Una cuestión alemana

¿Cómo fue posible? Ha sido esta pregunta el mayor y más trágico reproche moral que jamás se ha hecho a una sociedad. Ha sido sin duda la pregunta suprema a una comunidad humana. De tan profundo calado histórico que entra en lo metafísico. Nos acompaña desde 1945. Cuando ya todo el mundo supo lo que había sucedido en la Europa ocupada por Alemania. ¿Cómo fue posible que seres humanos civilizados, de una de las grandes naciones de cultura por todos respetada, fueran capaces de concebir y ejecutar aquellos crímenes apenas imaginables? Se ha buscado respuesta a la hoy incomprensible aceptación internacional de aquel régimen nacionalsocialista dirigido por Adolf Hitler. Escandaliza hoy la contribución entusiasta de todos los países del mundo al inmenso éxito que para Hitler supusieron los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Que se celebraron dos años después de la aprobación de las Leyes de Nuremberg que despojaban a los judíos de todos los derechos de ciudadanía. Todavía no se enviaba a los judíos a campos de exterminio en vagones de ganado. Pero el Reich les negaba ya la dignidad de persona. Hasta el estallido de la guerra, la mayor parte de la Comunidad Internacional mantuvo sus relaciones diplomáticas y comerciales con Berlín. Aunque anexionara Austria y los Sudetes. Aunque el 9 de noviembre de 1938 en la Reichskristallnacht (la noche de los cristales rotos) organizara Alemania el primer pogromo oficial de la era moderna. Era difícil encontrar a alguien que quisiera pagar el precio de no vender y no comprar a Alemania. Con lo buena pagadora que era. Nadie quería imponer sanciones. Lo importante era dialogar, se decía. Lo decían las empresas de todo el mundo que participaban en el milagro alemán. Lo decían los cosmopolitas liberales que elogiaban el orden y el progreso en las calles de Berlín o Múnich tras el desorden y el caos de la República de Weimar. Y lo decían los gobiernos que apostaban por aplacar a Hitler con concesiones, convencidos de que habría de saciarse. Todos se equivocaron. Y no porque Hitler ocultara sus intenciones y sus exigencias insaciables. «Denn heute gehört uns Deutschland, und morgen die ganze Welt» (Porque hoy nos pertenece Alemania y mañana el mundo entero) cantan los niños de las Juventudes Hitlerianas (HJ) en la cervecería en la escena inolvidable de la película «Cabaret» de Bob Fosse. Frente a esta reafirmación de la propia fuerza y ambición, las democracias se escondían en su esfuerzo por minimizar daños. En su desesperada huida ante el conflicto, en busca de migajas de paz de la benevolencia del tirano. Aquello acabó como acabó: con el humo de las chimeneas oscureciendo el cielo y cubriendo los campos del continente con cenizas humanas. De ahí que la pregunta ¿Cómo fue posible? es la piedra angular de la conciencia democrática civilizada moderna. Que debe estar en permanente alerta de acuerdo con el mandato de aquella frase de Theodor Adorno: «Wehret den Anfängen» (Combatid sus comienzos). Hay que combatir al monstruo totalitario en su estado embrionario. Después es tarde. La Rusia de Putin no es la Alemania de Hitler. Pero sus actos se van pareciendo.

Toda la Comunidad Internacional fue culpable de aquel terrible error moral y político. Pero fue Alemania quien cargó, por lógica, con el peso de la trágica historia y del crimen colosal que de aquel error surgió. La responsabilidad y obligación histórica es por ello total para con la primera víctima, el pueblo judío. Y por ello con el Estado de Israel. Pero también es inmenso su deber, y se olvida con frecuencia, hacia las naciones de Europa central y oriental. Porque Alemania convirtió su tierra en un infierno durante la guerra. Y porque, debido a aquella contienda infernal, todos ellos sufrieron después otros cuarenta años de bárbara dictadura comunista. Tiene razón el presidente de Polonia, Bronislaw Komorowski, cuando advierte con severidad a Berlín de la gravísima irresponsabilidad en que incurre con su débil y ambigua postura ante las tropelías de Vladimir Putin contra el derecho internacional, contra sus vecinos, contra la paz en la región y los derechos humanos. Aún está fresca la tinta del pacto de los ministros Joachim von Ribbentropp y Viacheslav Molotov de agosto de 1939. Aunque mucha Europa sea hoy una sociedad infantilizada, cada vez más desarraigada culturalmente, frívola, vacua y materialista hasta la náusea y solo atenta a la nómina, al fútbol y a Conchita Wurst, hay otra parte de Europa que sabe lo que vale la libertad, lo fácil que es perderla, lo inútil que es llorarla y la sangre que cuesta conquistarla. Y toda Europa central y oriental tiene derecho a exigir a Alemania su especial implicación en la defensa de los derechos de estas naciones a elegir su propio camino en libertad y al abrigo de las amenazas del totalitarismo. Por eso resulta insufrible la impresión de que, una vez más, Berlín y Moscú negocian y pactan su bien común por encima de la suerte y los derechos de sus vecinos. Es lo que parece, vista de la falta de diligencia del Gobierno de Angela Merkel en liderar el establecimiento real de sanciones a Rusia. Como su falta de energía para hacer frente a los grupos de presión alemanes que intentan dejar las sanciones en farsa.

El día 22 de mayo comienza la Cumbre Económica de San Petersburgo, la feria de vanidades políticas, financieras y empresariales considerada el «Davos ruso», una criatura de Putin. Merkel no acudirá, lógicamente. Otros políticos con vergüenza tampoco. Pero no hay ni una gran empresa alemana que haya cancelado su asistencia. Como una mayoría de alemanes, las empresas parecen coincidir en que sus intereses son los de Putin. Habrá tiempo de hablar del peligro que alberga la sempiterna tentación neutralista alemana, ese eterno vaivén del alma germana entre oeste y este, entre países de frontera y países de horizonte, el eterno dilema entre la razón y el sentimiento, que subyace a las simpatías por Vladimir Putin. Hoy se trata de la responsabilidad especial concreta que Alemania tiene con una Europa oriental cuya seguridad depende de su firmeza. A quienes debe millones de muertos y muchos millones de tristes vidas humanas sufridas y consumidas bajo la dictadura comunista por culpa alemana. ¿Será posible que otra tiranía de nuevo tipo se abata sobre Europa oriental con la complicidad de Alemania? Un cuarto de siglo después de que Alemania lograra su reunificación gracias a la valentía de Polonia. ¿Traicionará Alemania, una vez más, a Polonia, cuyo territorio queda bajo permanente amenaza si Rusia arrolla y devora Ucrania?

Una de las páginas más vergonzosas habidas en la política alemana en décadas la ha escrito el que fuera su canciller, Gerhard Schröder. Todo el mundo quedó estupefacto cuando Schröder aceptó un altísimo cargo en la industria petrolera rusa, tan solo días después de abandonar la cancillería. Su Gobierno había sido el promotor del gasoducto por el mar del Norte entre Rusia y Alemania que dejaba al margen a los países del este de Europa. Schröder pasó a presidir la compañía explotadora. Desde entonces defiende con vehemencia la política de Putin, en Osetia, en Abjasia, en Chechenia. Contra la oposición, los homosexuales o los ucranianos. Hoy todo el mundo sabe que es un empleado de Putin. Lo que no sabe nadie con seguridad es cuándo comenzó a serlo. Alemania, es la cabeza de la UE. Por su pasado y por su futuro, debe liderar el compromiso moral y político de la UE en esta crisis. La cercanía geográfica a Rusia no puede ser una condena perpetua a la tiranía y a la miseria. El Gobierno de Berlín tiene que dar claras señales de que no permitirá la vergüenza de que Alemania, como nación y Estado, caiga al abismo moral de cuyo fondo ya no podrá escapar el que fuera su canciller, Gerhard Schröder.

Hermann Tertsch, periodista.

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