Una ‘costellada’ de Estado

El nuevo estallido de la triple crisis española, económica, ética-política-institucional y territorial, y las enormes incertezas que plantean estos escenarios invitan a releer los Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig. La historia se escribe, y así se explica, a partir de un sí o de un no. De una decisión precipitada o tardía. Un instante, un detalle, una audacia, un apocamiento, una osadía, un temor, marca el camino de una nación durante años, décadas o incluso siglos.

París dejó atrás hace varias semanas el verano y ha llegado el frío con una brusca entrada del otoño. La gente sigue, no obstante, en las terrazas, resistiéndose a abandonarlas con una tozudez sorprendente. Y las librerías vibran llenas de público y de novedades literarias aunque entre su parroquia habitual no figure la flamante ministra de Cultura y de la Comunicación, Fleur Pellerin. Ha reaparecido con fuerza renovada y en los mejores lugares del escaparate el reciente premio Nobel francés Patrick Modiano, quien almorzó hace unos días con la ministra Pellerin, que lleva en el cargo desde el mes de agosto y que tiene el honor de ser la primera personalidad política asiática de un gobierno francés. Pellerin, de 41 años, salió sonriente de la comida hasta que le preguntaron los periodistas de la televisión Canal+ qué libros había leído de Modiano y cuál era el título de su última novela. No tenía ni idea y, para que no quedaran dudas sobre su interés por la lectura, remató: “Hace dos años que no leo un libro”. Otros compatriotas suyos tendrán que hacer un gran esfuerzo para mantener la media de once libros al año que, según las encuestas, lee cada francés.

El novelista marroquí y premio Goncourt Tahar ben Jelloun, muy conocido por los lectores de este diario por sus regulares colaboraciones, ha considerado que Pellerin no está capacitada para ocupar el puesto de ministra de Cultura y se ha declarado avergonzado por sus palabras. La política no ha sido nunca, tampoco ahora, ni un currículum, ni una meritoria carrera funcionarial. Porque eso sí lo tiene la ministra Pellerin: es una alta funcionaria de la ENA, la escuela de élite de la administración francesa, una enarca, de la promoción Averroes del año 2000. Volvamos ahora la vista a España. Tiempos demasiado complejos e informativamente devastadores para dejarlos en manos de abogados del Estado, para recurrir únicamente a lo que dicen las leyes, para realizar una interpretación sesgada de las mismas y para abandonar la acción política en uno de los últimos cajones de la mesa de trabajo.

De los catorce magníficos relatos del libro de Zweig, en los que trata de situar al lector en cada episodio ante una decisión fatalmente adoptada y sus a veces trágicas consecuencias, hay uno especialmente cruel para su protagonista, el mariscal Grouchy, que con su obediencia ciega desencadenaría la derrota de los ejércitos de Napoleón en la batalla de Waterloo, el 18 de junio de 1815. El escritor austriaco, nacido en el seno de una familia de judíos vieneses, narra en tan sólo dieciséis páginas la terrible equivocación de un hombre íntegro, honrado, sensato y recto que recibe una única instrucción del emperador, perseguir a los prusianos que se están replegando, al tiempo que él pretende marchar sobre los ingleses. Mientras Grouchy cree perseguir entre la niebla a los 40.000 prusianos en retirada, se desencadena la batalla de Waterloo. Los oficiales piden al mariscal que acuda en auxilio del emperador con sus 34.000 hombres y 108 cañones e incluso uno de ellos, su subcomandante Gérard y más tarde mariscal, implora a que le autorice a desplazarse con su división y parte de la caballería al campo de batalla. Grouchy reflexiona, duda. Y en estos segundos se decide el destino de Francia y del mundo entero. Él solo tiene que perseguir a los prusianos, esa era la orden. Y sigue avanzando ante el horror de sus oficiales. Las horas van pasando y el ejército prusiano no se divisa en el horizonte. Ya no aparecerá. Sigilosamente, por uno de los flancos, han dado la vuelta y han acudido al campo de batalla. El ejército inglés comandado por Wellington recibe la ayuda de Blücher y, a medianoche, un Napoleón ya hundido ni tiene ejército, ni es emperador. París, Londres, Alemania, Bruselas se despertarán con la noticia. Sólo un hombre, en su terrible equivocación, no sabe todavía lo que ha sucedido la víspera: el mariscal Emmanuel de Grouchy.

Hay momentos, situaciones, en que una actitud inflexible acaba siendo un error. Un trágico error. Y puede desembocar, con el paso de los días, en una actitud hilarante. De un enorme descrédito para el conjunto de las instituciones. Es obvio que cuando el presidente Rajoy se felicitó, aún no hace dos semanas, por la retirada de la consulta popular no refrendaria sobre el futuro político de Catalunya tras la suspensión del Tribunal Constitucional y ninguneó el actual proceso participativo, que recogía la antorcha y sus objetivos, calculó mal la capacidad de adaptación y de respuesta de los partidos catalanes que se agrupan alrededor del derecho a decidir. Y es que, por más vueltas que se le dé, desde el inicio sólo había dos escenarios posibles para el 9-N: un referéndum como el de Escocia o una respuesta política con urnas, censo y resultados sin valor jurídico alguno. La primera opción se perdió en el Congreso de los Diputados el pasado 8 de abril, cuando una delegación del Parlament no consiguió la cesión de competencias por parte del Estado. La segunda, cuando faltan tan sólo nueve días para el nuevo 9-N, llegará viva de una u otra manera a esta jornada participativa dominical.

Los pasos que se están dando por parte del Gobierno español para recurrir e impugnar el sucedáneo de consulta puesto en marcha por la Generalitat, más allá de provocar un interesante debate intelectual entre los constitucionalistas de los que la Moncloa sale habitualmente derrotada, pierde de vista el siempre necesario sentido en política de la medida y de la prudencia. Lo que en principio consideraron una costellada la han convertido en una costellada de Estado. ¿Realmente no se puede pedir una opinión a la ciudadanía sobre el modelo de relación que prefiere entre Catalunya y España? Llegar a una conclusión negativa, más allá de la opinión de cada uno y de la muchas veces insufrible gesticulación de los partidos políticos, sería una mala noticia para todos. Los partidarios de contestar sí a la pregunta de la papeleta y los partidarios de contestar no. Al Tribunal Constitucional, que en numerosas ocasiones ha sido acusado, muchas de ellas justamente, de actuar más como una tercera Cámara que como neutral garante de la Carta Magna, se le pide que adopte una decisión que necesariamente es política y no jurídica. Es un error colosal del que hablaremos mucho los próximos años por las consecuencias negativas que dejará. Hay que advertirlo desde este momento para que nadie se llame a engaño. El error más grave desde la imprudente sentencia del Estatut.

Saliendo de las concurridas librerías del Boulevard Raspail y de la Rue Babylone, uno se da de bruces con la Rue du Bac, en cuyo número 108 vivió entre 1963 y 1980 el escritor, diplomático y héroe de la Francia libre Romain Gary. Una placa lo inmortaliza y una, por ahora, enigmática frase suya sirve para recordarlo en el centenario de su nacimiento, el pasado mes de mayo: “Siempre debemos conocer los límites de lo posible. No para detenernos, sino para intentar lo imposible en las mejores condiciones”.

José Antich

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