Una crisis que Rusia no quería / Russia Never Wanted a War

Por Mijaíl Gorbachov, ex presidente de la URSS y premio Nobel de la Paz. Traducción: Toni Tobella (EL PERIÓDICO/THE NEW YORK TIMES, 24/08/08):

La fase aguda de la crisis provocada por el asalto de las fuerzas georgianas sobre Tsjinvali, la capital de Osetia del Sur, ya quedó atrás. Pero aún duele. ¿Cómo puede uno borrar del recuerdo las horripilantes escenas del ataque nocturno con cohetes sobre una ciudad pacífica, la destrucción de bloques de pisos enteros, la muerte de gente que se refugiaba en sótanos, la destrucción bárbara de antiguos monumentos y tumbas ancestrales?
Rusia no quería esta crisis. El Gobierno ruso mantiene una posición suficientemente fuerte a nivel doméstico; no necesitaba “una pequeña guerra victoriosa”. Rusia se vio arrastrada a la lucha por la imprudencia del presidente georgiano, Mijaíl Saakashvili, quien no se hubiera atrevido a atacar sin apoyo externo. Rusia no podía permitirse no actuar.
La decisión del presidente ruso, Dmitri Medvédev, de poner fin a las hostilidades fue la decisión correcta de un dirigente responsable. Si alguien esperaba confusión desde Moscú, se llevó un chasco. El presidente ruso actuó con calma, seguridad y firmeza.
Los que planificaron esta campaña es evidente que buscaban asegurar que se culpara a Rusia de empeorar la situación en la región y en el mundo, independientemente del resultado de la campaña. Con su ayuda, Occidente montaría un ataque propagandístico contra Rusia, especialmente en los medios norteamericanos.
No ha habido nada justo ni equilibrado en la cobertura de esos medios, especialmente durante los primeros días de la crisis. Tsjinvali ya estaba en ruinas humeantes y miles de personas huían de la ciudad, y aún no había rastro de tropas rusas, pero a Rusia ya se la acusaba de agresión, repitiéndose las mentiras descaradas de un envalentonado líder georgiano.
No está aún muy claro si Occidente estaba al día de los planes de Saakashvili, y este es un tema serio. Lo que sí está claro es que el apoyo occidental en el entrenamiento de las tropas georgianas y los ingentes envíos de armamento han ido empujando a la región hacia la guerra más que hacia la paz. Si esta desventura constituyó una sorpresa para los patronos extranjeros del líder georgiano, el tema aún es peor: daría toda la impresión de ser una historia como la que se cuenta en la película Cortina de humo.
A Saakashvili se le había llenado de adulación por ser un acérrimo aliado de Estados Unidos y un auténtico demócrata, y por ayudar en Irak. Ahora nos toca a todos nosotros, los europeos, y aún más importante, a los civiles inocentes de la región, recoger las piezas del desorden que el mejor amigo de Estados Unidos ha provocado.

QUIENESno corren a juzgar lo que está pasando en el Cáucaso o buscan influencia allí, deberían primero, por lo menos, tener alguna idea sobre las complejidades de esta región. Los osetios viven en Georgia y en Rusia. Es lo mismo en toda la región: es como un tejido de retales de grupos étnicos que viven en proximidad cercana. Por lo tanto, es mejor olvidar cualquier comentario del tipo “esta es nuestra tierra” o “estamos liberando a nuestra patria”. Debemos pensar en la gente que vive en la tierra.
Los problemas del Cáucaso no se pueden solucionar con el uso de la fuerza. Eso se ha intentado más de una vez, y siempre se ha experimentado el efecto bumerán. Lo que se necesita es un acuerdo legalmente vinculante para que no se utilice la fuerza. Saakashvili se negó repetidamente a firmar un acuerdo de esta clase por motivos que ahora han quedado abundantemente claros.
Occidente haría algo bueno si ayudara a conseguir dicho acuerdo ahora. Si, en cambio, Occidente optara por culpar a Rusia y rearmar a Georgia, tal y como sugieren algunos funcionarios de Estados Unidos, una nueva crisis parecería inevitable. Si ese fuera el caso, entonces habría que esperar lo peor.

ÚLTIMAMENTE, la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, y el presidente George Bush han estado prometiendo que aislarán a Rusia. Algunos políticos norteamericanos han amenazado con expulsarla del grupo de los principales países industrializados, el G-8, suprimir el consejo OTAN-Rusia, o forzar su no admisión en la Organización Mundial de Comercio.
Son amenazas vacías. Durante algún tiempo, los rusos se están preguntando: si nuestra opinión no cuenta para nada en aquellas instituciones internacionales, ¿para qué las necesitamos? ¿Para sentarnos a una mesa de banquete muy bien arreglada y escuchar conferencias?
Es cierto que hace tiempo que a Rusia se le ha dicho que sencillamente acepte los hechos. Y aquí tienen ustedes la independencia de Kosovo. Aquí tienen la derogación del tratado ABM y la decisión de colocar defensas de misiles en países vecinos. Aquí tienen la incesante expansión de la OTAN. Y de fondo, las dulces promesas de asociación. ¿A quién le haría gracia una farsa de este estilo?

SE HABLA mucho ahora en Estados Unidos de “reconsiderar” las relaciones con Rusia. Voy a sugerir algo que definitivamente debería ser reconsiderado: el hábito de hablar con Rusia de una forma condescendiente, sin considerar sus posiciones e intereses. Nuestros dos países podrían desarrollar una agenda seria de auténtica –y no simbólica– cooperación. Creo que muchos norteamericanos, así como rusos, entienden la necesidad de esto, pero ¿y los líderes políticos?
Hace poco se formó una comisión bipartita, presidida por el antiguo senador Gary Hart y el senador Chuck Hagel, para estudiar las relaciones ruso-americanas. Incluye a gente seria, y a juzgar por el primer anuncio de la comisión, entienden la importancia de Rusia y de trabajar constructivamente con ella.
El mandato de la comisión especifica que presentará “recomendaciones de acciones políticas para una nueva Administración, para que progresen los intereses nacionales de Estados Unidos en sus relaciones con Rusia”. Si este es el único objetivo, entonces dudo de que salga alguna cosa buena de ella. Pero si también está dispuesta a considerar los intereses del otro bando y de los que atañen a la seguridad común, se podría abrir una vía para reconstruir la confianza y empezar a trabajar conjuntamente.

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The acute phase of the crisis provoked by the Georgian forces’ assault on Tskhinvali, the capital of South Ossetia, is now behind us. But how can one erase from memory the horrifying scenes of the nighttime rocket attack on a peaceful town, the razing of entire city blocks, the deaths of people taking cover in basements, the destruction of ancient monuments and ancestral graves?

Russia did not want this crisis. The Russian leadership is in a strong enough position domestically; it did not need a little victorious war. Russia was dragged into the fray by the recklessness of the Georgian president, Mikheil Saakashvili. He would not have dared to attack without outside support. Once he did, Russia could not afford inaction.

The decision by the Russian president, Dmitri Medvedev, to now cease hostilities was the right move by a responsible leader. The Russian president acted calmly, confidently and firmly. Anyone who expected confusion in Moscow was disappointed.

The planners of this campaign clearly wanted to make sure that, whatever the outcome, Russia would be blamed for worsening the situation. The West then mounted a propaganda attack against Russia, with the American news media leading the way.

The news coverage has been far from fair and balanced, especially during the first days of the crisis. Tskhinvali was in smoking ruins and thousands of people were fleeing — before any Russian troops arrived. Yet Russia was already being accused of aggression; news reports were often an embarrassing recitation of the Georgian leader’s deceptive statements.

It is still not quite clear whether the West was aware of Mr. Saakashvili’s plans to invade South Ossetia, and this is a serious matter. What is clear is that Western assistance in training Georgian troops and shipping large supplies of arms had been pushing the region toward war rather than peace.

If this military misadventure was a surprise for the Georgian leader’s foreign patrons, so much the worse. It looks like a classic wag-the-dog story.

Mr. Saakashvili had been lavished with praise for being a staunch American ally and a real democrat — and for helping out in Iraq. Now America’s friend has wrought disorder, and all of us — the Europeans and, most important, the region’s innocent civilians — must pick up the pieces.

Those who rush to judgment on what’s happening in the Caucasus, or those who seek influence there, should first have at least some idea of this region’s complexities. The Ossetians live both in Georgia and in Russia. The region is a patchwork of ethnic groups living in close proximity. Therefore, all talk of “this is our land,” “we are liberating our land,” is meaningless. We must think about the people who live on the land.

The problems of the Caucasus region cannot be solved by force. That has been tried more than once in the past two decades, and it has always boomeranged.

What is needed is a legally binding agreement not to use force. Mr. Saakashvili has repeatedly refused to sign such an agreement, for reasons that have now become abundantly clear.

The West would be wise to help achieve such an agreement now. If, instead, it chooses to blame Russia and re-arm Georgia, as American officials are suggesting, a new crisis will be inevitable. In that case, expect the worst.

In recent days, Secretary of State Condoleezza Rice and President Bush have been promising to isolate Russia. Some American politicians have threatened to expel it from the Group of 8 industrialized nations, to abolish the NATO-Russia Council and to keep Russia out of the World Trade Organization.

These are empty threats. For some time now, Russians have been wondering: If our opinion counts for nothing in those institutions, do we really need them? Just to sit at the nicely set dinner table and listen to lectures?

Indeed, Russia has long been told to simply accept the facts. Here’s the independence of Kosovo for you. Here’s the abrogation of the Antiballistic Missile Treaty, and the American decision to place missile defenses in neighboring countries. Here’s the unending expansion of NATO. All of these moves have been set against the backdrop of sweet talk about partnership. Why would anyone put up with such a charade?

There is much talk now in the United States about rethinking relations with Russia. One thing that should definitely be rethought: the habit of talking to Russia in a condescending way, without regard for its positions and interests.

Our two countries could develop a serious agenda for genuine, rather than token, cooperation. Many Americans, as well as Russians, understand the need for this. But is the same true of the political leaders?

A bipartisan commission led by Senator Chuck Hagel and former Senator Gary Hart has recently been established at Harvard to report on American-Russian relations to Congress and the next president. It includes serious people, and, judging by the commission’s early statements, its members understand the importance of Russia and the importance of constructive bilateral relations.

But the members of this commission should be careful. Their mandate is to present “policy recommendations for a new administration to advance America’s national interests in relations with Russia.” If that alone is the goal, then I doubt that much good will come out of it. If, however, the commission is ready to also consider the interests of the other side and of common security, it may actually help rebuild trust between Russia and the United States and allow them to start doing useful work together.