Una cumbre de poca altura

La travesía de un catamarán retransmitida a los cuatro vientos, una exposición de vestidos inspirados en los objetivos de la agenda 2030, edificios iluminados de verde chillón, manifestaciones más o menos festivas, provocativas u horteras, y muchos otros actos lúdicos quizás nos hayan hecho olvidar los auténticos objetivos de esta nueva cumbre del clima. Tampoco ha contribuido a su solemnidad la ausencia de líderes políticos. Si a París acudieron 150 jefes de Estado y de Gobierno, a ésta de Madrid han asistido pocos más de 40. Mientras el entorno de las cumbres tiende a hacerse más y más lúdico, los líderes mundiales parecen desentenderse de estos encuentros.

Ahora que los fastos de Madrid se acaban de manera tristona, con un sentimiento de disgusto por no haber alcanzado un compromiso que esté, ni mínimamente, a la altura de la expectación inicial, quizás sea el momento de hacer balance, de focalizar sobre el meollo del asunto. La verdad es que, muy a pesar de estas mediáticas cumbres, tanto los datos sobre cambio climático –que cada vez son más detallados– como las previsiones para el futuro, siguen empeorando.

El circo alrededor de la cumbre también resta protagonismo a los numerosos datos que no paran de llegar. Pienso que esta conferencia de Madrid debería haber servido para divulgarlos a la población de manera más efectiva. Por ejemplo, un estudio que se acaba de publicar en Nature Climate Change muestra que las emisiones de dióxido de carbono procedentes de la quema de combustibles fósiles han sido, en 2019, 60% más altas que en 1990. Aunque Europa y Estados Unidos están reduciendo sus emisiones de manera significativa, India, China y otros países continúan incrementando las suyas sobrepasando las reducciones de Occidente. El CO2 ha superado una concentración en la atmósfera de 410 partes por millón, esto es, casi un 50% superior a su valor preindustrial. Estos datos muestran que va a costar mucho trabajo evitar que el calentamiento global no supere los dos grados a lo largo del siglo XXI.

Otro estudio publicado hace un par de semanas, también en la misma revista Nature Climate Change, vino a demostrar que las emisiones de óxido nitroso (N2O) han crecido de manera muy sustancial desde 2009 hasta la fecha. Éste es el tercer gas de efecto invernadero más importante (tras el dióxido de carbono y el metano) y uno de los más dañinos de la capa de ozono. El incremento del N2O parece estar causado, además de por la quema de combustibles fósiles, por el gran aumento de la superficie dedicada a cultivos intensivos como el de la soja, lo que viene requiriendo un incremento en el uso de fertilizantes ricos en nitrógeno.

Durante la cumbre en Madrid, el Instituto Germanwatch ha presentado las estimaciones del Índice de Riesgo Climático (IRC) durante el año 2018. Este índice, que mide el nivel de exposición a fenómenos climáticos extremos, alcanzó valores máximos en Japón, Alemania e India por sufrir períodos muy prolongados de calor. España ha pasado del puesto número 47 al puesto 38 del ranking de vulnerabilidad debido a las fuertes lluvias e inundaciones que tuvieron lugar en octubre del año pasado. En términos generales, los valores de este índice muestran que el cambio climático tiene efectos muy desastrosos en países pobres; pero también demuestra que causa daños progresivamente mayores en países industrializados como Japón y Alemania.

Algunos efectos del cambio climático son fáciles de observar a nivel local. Por ejemplo, según datos de la Agencia Estatal de Meteorología, los veranos meteorológicos españoles son ahora cinco semanas más largos (en término medio) que en los años 80 y, además, son más calurosos. En algunos lugares de la Península, el número de noches tropicales, en las que la temperatura mínima supera los 20 grados, se ha multiplicado por un factor cuatro en tan solo unas décadas. La superficie con clima semiárido ha aumentado en España en un área similar a la de Galicia. Y así un largo etcétera.

Hace mucho que los científicos ya no debaten sobre el origen antropogénico de este cambio climático. El debate se centra ahora sobre los modelos numéricos utilizados para prever el clima a largo plazo. Son modelos que consideran procesos físicos extremadamente complejos que han de ser parametrizados y simplificados para que los cálculos sean viables. Y, a partir de los resultados de estos modelos globales, es necesario deducir el comportamiento de la meteorología a nivel local en diferentes emplazamientos del planeta, esto es, hay que descender de escala para extraer conclusiones a nivel regional y local. Las irregularidades del globo terráqueo, del terreno, y múltiples factores sociales y económicos hacen que muchos efectos, como las catástrofes locales (por ejemplo, sequías e inundaciones) y las migraciones masivas, sean difíciles de predecir.

Los climatólogos someten sus métodos a un escrutinio constante y, mediante sus controversias internas, tratan de mejorar los modelos y de afinar en sus predicciones, pero no hay una receta única, hoy por hoy, para predecir el clima futuro. La verdad es que aún no se sabe cuál será el efecto a medio o largo plazo de este calentamiento global. Y, por ello, como reconocía hace unos días en las páginas de este diario el experto alemán Bjorn Stevens, no existen razones objetivas para pensar que hayamos llegado a un punto de no retorno. Stevens también evocaba la necesidad de crear una gran organización intergubernamental que esté dedicada exclusivamente a la predicción climática.

El lema de esta cumbre de Madrid, «Tiempo de actuar», parecía anunciar un paso inminente a la acción, se crearon así, al menos en España, unas expectativas que no eran realistas. Sin embargo, ésta estaba llamada a ser una cumbre de transición en la que tratar de coser los flecos que quedaron pendientes en París, con la diferencia de que esto se ha intentado a un nivel político mucho menor que el alcanzado entonces. Con ésta, van 25 cumbres y seguirán muchas otras. A mi manera de ver, no había ninguna razón especial para suponer que ésta de Madrid tuviese que representar un punto de inflexión especialmente significativo.

Conversaciones, negociaciones, declaraciones de emergencia, hojas de ruta, pero el sentimiento de frustración fue en aumento según avanzaba la semana pasada, cuando el desacuerdo entre diferentes grupos de países se iba haciendo más y más patente. Mientras se desmontaban los tenderetes en Ifema y se recogían los muchos kilos de basura generados, el sábado ya se marchaban numerosos delegados corriendo tras sus aviones –que emitirían las habituales grandes cantidades de CO2– quizás pensando en su próximo viaje a Glasgow en noviembre del año próximo. Es una pena que se hayan dilapidado tantas energías, también las personales. Al final uno tiene la impresión de que todo se redujo a discusiones estériles sobre la manera de contabilizar o maquillar las reducciones, y a ese mercadeo, que a mí me parece algo mezquino, de las emisiones de carbono entre países, mercadeo sobre el que no se pudo llegar a ningún acuerdo.

La ambición climática reiterada por la Presidencia chilena topó con la realidad económica y se quedó en un estancamiento, incluso puede que en una reducción de los objetivos de París. Algunos de los mayores emisores de gases de efecto invernadero (EEUU, China, India y Rusia) no suscribieron ningún plan adicional para disminuir sus emisiones, y el texto final aprobado en la cumbre se limitó a un llamamiento más a que todos los países realicen mayores esfuerzos en la reducción de esa contaminación atmosférica.

En mi opinión, entre toda esta confusión de delegados y observadores sigue faltando el compromiso serio de los 200 países con sus 7.500 millones de habitantes que viajamos apiñados en esta nave espacial llamada Tierra. Para no estrellarnos todos juntos, para conducir a nuestra nave a buen puerto, necesitamos exigir a nuestros líderes que se comprometan seriamente con metas más ambiciosas. Debe abordarse la descarbonización total en un horizonte próximo al año 2050. Y todo esto ha de hacerse siguiendo pautas científicas, de manera realista, huyendo del tremendismo, de las manifestaciones medio circenses y de las declaraciones a menudo desafortunadas de estrellas mediáticas (maduras, jóvenes o infantiles) que enmascaran el auténtico sentido del problema que tenemos ante nosotros.

Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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