Una consulta salvadora

El lendakari Ibarretxe ha volcado todo su proyecto político, su propio futuro y el futuro entero de la sociedad vasca en la ya famosa consulta popular. Con el argumento del fracaso del intento de diálogo-negociación con ETA de Zapatero, ahora es el Gobierno vasco el que debe liderar la normalización y la pacificación de Euskadi.

La política de Ibarretxe vive de momentos de revelación: primero fue el pacto de Estella/Lizarra, de exclusión de la mitad de los vascos, el comienzo de la historia a la que invitaba a todos. Luego, la ruptura con quienes le habían dado los votos para ser lendakari: también entonces comenzaba una nueva historia.

En la precampaña a las elecciones del 2001, afirmó en el Kursaal de San Sebastián: "Hoy comienza un nuevo camino: os invito a caminar conmigo". Después vino su plan, la solución de todos los problemas de la sociedad vasca. Y ahora todo ello se condensa en la consulta popular: es, parece, el remedio definitivo, la pócima mágica capaz de curar todos nuestros males. Nada menos que la puerta a la normalización y la pacificación. Estamos enfermos, pues no somos normales, y esperamos una cura definitiva. Sufrimos violencia, pues ETA existe y es amenaza para muchos ciudadanos vascos, y ansiamos la paz. La consulta popular es la espada que va a cortar, por fin, el nudo gordiano.

La consulta popular significa dar la palabra al pueblo vasco, al que hasta ahora, al parecer, nadie se ha dignado a preguntar nada. Parece que el fetiche de la consulta significa que la situación político-institucional que viven los ciudadanos vascos es una situación impuesta desde el exterior. Pero lo cierto es que poseemos, los pobres vascos condenados al silencio por no poder hablar según el remedio que se nos ofrece, una Constitución votada en referendo, un Estatuto encuadrado en dicha Constitución y aprobado por la inmensa mayoría de vascos en referendo, cuyo resultado no fue aceptado por quienes con violencia lucharon contra el mismo, y que ahora reclaman devolver al pueblo la palabra, pero tampoco del todo por el nacionalismo llamado moderado y pragmático, que ha puesto, cada vez más, en cuestión su validez.

Y si las consultas hasta ahora celebradas no han solucionado los grandes males vascos --en realidad solo dos: el terrorismo y la no aceptación sincera de los resultados por parte del nacionalismo--, ¿quién puede tener confianza en que una nueva consulta popular vaya a hacerlo, si quienes la exigen han dado muestras más que sobradas de no estar dispuestos a aceptar el resultado si no les satisface?

El fetiche de la consulta está vacío. Mejor dicho, para no olvidar del todo a Marx: esconde, desfigurándolo, un núcleo de verdad que hay que averiguar. Porque la forma de plantear la consulta a favor del derecho a decidir de los vascos pretende dar a entender que el problema de los vascos radica fuera: falta de reconocimiento por los otros, por los no vascos, por España, por el Estado, de ese derecho a decidir.

El problema de los vascos radica fuera. No radica en el interior de su sociedad: que en su seno haya surgido el terrorismo que mata, amenaza, coarta la libertad de ciudadanos vascos, que quiere imponer una única y exclusiva forma de ser vasco, una identidad normativa a la fuerza. No. El problema son los otros. Es España. Es el Estado. Y la consulta va a solucionar ese problema. Porque va a dejar claro que los vascos saben que tienen derecho a decidir su futuro, y van a manifestar con claridad que así lo quieren.

Uno se pregunta: si la realidad social es tan clara, ¿por qué ETA ha recurrido al terror? Uno se pregunta: si la realidad de la sociedad vasca es tan evidente, ¿por qué el nacionalismo gobernante no ha planteado hace años ya el referendo de autodeterminación, sea legal o no, por qué el nacionalismo que ha ocupado el poder desde el inicio se limita a plantear fechas futuras, a elevar la consulta a categoría de proyecto? Y la respuesta es clara: porque la situación que se supone como punto de partida no es tan evidente, porque la realidad social no es tan homogénea como da a entender la reclamación del derecho a decidir. Porque la consulta, en su categoría de fetiche, primero debe producir la situación en la cual presuntamente se basa para exigir su celebración.

El carácter de fetiche de la consulta evidencia que el problema de la sociedad vasca no es exterior, sino profundamente interior. Lo que el fetiche de la consulta debe producir es justamente el momento fundacional de una sociedad unida en la reclamación del derecho a decidir. El nudo gordiano que el fetiche de la consulta debe cortar no es uno que ata hacia el exterior, sino un nudo percibido como el impedimento interior para la homogeneidad necesaria y presupuesta por el nacionalismo vasco.

El fetiche de la consulta pone de manifiesto que la complejidad y el pluralismo que caracterizan profunda, estructural y muy positivamente a la sociedad vasca son percibidos por el nacionalismo como un mal, como un problema, como un impedimento para poder ejercer no el derecho a decidir como ciudadanos con todos sus derechos, sino como una homogeneidad étnico-cultural. El fetiche de la consulta pone de manifiesto que el nacionalismo vasco e Ibarretxe ven la complejidad y el pluralismo de la sociedad vasca como un problema que solucionar. Esa es la función de la consulta: ser el momento fundacional de una unidad evidente, creación ex novo de lo que supuestamente se fundamenta en la historia.

Y como eso no va a suceder, Ibarretxe ya ha previsto que va a disolver el Parlamento y convocar elecciones, que espera que sean plebiscitarias y él pueda seguir mandando. Que es de lo que se trata.

Joseba Arregi, presidente de la asociación ciudadana Aldaketa.