Una crisis distinta a las anteriores

Existe la preocupación, entre políticos y analistas, de que la Cumbre de la OTAN que se abre hoy en el nuevo cuartel general de Bruselas, sea escenario de otro desacuerdo entre el presidente norteamericano Donald Trump y sus socios europeos, e incluso de que estemos ante el comienzo del fin de la Alianza Atlántica. Se teme que Trump aproveche la ocasión para atacar a europeos y canadienses por los acuerdos comerciales y los niveles de gasto militar y que llegue incluso a negarse a respaldar la declaración final, que pretende resaltar la coherencia de la OTAN y el propósito común de los países miembros. Su Secretario General, Jens Stoltenberg, ha enumerado los cinco asuntos principales de la cumbre: disuasión, defensa y diálogo con Rusia, proyección de estabilidad fuera del área de la Alianza, cooperación entre la UE y la OTAN, modernización de la organización y gasto militar. Paralelamente a la reunión de los jefes de Estado y Gobierno, tendrá lugar otra organizada por la División de la Diplomacia Pública de la OTAN, The Atlantic Council, GMF (German Marshall Fund), WIIS (Women in International Security) y MSC (Munich Security Conference), a la que acudirán 300 personas (entre ellas, quien esto escribe). El temario revela que la OTAN tiene una «visión de 360 grados del mundo», y que aspira tanto a responder a la amenaza que representa Rusia en sus fronteras orientales, como a proteger las del sur, donde se encaran los países mediterráneos de ambas orillas, y todo ello en los “cinco espacios” (tierra, mar, aire, espacio exterior y ciberespacio).

A pesar de la cuidadosa organización, el temor de que la cumbre pueda fracasar no es infundado. Los europeos no ven en Trump un líder con el que identificarse y menos aún entenderse, por lo que las esperanzas de la cumbre descansan en la confianza en que prevalezcan los intereses comunes ante los desafíos y amenazas en el contexto de inestabilidad internacional más grave desde el final de la Guerra Fría. La actual crisis de la OTAN se distingue de todas las crisis previas y solo aparentemente tiene que ver con el gasto militar del que tanto habla el presidente norteamericano.

Hace más de un año, el 25 de mayo de 2017, en la reunión de la OTAN con motivo de la bienvenida al presidente Trump, quedó patente que la escenificación de la unidad de la Alianza con la coalición internacional de lucha contra el terrorismo liderada por EEUU no era suficiente para paliar la sensación de fracaso y la preocupación por el futuro de la organización. Se demostró que Donald Trump entiende el concepto de la seguridad y defensa en términos de transacción económica y que le resulta indiferente la dimensión política de la OTAN.

Las cartas que Trump ha enviado a varios mandatarios, entre ellos al Presidente de Gobierno de España, Pedro Sánchez, apremiándolos a incrementar el gasto militar hasta el 2% del PIB, indican que, en los próximos dos días, Trump seguirá insistiendo en el tema de dónde gastar más, en cañones o en mantequilla. Es necesario que los países europeos aumenten su gasto militar, pero también lo es que los países miembros se pongan de acuerdo acerca de qué debería considerarse gasto de defensa dentro del objetivo del 2% acordado en la Cumbre de la OTAN de Gales en 2014 (para alcanzarlo en 2024). Algunos aliados que no cumplen ese objetivo, entre ellos España (que gasta el 0.92% del PIB) insisten en que las contribuciones a los despliegues militares deberían ser consideradas como gasto militar, porque forman parte del presupuesto de Defensa. España tiene desplegados 1.161 efectivos en misiones de la OTAN, 616 con la ONU y 757 con la Unión Europea. Además, nuestro país forma parte de la Coalición contra el Daesh, con 581 militares que participan en la instrucción del ejército iraquí. El valor y la credibilidad del objetivo del gasto de 2% disminuirán si persiste la confusión y el debate sobre lo que constituye el gasto de defensa, lo que se ve agravado por la naturaleza cambiante de las amenazas que enfrentan los miembros de la OTAN y, por lo tanto, de sus enfoques para el gasto en defensa. Si la definición de este concepto se amplía para satisfacer una gama más amplia de amenazas, puede ser necesario aumentar el objetivo del gasto.

Desde su fundación en 1949, la OTAN ha demostrado que podía armonizar los valores, objetivos morales, políticos y geopolíticos de las democracias occidentales. El conflicto endémico de la desigualdad entre EEUU y la UE, entre el poder y los recursos, forma parte de la identidad de la Alianza. La historia de la OTAN es la historia de sus crisis: de Suez (1956) a Berlín (1961), de Vietnam (1964) a Afganistán (1979), del «Año de Europa» (1973) al «Año de los Euromisiles» (1983), de las guerras yugoslavas (1992-99) a la de Irak (2003).

Ahora en EEUU está de moda restar importancia a la relación con Europa. Y los europeos ya no se fían de que los norteamericanos les vayan a proteger en lo sucesivo. ¿Cuánto tardará Donald Trump en entender lo que entendieron todos los presidentes desde Harry S. Truman hasta Barack Obama, es decir, que sin lazos con la UE, EEUU se encontraría en un mundo de naciones con las que tiene pocas tradiciones y valores en común, y que las fronteras orientales de Europa son la primera línea de defensa de EEUU? Desde la Segunda Guerra Mundial, la OTAN es el activo estratégico (político, económico y militar) más importante de EE.UU. La inversión duradera en seguridad europea ha traído enormes beneficios para los estadounidenses y los europeos, que son sus mayores socios comerciales. Actualmente nos enfrentamos a un doble cambio del papel de EEUU en el orden liberal internacional que transciende las crisis familiares del pasado de la Alianza Atlántica.

En primer lugar, Europa y la OTAN ya no son lo que eran para Washington. La Casa Blanca ya no considera la seguridad europea como una prioridad ni ve la OTAN como uno de los dos pilares más importantes (otro es la UE) del orden liberal internacional que EEUU ha construido y sostenido desde la Segunda Guerra Mundial. Por otra parte, mientras Rusia representa una de las mayores amenazas existenciales para la seguridad y defensa de la UE (en lo que se basan nuestras esperanzas del éxito de la cumbre), la Administración Trump representa una amenaza para el orden liberal internacional. Durante sus 17 meses en el cargo, el presidente Trump abandonó el acuerdo de cambio climático de París, el acuerdo nuclear con Irán y la UNESCO, y desmanteló décadas de comercio global basado en reglas y relaciones transatlánticas estratégicas con Europa. Trump busca reemplazar intereses atlánticos por intereses norteamericanos, reglas por poder, y multilateralismo por bilateralismo. Si prevalece el trumpismo, EEUU y Europa perderán y ganará Rusia haciendo realidad el sueño de Stalin: una Europa sin protección estadounidense que se vería obligada a subordinarse al Kremlin.

La cumbre de la OTAN que comienza hoy será decisiva, porque los problemas reales de la Alianza no tienen que ver solo con el gasto militar o con el rumbo de la organización, sino con la propia identidad de la Alianza. Sencillamente, la alianza transatlántica no existiría sin la OTAN; la OTAN no existiría sin una visión común de la UE y EEUU. El interés relativo que Trump muestra por la Alianza y su ausencia total de interés por el orden liberal internacional que la OTAN sostiene, puede que no arruinen esta cumbre concreta, pero acaso la relación transatlántica salga de ella fatalmente deteriorada.

Mira Milosevich es investigadora principal de Real Instituto Elcano y autora de Breve historia de la Revolución rusa (Galaxia Gutenberg .

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