos y sanitarios. El desconcierto de esta crisis lo han pagado en gran medida ellos.

Pero el desconcierto general provocado por la Covid-19 lo vamos a sufrir todos, pues va a repercutir en todo nuestro sistema socioeconómico, y puede hacer descarrilar nuestro modus vivendi, y el de Europa entera, multiplicando los efectos de la crisis.

Y contra esa pandemia de las pandemias hay que ofrecer un análisis riguroso, integral y pragmático, que conduzca a un plan nacional de acción que aborde estas tres áreas:

La profilaxis contra el Covid-19: vigilancia, detección precoz y aislamiento de las personas infectadas (no de las sanas).

La terapéutica contra el Covid-19, sin olvidar que una gran parte de ésta va a depender de las investigaciones en laboratorio.

La recuperación socio-económica a corto, medio y largo.

Profilaxis: el dichoso test. En España hemos padecido muchos gobiernos que actuaban bajo el lema: «La mejor política industrial es la que no existe». Para los gerifaltes políticos de turno, la industria española era un sector maduro, y estaba mucho mejor en manos del mercado; y en ello llevaban parte de razón, junto con dos pecados de ignorancia, nada veniales: primero, hasta la industria más madura evoluciona, o se va al garete, como le ha pasado a la industria norteamericana del automóvil; y segundo, hay una industria del futuro, que no va a venir sola, hay que traerla. Y hacia el año 2000, por poner una fecha significada, en el horizonte industrial ya estaban claros dos astros nacientes: las tecnologías de la información y las comunicaciones, y el área bioquímica, biológica y biotecnológica. Las dos industrias citadas han fracasado estrepitosamente en la Unión Europea, y no digamos en España. No disponemos de una empresa que pueda preparar test del Covid por millones de unidades, porque no disponemos de esa industria. Nos aguantamos medianamente bien con la farmacopea tradicional, y descaradamente mal con la del siglo XXI.

Esto hay que corregirlo de inmediato. Por descontado, ésta es una tarea de largo recorrido, pero hay que empezarla hoy mismo; bien llegando a acuerdos con multinacionales para que se asienten aquí; bien creando un INI-bio que vaya abriendo camino. Ya veremos, cuando madure, si se privatiza, y recuperamos la inversión, y más.

Terapéutica médica. Sin fanfarronería ni halagos: España tiene el mejor sector médico-sanitario del mundo, y eso tiene un secreto: tenemos las mejores vocaciones médicas y sanitarias: esto es lo que hay que cuidar.

Y una vez cuidado, démosles herramientas (empezando por el sueldo). Nos jugamos mucho aquí, y ya hemos comprobado cuáles son los efectos de que nos sorprendan con el pie cambiado: contagio y fallecimiento. Nada de esto es inventado. Es todo tan real, que las banderas deberían ondear a media asta.

Terapéutica económica: inyección productiva y social. La crisis que estamos viviendo va a representar este año una merma del PIB nacional de un 20% e incluso más.

Y contra eso vamos a necesitar dos tipos de ayudas: unas de carácter social, para que nadie queda lastrado por este camino, que va a ser muy cuesta arriba; y otras de carácter productivo, para diluir temporalmente el efecto puntual de hundimiento de la demanda.

Para ello hay al menos dos modelos: declarando a toda España zona catastrófica; o facilitando la constitución de fondos hipotecarios, de condiciones blandas, y avalados por el Estado.

Esta crisis va a tener desgraciadamente un balance mortífero inmediato en nuestro país, y en muchos otros; y además va a dejar unas secuelas psico-sociológicas sin precedentes a medio y largo plazo, que tendrán un reflejo económico evidente, que a su vez generará desempleo. Va a ser una travesía difícil, con la mar arbolada. Conviene que el piloto sepa a dónde ir, y no escuche cantos de sirenas de ideologías trasnochadas y bolivarianas.

Con las cosas de vivir, no se juega.

José Mª Martínez-Val es catedrático de Termotecnia, ETSII-UPM y fue director de la Cátedra UPM-Ministerio de Defensa.

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