¿Una elección consciente?

El primer ministro Dmitri Medvédev ha admitido que las decisiones de Rusia y la reacción de Occidente habían sido una de las causas de la crisis actual, pero que la elección había sido “consciente”. Veamos en qué consiste esa “elección” y sus consecuencias.

Rusia se adentra en una situación cualitativamente nueva y muy peligrosa para el país. Su esencia es que en los últimos tres años Rusia cambió bruscamente su rumbo estratégico, emprendió la vía del autoaislamiento y el autoalejamiento de la política y la economía global. Este autoalejamiento es resultado de los pasos dados para abandonar el sistema vigente de reglas globales. Rusia ha intentado dictar al mundo nuevas reglas internacionales (en su opinión, más justas), que parten de sus ideas sobre su papel como “civilización única” y polo alternativo del “mundo multipolar”. Es cada vez más obvio que fracasó en el intento.

EDUARDO ESTRADA
EDUARDO ESTRADA

Al decidir excluir las posiciones occidentales del conjunto de factores a considerar seriamente en el espacio percibido como “esfera de sus intereses vitales”, la élite dirigente rusa se equivocó al valorar sus posibilidades y las debilidades de los “socios”. Hoy el conflicto entre Rusia y Occidente se convierte en un enfrentamiento antagónico, avanza hacia el “punto de no retorno” y amenaza con pasar a un nuevo nivel que pone en juego el destino histórico del país.

La ambición agresiva, la apuesta por el chantaje encubierto y directo, el carácter imprevisible, el afán de enfrentamiento estratégico con el grupo de fuerzas políticas y económicas más influyentes del mundo moderno han posibilitado el consenso en Occidente para resolver el problema que Rusia significa mediante una rebaja radical de su estatus geopolítico, su exclusión de la “gran” política y su descenso a país de tercera división.

No se trata de escenarios militares que Occidente evitará por todos los medios, sino de una presión económica lenta pero persistente sobre la economía de Rusia para restringir de forma radical las posibilidades de dirigirla. Teniendo en cuenta sus particularidades, hay grandes probabilidades de que esto provoque la desintegración del país.

Palabras y hechos indican que “el Occidente Colectivo” ya no cree en un cambio político positivo en Rusia, ni en el cambio de líder ni en el “cisma de la élite”. El “Occidente Colectivo” buscará la solución a largo plazo del “problema de Rusia” en tanto que país que ha quebrantado el espacio post-soviético y europeo y que es percibido como el principal peligro para la paz en Europa. Tal estrategia es peligrosa y no tan simple como parece, pero la política occidental va en esa dirección.

Eso significa que el fin de la presión no son las estructuras de poder personificadas en los líderes ni el sistema de toma de decisiones, sino el lugar y el papel en el mundo del Estado ruso como sujeto actual y potencial en la política global. Se cree que el país, sin posibilidad de influir seriamente en su entorno —por su debilidad económica y los problemas que lo absorben—, dejará de ser peligroso y será estéril en el plano global y regional, cualquiera que sea su régimen político.

Rusia ya está siendo apartada del “gran mundo” y continuará siéndolo sin guerra. Basta con que los líderes de la economía mundial mantengan el rumbo para aislarla, utilizando los instrumentos a su alcance, entre los cuales las sanciones legalizadas no son la parte más peligrosa. Hay cuestiones de más envergadura, como la exclusión de facto de Rusia del sistema financiero mundial. Esta política no causa daños físicos visibles, pero actúa sobre los órganos vitales del organismo, destruyéndolo.

La busca de una alternativa a Occidente, la apuesta por “el giro hacia el este”, o a otra parte carecen de sentido. Cuando la crisis se agrave, nadie ayudará o se compadecerá de Rusia, su destino y su economía. India y China tienen sus intereses y ven sus relaciones con las principales economías del mundo como instrumento de crecimiento, bienestar y poder. Ni siquiera Bielorrusia o Kazajistán apoyan políticamente a Rusia.

Rusia no tiene aliados. Para luchar contra las amenazas de nuevo tipo hoy, el Ejército, la Flota y las Fuerzas Nucleares Estratégicas son insuficientes, tanto para Occidente como para Rusia.

Es falso creer que nuestros problemas actuales reflejan la máxima intensidad de una presión que se rebajará al evidenciarse la ineficacia de las sanciones. No hay que hacerse ilusiones. Se utilizarán otros métodos, pero la presión no cejará y no habrá nada que oponerle en el futuro. Hoy Rusia ha alcanzado un nivel extremo de desconfianza en el mundo y nadie la cree. Para devolverle un mínimo de confianza se requieren muchos años, y esta es la particularidad clave de la situación. Prepararse para una “confrontación” o “movilización de recursos” es perder el tiempo. Esta política errónea de los dirigentes rusos ha planteado el problema de la futura existencia del país como tal, no solo como parte importante y activa del mundo. La sociedad y los medios de comunicación de Rusia no comprenden lo que sucede y abordan las nuevas amenazas con la vieja terminología, que las disfraza con conceptos conocidos y no demasiado inquietantes. La “contestación” retórica al oponente se convierte en el fin en sí mismo.

Las sanciones y su posible levantamiento no reflejan la seriedad de la situación. La palabra “sanción” se asocia con la política occidental en relación a Irán, Libia y otros “países parias”, pero lo que vemos en las relaciones entre Rusia y Occidente es radicalmente diferente. Si todo sigue así, Rusia será desplazada de forma irreversible a la categoría de países retrasados de tercera división. Dentro de un tiempo será imposible frenar este deslizamiento acelerado y el relevo de los dirigentes no resolverá nada, dada la enorme inercia.

Para salir de la grave caída en espiral hay que poner en práctica en primer lugar las iniciativas para regular la situación en Ucrania y normalizar la relación ruso-ucraniana. Se necesita una iniciativa rusa para celebrar una conferencia internacional sobre Crimea con participación de los pueblos de la península, Ucrania, Rusia, la UE. Esto, en el mejor de los casos, demostrará la disposición al debate que se necesita para restablecer el diálogo con Rusia.

La conferencia debería considerar que lo más importante para resolver el estatus de la península es la opinión, intereses y posiciones de sus habitantes. La solución óptima sería un referéndum internacional reconocido de acuerdo con las leyes ucranianas y bajo un control objetivo. Eso permitiría abriría perspectivas reales de salida de la crisis.

En segundo lugar, simultáneamente hay que cambiar radicalmente la situación en el este de Ucrania. Los dirigentes de nuestro país tienen posibilidades y competencias para resolver este problema y hacer que el enfrentamiento armado se interrumpa. Lo más importante es la retirada de las “formaciones militares ilegales, la técnica militar y también los combatientes y mercenarios del territorio de Ucrania” (Protocolo de Minsk), así como el facilitar garantías de seguridad a la población de Donbás con ayuda de un nutrido contingente de observadores de la OSCE y pacificadores neutrales.

En tercer lugar, hay que volver al problema general, en cuya resolución la colaboración de Rusia con Occidente puede tener una importancia tal vez decisiva: el Estado Islámico, un peligro real y nuevo, que amenaza a nuestro país desde un enorme espacio geográfico. La retirada de Afganistán prueba que ni EE UU ni Occidente tienen una solución adecuada, precisamente cuando la lucha contra el extremismo armado es el campo en el que utilizar de forma eficaz el potencial militar, intelectual y de efectivos de Rusia.

Estos son los pasos mínimos para apartar del país la amenaza de sofoco y degradación y para pasar a reformas reales a largo plazo. Las medidas propuestas son la única salida real del peligroso atolladero en el que hoy está nuestro país. Estamos dispuestos a colaborar con cualquiera que comience a buscar la salida.

Grigori Yavlinski es fundador del partido ruso Yábloko.

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