Una cierta idea de España

Todos los españoles, incluso aquellos que no quieren serlo, tienen una cierta idea de España. Está hecha de retazos históricos, sentimientos acumulados, emociones varias, concepciones culturales y lingüísticas, esquemas valorativos, peripecias personales y aventuras colectivas que, como todo en la vida de los humanos, contienen elementos de verdad junto a otros que no lo son tanto. Ese conjunto de elementos define de manera más o menos común lo que la Constitución de 1978 sitúa en la cúspide de todo el edificio y que no es otra cosa que la Nación española.

La idea que yo me hago de España es la de una Nación antigua y honorable que, como siempre ocurre en la vida de cualquier colectivo, ha tenido sus buenos momentos y otros que no merecerían tal calificativo pero que en conjunto ha llegado a proyectar hacia dentro de su comunidad y hacia fuera de sus fronteras formas de ser, de comportarse y de hablar sin los cuales no sería comprensible la historia de la humanidad. Es decir, me siento básicamente orgulloso de ser español. Aunque comprenda y en mi vida haya compartido los lamentos de aquellos que, como Unamuno, sentían España como un dolor o de aquellos otros que, como Cánovas en su exabrupto político constitucional, se resignaban a su condición de españoles porque no habían tenido la opción de ser otra cosa. Yo he tenido y retengo posibilidades de ser otras cosas, que bien conozco y aprecio por mi vida de profesional errante, pero el sentimiento básico de pertenencia a España y a lo español permanece inalterable.

Hacía bien el general De Gaulle, de quien he parafraseado en el título de este articulo el comienzo de sus «Memorias de Guerra», en precisar que patriota era el que amaba lo suyo y nacionalista el que odiaba lo ajeno. Tengo a mucha honra considerarme un patriota español, si se quiere un patriota constitucionalista español, que ama lo doméstico y no tiene empacho en admirar y compartir lo ajeno, porque entiendo el patriotismo como parte de una vocación universalista. Y por ello me producen tanto rechazo intelectual como político aquellos que para proclamar por encima de todo la diferencia identitaria de raíz reaccionaria y racista que profesan, pretenden imaginar la presencia de un «nacionalismo español» que solo tiene lugar en sus averiadas mentes. La historia de estos últimos cuarenta años, los de la vigencia constitucional, el comportamiento que a lo largo de los mismos y contra viento y marea ha mantenido la ciudadana española, las cotas de respetabilidad y prosperidad alcanzadas en ese mismo periodo, las mismas series estadísticas sobre la identificación que los españoles tienen de sí mismos, demuestran lo evidente: este es un pueblo de patriotas, amante de su identidad, respetuoso con las variedades, consciente en lo fundamental de su historia, dispuesto a seguir progresando en la unidad y en la diversidad, en la libertad y en la igualdad, en el avance propio y en la ayuda al ajeno.

Esa idea de España, que inevitablemente tiene una referencia religiosa, cultural y jurídica de origen judeo cristiano, se quiere heredera e integradora de todos los españoles que lo son y lo fueron, en la guerra y en la paz, en la patria y en el exilio, en la revolución y en la calma. Por ello indudablemente ha encontrado el mejor acomodo de los posibles en la Constitución de 1978, el más notable de los esfuerzos que los españoles han realizado colectivamente en los últimos doscientos años para recuperar el tiempo perdido y situarse en el nivel que los tiempos demandaban. Es la idea de una España «patria común e indivisible de todos los españoles», reconocedora de sus diversidades, anclada en el respeto al Estado de Derecho, garante de la libertad y de la igualdad de todos los ciudadanos sin distinciones, vinculada a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, practicante indubitada de la democracia en un sistema de Monarquía parlamentaria, decidida participante en las agrupaciones internacionales constituidas para promover la paz y la defensa de los valores comunes, es la mejor España de las posibles. Y ciertamente la más exitosa de los tiempos modernos y contemporáneos.

Circunstancias varias, que pueblan sonoramente la crónica diaria, han introducido factores de incertidumbre en el futuro nacional. Nacionalistas de vario pelaje y común perversa intención han abusado de la voluntad integradora constitucionalista para actuar abierta y delictivamente contra las leyes, la Nación y su misma unidad. Movimientos sedicientemente revolucionarios que quisieron emular a Lenin y apenas llegan a las suelas del zapato de Cohn Bendit han sabido aprovechar momentos de crisis económica para reclamar un cielo inexistente y autoritario. Fuerzas políticas tradicionales, a izquierda y a derecha, se ven confrontadas con el peso de sus desidias y errores y reducidas en sus caladeros de antaño en favor de agrupaciones emergentes.

Y en particular el centro derecha nacional, que tan sabiamente supo aglutinar bajo José María Aznar a democristianos, liberales, conservadores y asimilados, ahora se enfrenta al reto de recuperar su mensaje, su capacidad de proyección y sus dispersas huestes, hoy repartidas entre recipientes variopintos. En estos días sus afiliados se reúnen para el relanzamiento ideológico y político de la formación, que ha encontrado en Pablo Casado una sólida razón para la esperanza. El esfuerzo es arduo y seguramente los tiempos largos pero la apuesta acertada: esta idea de la España liberal e inclusiva fue siempre la que inspiró la Transición y dictó las normas constitucionales, bajo las que el actual presidente del PP ha encontrado el mejor de los impulsos y la más característica de sus orientaciones. Si yo fuera Benjamin Franklin le recomendaría además que siguiera las normas elementales de juego que deben guiar al ajedrecista: previsión, circunspección y cautela. Parece como si ya los hubiera tenido en cuenta al negociar los arreglos para la gobernabilidad de Andalucía. «Fortuna audaces iuvat», dicen los castizos. Y don Antonio Machado remacha «España de la rabia y de la idea».

Javier Rupérez es Embajador de España y Académico Correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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