Una cumbre demasiado importante para fracasar

Por Kevin Watkins, director del Informe de desarrollo humano 2005 del PNUD, Programa de Desarrollo de la ONU (EL PAIS, 09/09/05):

Martin Luther King comparaba la Constitución norteamericana a un pagaré que ofrecía justicia social e igualdad de oportunidades para todos. Parado frente al monumento a Lincoln en Washington DC hace 42 años decía que él acusaba a sucesivos gobiernos por no ser capaces de cumplir la promesa. “Para los afro-americanos, este pagaré se ha transformado en un cheque sin fondos” y continuaba “nos negamos a creer que la cuenta bancaria de la justicia esté en bancarrota”.

La próxima semana se llevará a cabo en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York la cumbre mundial que reunirá a la mayor cantidad de jefes de Estado y de Gobierno del mundo para discutir sobre otro pagaré. Ese pagaré es la Declaración del Milenio.

La Declaración del Milenio establece el compromiso internacional de acabar con la pobreza. Esta promesa está refrendada por metas cuantificables expresadas en los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM).

Algunas personas cuestionan la validez de las cumbres internacionales, otras cuestionan la validez de los ODM como un marco útil para guiar la cooperación internacional. Estas concepciones están profundamente, incluso peligrosamente, equivocadas. Los flagelos de la extrema pobreza y de las profundas desigualdades representan el desafío ético de nuestro tiempo. En un mundo interdependiente, éstos representan también una amenaza para la seguridad colectiva y la prosperidad. Un imperativo moral, así como el interés propio indican que la Cumbre Mundial de las Naciones Unidas 2005 es demasiado importante para fracasar y que los Objetivos de Desarrollo del Milenio son demasiado importantes para ser desestimados.

Mientras los Gobiernos preparan el documento final de la Cumbre es necesario que se abstengan de negociar cláusula por cláusula y se pongan a reflexionar sobre lo que está en juego. Como lo indica el Informe de desarrollo humano que se publica el 7 de septiembre de 2005, una continuación de las actuales tendencias conducirá a resultados poco esperanzadores.

Tal es el caso de la mortalidad infantil. En el 2015 el mundo estaría cuatro millones de muertes por debajo de la meta. Esto equivale a la población conjunta de Nueva York, Tokio y Londres menor de cinco años. Según la tendencia actual, África subsahariana alcanzaría la meta en el año 2115, es decir, un siglo más tarde.

De manera superficial, la perspectiva de reducir la pobreza a la mitad es más positiva, en gran medida, por el empeño de China e India. Sin embargo, más allá de los datos agregados globales, cuando se mide país por país el panorama es más sombrío: 400 millones de personas seguirían, sin alcanzar los ODM, bajo la línea de pobreza. Y si bien una mirada al objetivo de garantizar educación primaria universal a todos los niños es esperanzadora, bajo las tendencias actuales, 46 millones de niños se quedarían sin ir a la escuela.

Estas proyecciones son basadas en tendencias. Felizmente las tendencias no son el destino. Aún queda tiempo para poner en práctica políticas e invertir recursos para alcanzar los ODM, pero las agujas del reloj marcan su paso y el tiempo se está acortando. Lo que queda claro es que una década de business as usual no permitirá alcanzar los ODM, con las implicaciones que esto tiene en términos de sufrimiento humano.

Sería poco realista esperar que una reunión internacional de esta naturaleza produzca un plan de acción para acelerar el avance hacia el logro de los ODM. Sin embargo, es importante que los participantes aprovechen la oportunidad que tienen para profundizar la agenda anti-pobreza. Una declaración sustantiva puede marcar el inicio de una década por el desarrollo y hacer los ODM alcanzables.

De la misma manera, si la reunión de jefes de Estado y de Gobierno produce un comunicado desprovisto de contenido sustantivo se enviará al mundo una señal equivocada. Un resultado de esa naturaleza dejará a los gobiernos nadando contra corrientes de gran presión pública como la campaña “convirtiendo a la pobreza en historia”.

Entonces, ¿qué puede hacer la Cumbre Mundial de las Naciones Unidas para recuperar el curso deseado?

Para comenzar, fortalecer el impulso generado en la reunión del G-8. En la reunión de julio en Gleneagles, los países ricos del mundo se reunieron con líderes de África para definir medidas decisivas de incremento de la ayuda al desarrollo y reducción de la deuda externa.

El comercio internacional representa un desafío más grande. Cuatro años después, las negociaciones de la Ronda de Desarrollo de Doha de la Organización Mundial del Comercio (OMC) no avanzan. El problema es: los países ricos están pidiendo mucho y dando muy poco. Algunos de los países más pobres se enfrentan a barreras más altas en el comercio con los países ricos, los subsidios agrícolas están subiendo y los países pobres se ven presionados a aplicar acuerdos sobre inversión, propiedad intelectual y liberalización que pueden comprometer sus esfuerzos de reducción de pobreza.

A menos que se produzcan cambios, la reunión ministerial programada para diciembre de este año fracasará. Un resultado con consecuencias devastadoras para la legitimidad del sistema multilateral de normas.

La agricultura es una prioridad. Actualmente los Gobiernos del norte gastan mil millones de dólares por año en ayuda al desarrollo rural de países pobres y la misma cifra por día en subsidios a sus propios productores agrícolas. Estos subsidios, sumados a las altas tarifas de importación, son indefendibles. Sistemáticamente perjudican a productores pequeños de países en desarrollo en mercados globales e incluso en mercados locales, al bajar los precios, cerrar oportunidades y reforzar la pobreza.

Las potencias subsidiadoras de la Unión Europea y de los Estados Unidos podrían usar la Cumbre de las Naciones Unidas para mandar una señal clara a la Ronda de Doha. El primer ministro británico, Tony Blair ya hizo un llamamiento para eliminar los subsidios a las exportaciones en un plazo de cinco años. Complementado por un compromiso de hacer recortes más profundos de soportes y tarifas, éste puede ser un cambio en el ambiente de funeral de la OMC y así desbloquear el proceso de negociación en otras áreas.

La seguridad es otra área de acción prioritaria. Los conflictos violentos continúan siendo una de las más poderosas barreras para alcanzar los ODM, ya que el mundo carece de una estructura institucional capaz de integrar la prevención de conflictos, el mantenimiento de la paz y la reconstrucción postconflicto. Ésa es la razón por la cual el secretario general ha dado prioridad al establecimiento de una nueva Comisión de Construcción de Paz y la razón por la que la cumbre debe respaldar, sin ambigüedades, el principio de la “responsabilidad de proteger” a las poblaciones vulnerables.

Finalmente, la cumbre de la próxima semana es sobre algo más que los ODM y la propia reforma de las Naciones Unidas. Hace cinco años, los líderes del mundo hicieron una promesa a sus ciudadanos más vulnerables. Si no podemos trabajar conjuntamente como comunidad global para mantener esta promesa, ¿qué esperanza podemos tener de afrontar las serias amenazas que plantean el cambio climático, la proliferación de armas nucleares, las epidemias y el terrorismo internacional?

El unilateralismo no es una verdadera alternativa, ni aun para los países más poderosos. No hay otra alternativa que la cooperación internacional basada en normas si deseamos construir un mundo más estable, más seguro y menos dividido. La cumbre de las Naciones Unidas es una prueba ácida para el compromiso de la cooperación internacional. La cumbre es muy importante como para arriesgar un fracaso. Es por ello, que necesitamos asegurarnos que los ODM, como pagaré, no vengan con un sello que diga “sin fondos”.