Una ciberutopía posible

Hace poco más de 500 años, Tomás Moro halló inspiración para el “Reino de Utopía” mientras paseaba por las calles de Amberes. Así que cuando vine aquí desde Dubái en mayo para disertar sobre inteligencia artificial (IA), no pude evitar la comparación con Rafael Hitlodeo, el personaje de Utopía que entretiene a los ingleses del siglo XVI contándoles relatos de un mundo mejor.

Dubái, sede del primer ministerio de IA en todo el mundo, así como de museos, academias y fundaciones dedicados al estudio del futuro, está embarcada en su propio viaje utópico. Mientras en Europa cunde la preocupación por los riesgos que plantea la tecnología al empleo, los Emiratos Árabes Unidos adoptaron con entusiasmo el potencial de reemplazo de mano de obra de la IA y de la automatización.

Hay en esto razones prácticas. La proporción entre mano de obra local y extranjera en los estados del Golfo es muy despareja: desde un máximo del 67% en Arabia Saudita a un mínimo del 11% en los EAU. Y el clima desértico de la región no admite más crecimiento poblacional, de modo que la perspectiva de reemplazar personas con máquinas se ha vuelto cada vez más atractiva.

Pero entre las dos regiones también hay un contraste cultural más profundo. A diferencia de Europa occidental, cuna de la Revolución Industrial y de la “ética protestante del trabajo”, las sociedades árabes en general no son partidarias de “vivir para trabajar”, sino de “trabajar para vivir”, y le dan más valor al tiempo de ocio. Esas actitudes no son particularmente compatibles con sistemas económicos que demandan una creciente extracción de productividad de la mano de obra, pero se adaptan bien a una era de IA y automatización.

En el Occidente industrializado, las fuerzas tecnológicas plantean una amenaza a viejos contratos sociales basados en los tres pilares del capital, la mano de obra y el Estado. Por siglos, el capital invirtió en máquinas; los trabajadores las operaron para producir bienes y servicios; y el Estado cobró impuestos, proveyó bienes públicos y redistribuyó recursos según fuera necesario. Pero esta división de tareas creó un sistema social mucho más complejo que el de los países árabes y otras economías no industrializadas.

Por su parte, los estados árabes nacionalizaron los recursos naturales, administraron las grandes industrias, se ocuparon del comercio internacional y distribuyeron los recursos excedentes entre la sociedad. De modo que hasta hace poco, el crecimiento poblacional y la reducción de ingresos de los recursos naturales ponían en riesgo el contrato social. Pero el uso de tecnologías que pueden producir y distribuir la mayor parte de los bienes y servicios necesarios para lo que en esencia es una sociedad del ocio puede de hecho mejorar, en vez de destruir, el contrato social vigente.

Volviendo a Occidente, la revolución tecnológica aparentemente ensanchó la brecha entre los dueños del capital y el resto. Mientras la productividad crecía, la participación de los trabajadores en el producto total se redujo. Aparte de los dueños del capital, una clase ociosa de yuppies y herederos también se quedó con una cuota importante del excedente creado por la mejora tecnológica de la productividad. Los grandes perdedores han sido los que tienen ingresos bajos y menos formación.

Pero incluso aquí, poner el acento en el posible efecto de la IA sobre la relación entre capital y trabajo es corto de miras. Al fin y al cabo, el ascenso del populismo en muchos países occidentales se dio en un período de mínimos de desempleo cuasihistóricos. Hay motivos para pensar que el descontento actual refleja un deseo de mejor calidad de vida, no de más trabajo. Los “chalecos amarillos” de Francia salieron a las calles para protestar contra políticas que hubieran aumentado el costo de trasladarse entre el hogar y el trabajo; los británicos que votaron por salir de la Unión Europea esperaban que el presupuesto del Reino Unido destinado al bloque se redirigiera a los servicios públicos dentro del país. La retórica contra la globalización y la inmigración se basa ante todo en la preocupación por el delito, el cambio cultural y otros aspectos de la calidad de vida, no por el empleo.

El problema es que con el contrato social occidental, el deseo de tener más tiempo de ocio puede traducirse en demandas mutuamente incompatibles. Los votantes quieren jornadas laborales más cortas pero ingresos más altos, y esperan que el Estado siga contando con recursos suficientes para proveer atención médica, pensiones y educación. No extraña que la política occidental haya caído en la parálisis.

Felizmente, la innovación impulsada por los datos y la IA puede ofrecer una salida. Es posible imaginar una especie de ciberutopía que permita resolver la paradoja de un Estado más grande con un presupuesto más chico, ya que el Estado tendría las herramientas para aumentar la provisión de bienes y servicios públicos por muy bajo costo.

El principal obstáculo es cultural: ya en 1948, el filósofo alemán Josef Pieper advirtió contra la “proletarización” del pueblo, y propuso una cultura basada en el ocio. Para ello, los occidentales tendrían que abandonar su obsesión con la ética del trabajo y el muy arraigado rechazo a la idea de “mantener vagos”; empezar a diferenciar entre tener que trabajar para acceder a una existencia digna y trabajar como modo de enriquecerse y obtener estatus, ya que lo primero tal vez pueda eliminarse casi por completo.

Un cambio de mentalidad permitiría a todas las sociedades empezar a forjar un nuevo contrato social cibernético, según el cual el Estado se quedará con una parte mayor del rendimiento de los activos y distribuirá entre los residentes el excedente generado por la IA y la automatización. Máquinas de propiedad pública producirán una amplia variedad de bienes y servicios, desde medicamentos genéricos, alimentos, vestidos y vivienda hasta investigación básica, seguridad y transporte.

Para algunos, esta provisión estatal de bienes y servicios sería una intervención injustificada en el mercado; otros temen que la capacidad de suministro estatal no esté a la altura de la demanda. Pero estos argumentos también son cortos de miras. En vista del ritmo de los avances en IA y automatización, la capacidad de los sistemas estatales de producción (que funcionarían sin interrupciones) sería casi ilimitada. La única limitación serán los recursos naturales, una restricción que seguirá impulsando la innovación tecnológica en pos de una gestión más sostenible.

En una ciberutopía, la intervención estatal sería la norma y la producción privada, la excepción. El sector privado corregiría los fallos estatales/colectivos, en vez de ser el Estado el que corrija los fallos del mercado.

Viajemos ahora en el tiempo hasta 2071, centenario de los EAU. Llegado a Amberes desde Dubái, el Rafael Hitlodeo del futuro nos trae estas noticias: “donde vivo, el Estado posee y opera las máquinas que producen los bienes y servicios más necesarios, para que la gente pueda dedicar su tiempo al ocio, a la creación y al espíritu; la inquietud por el empleo y el presupuesto público es cosa del pasado”. ¿Y si ese mundo también fuera el tuyo?

Sami Mahroum is Director of Strategy and Research at the Dubai Future Foundation and Non-Resident Fellow at The Lisbon Council. He is the author of Black Swan Start-ups: Understanding the Rise of Successful Technology Business in Unlikely Places. Traducción: Esteban Flamini.

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