Una concepción equivocada de la austeridad británica

¿Fue la decisión del Gobierno de Gran Bretaña de adoptar la austeridad a raíz de la crisis financiera mundial la política idónea, al fin y al cabo? Sí, afirma el economista Kenneth Rogoff en un reciente artículo muy comentado. Rogoff sostiene que, si bien, retrospectivamente, el gobierno debería haberse endeudado más, en aquel momento existía un peligro real de que Gran Bretaña siguiera el camino de Grecia. Así, pues, el ministro de Economía, George Osborne, resulta ser, en su opinión, un héroe de las finanzas mundiales.

Para mostrar que existía un peligro real de fuga de capitales, Rogoff recurre a casos históricos para demostrar que la actuación crediticia del Reino Unido ha distado mucho de ser creíble. Cita la suspensión en 1932 de los pagos de la deuda correspondiente a la primera guerra mundial que tenía con los Estados Unidos, las deudas acumuladas después de la segunda guerra mundial y su “continua dependencia de los rescates del Fondo Monetario Internacional desde mediados del decenio de 1950 hasta mediados del de 1970”.

Lo que le falta al análisis de Rogoff es el marco en el que se cometieron esos supuestos fallos. La suspensión en 1932 de los pagos de los préstamos correspondientes a la primera guerra mundial concedidos por los Estados Unidos sigue siendo la mayor mácula en la historia de la deuda del Reino Unido, pero la situación general es fundamental. El mundo salió de la Gran Guerra a la sombra de una montaña de deuda que los victoriosos Aliados tenían unos para con otros (mientras que los EE.UU. fueron el único acreedor) y por los perdedores a los vencedores. John Maynard Keynes predijo acertadamente que todas aquellas deudas acabarían en suspensión de pagos.

El Reino Unido fue el único país que hizo un esfuerzo para pagar. Pese a no haber podido recaudar lo que otros países le debían, Gran Bretaña siguió pagando a los EE.UU. durante diez años y sólo suspendió el servicio de la deuda durante la Gran Depresión.

La referencia de Rogoff a las deudas acumuladas después de la segunda guerra mundial no viene al caso. Carece de sentido afirmar que, “si el Reino Unido no hubiera recurrido a un laberinto de reglamentos para mantener los tipos de interés nominal por debajo de la inflación, la relación de su deuda con el PIB podría haber aumentado en el periodo 1945-1955 en lugar de reducirse espectacularmente”. El caso es que el Reino Unido se las arregló para reducir su deuda recurriendo a diversas políticas, incluido el fomento del crecimiento económico.

En cuanto a la “continua dependencia” del FMI desde mediaos del decenio de 1950 hasta mediados del de 1970, hubo en realidad dos episodios: el rescate de 1956 durante la crisis de Suez y el de 1976 que precedió al invierno de descontento, cuando huelgas en muchas industrias esenciales –incluso se mantuvo sin enterrar a fallecidos– pusieron prácticamente el país de rodillas. (No hace falta decir que endeudarse con el FMI no es una suspensión de pagos.)

En 1956, el Reino Unido afrontó un ataque especulativo en plena crisis de Suez. El país tenía un superávit por cuenta corriente, pero la libra estaba perdiendo valor frente al dólar, por lo que el Banco de Inglaterra tuvo que vender sus reservas de dólares para defender el tipo de cambio fijo. Al menguar sus reservas, el Primer Ministro, Anthony Eden, se vio obligado a pedir ayuda, primero a los EE.UU. y después al FMI.

La participación del FMI fue necesaria sólo por la falta de disposición de los EE.UU. a prestar apoyo. Además, el Presidente de los EE.UU., Dwight Eisenhower, llegó hasta el extremo de recurrir a la influencia de su país dentro del FMI para obligar a Eden a retirar las tropas británicas de Egipto a cambio del préstamo.

La realidad del rescate de 1976 es aún más complicada. A raíz de la crisis, el ministro de Economía, Denis Healey, reveló que en el decenio de 1970 se había exagerado en gran medida la necesidad de endeudamiento del sector público y que, si hubiera contado con las cifras correctas, el Reino Unido nunca habría necesitado un préstamo. Según él, el Tesoro ni siquiera reconoció que el Reino Unido iba a tener un superávit fiscal.

Naturalmente, todo ello tuvo consecuencias drásticas para la economía. Tony Benn, ministro laborista en el decenio de 1970, reveló más adelante que el “invierno del descontento”, que dio paso a un gobierno conservador al final de aquel decenio, había sido causado por los severos recortes del gasto público exigidos por el FMI: “¿Por qué tuvimos el invierno del descontento? Porque en 1976, el FMI dijo al gabinete: ‘O reducen cuatro mil millones de libras de su gasto publico o destruiremos el valor de la libra esterlina’ ”

Existen pocas pruebas de la suposición implícita de Rogoff de que las decisiones de los inversores actuales se deben a la gestión por parte del Gobierno de su deuda en el pasado. El número de suspensiones de pagos es en gran medida irrelevante en el caso de un país como el Reino Unido, que es políticamente estable y tiene un peso económico importante y un banco central independiente.

Piénsese en Alemania, “la mayor transgresora en materia de deuda del siglo XX,” según el historiador económico Albrecht Ritschl. En el cuadro de la página 99 de su libro This Time is Different (“Esta vez es diferente”), Rogoff y su coautora, Carmen Reinhart, muestran que Alemania sufrió ocho suspensiones de pagos o reestructuraciones –o ambas cosas– de 1800 a 2008. Además, hubo las dos suspensiones de pagos provocadas por la inflación en 1920 y 1923. Y, sin embargo, Alemania es el hegemón económico de Europa y da órdenes a malhechores como Grecia.

La verdad es que, si las instituciones y políticas económicas actuales de un país son sólidas, los fallos pasados no influyen en los inversores. Así era claramente cuando Osborne y sus colegas optaron por la austeridad.

Robert Skidelsky, Professor Emeritus of Political Economy at Warwick University and a fellow of the British Academy in history and economics, is a member of the British House of Lords.

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