Una de cal y otra de arena

El verdadero título de estas palabras debería haber sido Simulacro de arrepentimiento de quien fue presidente del Gobierno de España, que si no llevo a la cabecera es porque en el periódico me dicen que no cabe. De todas formas, creo que el finalmente elegido tampoco está mal, por lo que seguidamente se dirá.

El tiempo corre tan deprisa que es imposible tomarle el pulso. Sin embargo, el hombre debe recordar y abrir la espita a las miasmas de su conciencia. Estas reflexiones que Camilo José Cela me hizo una noche, para mí inolvidable, vienen a cuento de dos noticias relacionadas con sucesos acaecidos en los años 80 y que tuvieron que ver con los crímenes cometidos por individuos pertenecientes a instituciones del Gobierno de entonces. Una, la sentencia pronunciada el pasado 2 de noviembre por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) que respalda la actuación de la Justicia española en el asunto del secuestro, tortura y asesinatos de los jóvenes José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala. Otra, las declaraciones que, acerca de ese terrorismo de Estado, el ex presidente del Gobierno Felipe González hizo hace una semana.

– Por favor, un sacerdote.

– Los hijos de puta como tú, por no merecer, no merecéis ni un cura antes de morir.

Dicen que éstas fueron las últimas palabras que intercambiaron José Ignacio Zabala y quien instantes después le pegó dos tiros en la cabeza, realizados a cañón tocante. Se pueden leer en los hechos probados de la sentencia que condenó a los responsables de tan terribles delitos. La sentencia declara también que antes de darles muerte, Lasa y Zabala fueron secuestrados y torturados en el Palacio de la Cumbre, de San Sebastián, antigua sede de la Delegación del Gobierno y que después de muertos, «(…) los cuerpos de Lasa y Zabala, sin ropa, aún amordazados y con unas vendas fueron arrojados a una fosa que sus autores habían preparado y los cubrieron con tierra y con más de 50 kilos de cal viva con el fin de que sus restos desapareciesen (…)».

Han pasado muchos años, más de 23, desde que ocurrieron los hechos hasta que el TEDH ha pronunciado la última palabra. Debe reconocerse que la duración del proceso ha sido algo excesiva, pero téngase en cuenta que en el camino las dificultades fueron numerosas; tantas como intentos de blindaje de los acusados, leyes de doble canto, papeles secretos, algún juez y fiscal dubitativos, testigos masacrados, negativas de ayuda a la justicia o turbias solidaridades de sectores políticos y sociales, sin faltar algunos medios de comunicación.

A estas alturas, si esa y otras decisiones judiciales reconfortan es porque han demostrado que la vía del terror desde el Estado fue un completo disparate y, probablemente y hasta ahora, la peor enfermedad de nuestra democracia. El drama del terrorismo de Estado en España -más apropiado sería decir «terrorismo desde el Gobierno»-, con sus autores, cómplices y encubridores y sus víctimas sembradas con muy violenta indiscriminación, no fue una película de buenos y malos en la que estaban en juego el estado de necesidad o la legítima defensa. Mientras esto no se entienda así, seguiremos siempre en las mismas posiciones que lo hicieron posible.

Decía Borges que, después de leer a Dostoievski, ya se podía saber cuánto es capaz de hacer el ser humano: desde robar a matar, pasando por la tortura; y todo con disculpas tan convincentes como la sinceridad, el desprendimiento y hasta la caridad. Aunque con menos autoridad que el genio argentino, creo que después de conocer algunos episodios del GAL se puede saber que el Estado es capaz de cometer gravísimos crímenes y, además, con la agravante de justificar cada delito con la excusa de que se hace un favor a la ciudadanía. Quienes pudieron pensar cosas como éstas y algunos hay todavía que lo hacen, o que el fin justifica los medios o que puesto que la razón les asistía, todo valía, amén de olvidar que la violencia no debe llamar a la violencia o que por el crimen ajeno sólo cabe sentir lástima, están obligados a saber que lo que hacían era destruir la democracia y de paso dar alas a ETA. Una sola víctima de la organización terrorista lograda por los mismos procedimientos utilizados por la banda, convirtió a los autores de esos crímenes en auténticos forajidos y violadores de todo el sistema democrático. El asunto de los GAL no fue una cuestión de razón sino una burda coartada para el crimen y quienes no piensan de este modo ignoran que en democracia la razón de la Justicia es superior a la razón de Estado.

Esta sinrazón es la que el ex presidente del Gobierno parece que defiende en la entrevista publicada en el diario El País el domingo 7 de noviembre. Ha venido a decirnos que asume comportarse con los criminales de ETA como ellos se portaban, es decir, con extrema violencia. No; rotundamente, no. La última razón para el crimen no asiste a nadie. La ley del talión, sobre inmoral, jamás fue eficaz y nunca sirvió de consuelo sino para espíritus muy elementales. Las palabras de Felipe González me traen a la cabeza el pensamiento del florentino Maquiavelo cuando defendía que el político no está sometido a la hipoteca de una conciencia recta. «No está el político a los pies de la moral sino viceversa», afirmaba. De ahí que Pedro J., en su carta del domingo pasado, haciendo el contrapunto a Pedro Cuartango -maravillosa columna la suya de Crimen sin castigo-, sostenga la tesis de que las declaraciones de Felipe González no son «el preámbulo de una confesión en toda regla, pues es demasiado orgulloso para eso, y que se limitará a sugerir una y otra vez que no es que todo lo que él ordenaba fuera legal, sino que todo era legal -o podía serlo- porque él lo ordenaba».

En las siempre enriquecedoras páginas del Persiles, Cervantes nos alecciona de que el arrepentimiento es la mejor medicina que tienen las enfermedades del alma. A lo que se ve, Felipe González no ha querido vaciar el rincón oscuro de su memoria ni arrepentirse de nada. No ha querido arrepentirse de haber dejado pasar los años guardando silencio. No ha querido arrepentirse de que el 23 de junio de 1998, al declarar ante el Tribunal Supremo, no dijo verdad. No ha querido arrepentirse de que al ensalzar a quienes fueron condenados en firme, apoya comportamientos execrables. Desconozco los motivos de su conducta, pero de lo que sí estoy seguro es que, aparte de que apestan a distancia, su inesperada comparecencia pública ha perturbado muchas sanas conciencias de gente de su partido.

Para mí tengo que el ex presidente del Gobierno se equivocó cuando concedió esa entrevista y que con sus afirmaciones demuestra haberse creído demasiado a pies juntillas la idea de Ovidio de que el tiempo todo lo devora. Creo que en su caso lo único que el tiempo ha devorado es buena parte del prestigio que pudiera quedarle y se me ocurre que a lo mejor hubiera sido más rentable haber hecho como Mussolini hizo a raíz del asesinato del diputado socialista Matteotti, cuando públicamente dijo: «Declaro aquí, ante la mirada del pueblo italiano que asumo yo, yo solo, la responsabilidad política, moral e histórica de todo cuanto ha sucedido. Si el fascismo ha sido una asociación para delinquir, yo soy el jefe de esa asociación».

No obstante, entiendo que el error cometido por Felipe González tal vez tenga arreglo. Yo no soy nadie para dar consejos a nadie, pero si fuera él y sus circunstancias, cogería la pluma o me pondría delante del ordenador y escribiría algo que comenzara así: «Como desgraciadamente no se me oculta que mi recuerdo más ha de tener de maldito que de cosa alguna, y como quiero descargar, en lo que pueda, mi conciencia con esta pública confesión, que no es poca penitencia, es por lo que me he inclinado a relatar algo de lo que me acuerdo…». Luego, sin levantar mano, o sea, de corrido, contaría todo lo que sabe y recuerda, pues, al fin y al cabo, el instituto de la prescripción habría de favorecerle. Y concluiría, más o menos, de esta guisa: «Nunca fue la memoria mi punto fuerte, y sé que es muy probable que me haya olvidado de muchas cosas incluso interesantes, pero a pesar de ello me he metido a contar aquella parte que no quiso borrárseme de la cabeza y que la mano no se resiste a trazar sobre el papel, porque otra parte hubo que al intentar contarla sentía tan grandes arcadas en el alma que preferí callármela y ahora olvidarla…».

En fin. «No creo que sea pecado contar barbaridades de las que uno está arrepentido… Hay ocasiones en las que duele contar punto por punto los detalles, grandes o pequeños…, pero, como para compensar, momentos hay también en que con ello se goza con el más honesto de los gozares, quizá por eso de que al contarlo tan alejado se encuentra uno de todo lo pasado como si lo contase de oídas y de algún desconocido…»

Estoy seguro de que el lector se habrá dado cuenta de que estos fragmentos pertenecen a La familia de Pascual Duarte. Los he elegido porque pienso que si el ex presidente del Gobierno escribiese algo parecido a esto, después de relatar todo lo que pasó con los GAL, sentiría cierto descanso y la conciencia le atormentaría menos.

Javier Gómez de Liaño, abogado y magistrado excedente.