Una década de autoritarismo en el horizonte

Por Leonid Sedov, sociólogo del Centro de Estudio de la Opinión Pública de Rusia (EL PAIS, 06/12/03):

El 7 de diciembre los rusos tendrán que elegir su Parlamento, la Duma Estatal, compuesta por 450 diputados, de los cuales la mitad se eligen por listas y la otra mitad, por circunscripciones nominales. El asunto en apariencia es serio. Incluso la misma palabra “Duma” (que en ruso significa “pensamiento” y “reflexión”) se diferencia favorablemente de la palabra occidental “Parlamento” (de “parlar” o hablar mucho e insustancialmente). Estaría bien que fuera así, pero la historia del parlamentarismo ruso postsoviético está muy lejos de identificar las actividades del Legislativo con una intensa vida intelectual, sino más bien lo contrario.

El trabajo de todas las Dumas elegidas hasta ahora ha sido un modelo de ineficacia y se ha caracterizado por una obtusa resistencia a las reformas promovidas con dificultad por el Ejecutivo, por la imperfección de las leyes que se adoptan y también por el lobismo irrefrenable de una parte de los diputados comprados abierta o encubiertamente.

Hasta hoy, el Parlamento ruso no ha logrado ser respetado por la mayoría de los ciudadanos. Los sondeos indican que sólo el 9% de los encuestados cree que la Duma “trabaja activamente y aprueba las resoluciones que Rusia necesita”; un tercio opina que “debate las leyes y decisiones necesarias, pero no puede ponerlas en práctica”; un 37% considera que “se dedica a discusiones innecesarias y a pelearse con el Ejecutivo”, y una quinta parte o no sabe o no puede decir nada sobre el trabajo de la Duma.

Sin embargo, pese a estas valoraciones tan poco halagadoras, entre el 55% y el 60% de los encuestados se dispone a participar en las elecciones parlamentarias, aunque sólo del 20% al 25% confía en que éstas pueden mejorar algo en su vida o en la vida del país. La inmensa mayoría de la población no espera que las elecciones tengan un efecto positivo. Determinar los motivos que inducen a estos grupos pesimistas a acudir a las urnas es bastante difícil. Cerca del 10% responde que va a votar por costumbre, mientras que otro 10% ve en ello la única posibilidad de mostrar su participación en la vida del país. Aproximadamente una cuarta parte de los electores reconoce inclinarse por un partido u otro en función de sus simpatías por su líder, y sólo el 18% asegura compartir su programa o consignas. El panorama de las elecciones del 7 de diciembre está bastante definido. Pasó ya la época en que se enfrentaban las fuerzas antirreformistas (el Partido Comunista y el Partido Liberal Democrático de Vladímir Zhirinovski) con las fuerzas reformistas, que personificaban un avance agitado y caótico con Borís Yeltsin a la cabeza. Pasó ya la época en que se decidía si Rusia avanzaba por la vía de la reforma o retrocedía al “radiante pasado totalitario”. Ya en las elecciones de 1999 los electores votaron por Unidad, por ser éste el partido que identificaban con el presidente Vladímir Putin. De este modo, en vez de apostar por la sociedad civil, apostaron por el líder que ha sabido concentrar las esperanzas de los partidarios de una economía de mercado liberal y de los patriotas partidarios del imperio, y que ha relegado a los comunistas al papel de una oposición numerosa pero bastante incapaz en el marco de un Parlamento que obedece al presidente. En las próximas elecciones al partido de los seguidores de Putin (que ahora se llama Rusia Unida) le espera un éxito aún mayor que en las anteriores, donde obtuvo el 23% de los votos, quedando ligeramente por debajo de los comunistas (24%). Según los pronósticos, Rusia Unida obtendrá del 33% al 34% de los votos, y el Partido Comunista, del 26% al 27%. Otro de los partidos en cabeza es el PLD de Zhirinovski, que obtendrá del 8% al 9% (un 6% en 1999). Su líder es en esencia la proyección en un espejo deformado de la imagen de Putin cuando éste se descontrola y comienza a desbarrar. El PLD, por su parte, siempre vota a favor del presidente y, por tanto, puede considerarse como una peculiar filial del principal partido del poder.

El destino de los liberales de derechas se perfila bastante triste. La Unión de Fuerzas de Derechas y Yábloko se reducen cada vez más a fósiles de la época de Yeltsin, en proceso de destrucción. En el nuevo Parlamento, en el mejor de los casos, la primera conseguirá del 6% al 7% de los votos (9% en 1999), y el segundo, el 5% (6% en 1999), con lo que no podrán influir en la vida política del país a través del Legislativo. Si, además, se considera la victoria que Rusia Unida obtendrá en las circunscripciones nominales, la mayoría pro presidencial tendrá el paquete de control del Legislativo, lo que le permitirá introducir enmiendas en la Constitución, inclusive para prolongar el mandato presidencial. Lo más probable es que en el año 2008 el sucesor de Putin sea Putin.

Las encuestas reflejan el liderazgo incuestionado del presidente. Los datos de noviembre indican que el 56% votaría por Putin y el 6%, por su rival inmediato, el líder comunista Guennadi Ziugánov. La falta de alternativas al presidente, combinada con una Duma “seudopluripartidista”, nos conducirá hacia un Estado policial controlado por un presidente autoritario y por estructuras militares y de seguridad. Este rumbo obtendrá un fuerte apoyo y se convertirá en dominante en Rusia en los próximos 10 o 12 años. Sólo una circunstancia de fuerza mayor política o económica podrá impedirlo.

En resumen, Rusia retorna paulatinamente a la forma de liderazgo tradicional: instituciones democráticas y partidos poco desarrollados y sin autoridad, consentidos indolentemente por la mayoría con la tímida esperanza de que con Putin la situación al menos no empeorará. El resultado de las próximas parlamentarias y presidenciales supondrá el fortalecimiento de una clase política burocrática y autoritaria frente a una población sometida. Esto, sin embargo, no excluye enconados conflictos y enfrentamientos en el interior de esta misma clase, pero eso es otro tema, que toca sólo de forma tangencial el proceso electoral.