Una cultura de convicciones

Poco después de publicar Herejes, Chesterton quiso completar su ataque al escepticismo y al ateísmo con la presentación de los principios en que se fundamentaba su postura. Ortodoxia nació, así, como respuesta a un desafío y como propósito de honrada simetría: a la crítica había de sumarse la alternativa, a la denuncia debía acompañar la propuesta. No se trataba sólo de definir el error, sino también de poner de manifiesto la verdad. La reflexión del ensayista católico alberga, sin duda, preocupaciones que no se refieren solamente a una cuestión de fe. Permite una reivindicación de las ideas en tiempos de relativismo, una defensa de las convicciones en momentos de indiferencia. Chesterton afirmaba la necesidad de ser modestos al considerar nuestras fuerzas, y la obligación de ser ambiciosos al preservar nuestros objetivos. Una actitud contraria a la más frecuente en nuestros días cuando se ha llegado a aceptar que toda ideología es patrimonio del radicalismo y cuando a la arrogancia fanática de las emociones sólo quiere responderse con la humilde renuncia a toda convicción. Cuando los debates que exasperan nuestras tertulias, enardecen nuestras tribunas y llegan a excitar la atmósfera parlamentaria no parecen referirse a ideología alguna.

El que Camus llamó siglo del miedo proyectó sobre las generaciones posteriores a la barbarie fascista y estalinista un sano recelo ante el radicalismo político y un comprensible temor a ideologías que justificaban el desprecio a la libertad individual y el envilecimiento de las sociedades bajo liderazgos mesiánicos y regímenes totalitarios. Pero la reconstrucción de Europa no se realizó sobre la debilidad de la razón política o sobre un liviano eclecticismo que enturbiara los principios inspiradores de la cultura occidental. Quiso hacerse sobre la defensa de la libertad personal frente a la razón de Estado, sobre la prudencia política frente al desdichado prestigio del heroísmo trágico. La rectitud moral fue más importante que la impresión estética para poner las bases de nuestra convivencia. El respeto a la vida y a la dignidad de los otros se convirtió en algo más que una norma. Era un modo de vivir que había aprendido la dura lección de la tiranía y el dogmatismo. Tras el drama que puso en peligro nuestra civilización, aprendimos a ser humildes en el sentido más hondo de la palabra. Pusimos nuestra modestia al nivel de nuestras fuerzas, y colocamos nuestra ambición a la prudente altura de nuestros ideales.

La Europa que brotó de la catástrofe no careció de convicciones, sino que las levantó sobre el legítimo orgullo de la moderación. Tenía, desde luego, ideas alternativas a las creencias que habían puesto nuestra civilización al borde del exterminio. De las cenizas de Auschwitz, de las noticias del Gulag, del infame recuerdo del fanatismo y de la humillante memoria de la inmoralidad, surgió el reencuentro con los factores permanentes de una civilización que se había ido edificando a lo largo de los siglos, sobre los principios de la cultura clásica, sobre la fuerza liberadora del cristianismo, sobre la razón humanista de la Ilustración y sobre la declaración de los derechos políticos del liberalismo.

Europa se encaminó hacia un futuro de prosperidad y libertad sabiendo que nuestra cultura se sostendría sobre el doble andamiaje del respeto a las ideas democráticas y la firmeza de los principios de cada uno. El liberalismo, la democracia cristiana y la socialdemocracia crearon el recinto político de esta reconstrucción moral, en la que Europa recuperó la dignidad de creer, despreciando aquellas efusiones sentimentales que habían confundido el orgullo de una convicción con la liturgia deshumanizadora de la idolatría. Si la defensa de los derechos sociales dejó de ser coartada del totalitarismo comunista, la conciencia de pertenecer a una nación abandonó el desvarío del nacionalismo.

En esas condiciones pudo alcanzar su plenitud la confianza en nuestra cultura, contemplada como una larga herencia, una compleja tradición que rescataba sus mejores instrumentos para devolver al hombre su lugar en la historia, para consagrar definitivamente su integridad como persona, su libertad esencial y sus derechos de ciudadanía. En esos tiempos brotaron los grandes proyectos, la seguridad de vivir en un mundo mejor, las ilusiones del progreso, el pragmático equilibrio entre la realidad y el deseo, mientras los liderazgos que dieron perfil a una época daban a los europeos una conciencia fundamental de sí mismos. Nadie puede señalar que De Gaulle, Churchill, De Gasperi o Adenauer carecieran de una ideología precisa. Nadie puede pensar que Schmidt, Mendes-France, Wilson o Saragat consideraran que sus principios no pasaban de ser una cuestión accidental. Los europeos creían en sí mismos porque eran fieles a sus convicciones y tenían el ejemplar liderazgo de dirigentes para quienes las ideas constituían la materia con la que se construían la cohesión social y la convivencia política. Porque en esos principios se basaban, entre otras cosas, el derecho a ejercer el gobierno, la aspiración a representar los sueños de una nación y la voluntad de encarnar el espíritu de un continente.

Quizás aquel periodo de seguridad prolongada hizo que perdiéramos la tensión intelectual que se nos exige. La crisis que estamos viviendo no se limita al pavoroso desorden de nuestro sistema financiero o a la ruptura de un modelo de crecimiento económico. Sufrimos también las consecuencias de una pérdida de pulso moral, de una relajación de nuestro vigor político, de una quiebra de nuestra conciencia de civilización, que ha tenido su expresión más clara en el aplauso al relativismo, en la ironía ante los principios, en el sarcasmo ante las ideas. Desde un momento de peligro, brilla la conciencia de una civilización que supimos construir en los momentos más sombríos del siglo XX. Una civilización que sólo se respeta a sí misma porque da validez al pensamiento, porque distingue entre convicción y fanatismo, porque es capaz de invocar una verdad.

Un deleznable complejo de inferioridad intelectual parece habernos hecho olvidar las lecciones que habrían de ser nuestra más valiosa herencia en estos tiempos en que de nuevo asoma la estúpida soberbia del radicalismo. La moderación liberal, la defensa de la democracia, la preservación de una nación de ciudadanos, el resguardo de los valores universales de la cultura europea, el reconocimiento de una tradición humanista y la voluntad de mantener sus principios fundacionales son el único modo de enfrentarnos a los fantasmas del pasado que se empeñan en adquirir actualidad. Al nacionalismo, al populismo y a las pretenciosas variables de una movilización antisistema no se les puede oponer la modestia de un punto de vista o la humildad de una opinión. En nuestra respuesta a estos desafíos debe asomar algo distinto al escepticismo y algo mejor que la mera voluntad de un diálogo vacío. Debe erguirse la conciencia de una nación construida sobre sus ideas, edificada sobre su reflexiva vitalidad, capaz de levantar sus convicciones frente a la liturgia del desorden emocional. Una nación capaz de invocar en su defensa aquellos rasgos esenciales de una civilización que Europa supo salvar hace más de medio siglo.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Dos de mayo, Nación y Libertad.

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