Una esencial continuidad

En el primer acto de entrega de los Premios Príncipe de Asturias, en 1981, el filósofo José Ferrater Mora expresó en su discurso en el teatro Campoamor de Oviedo la vocación de permanencia con la que nacían la Fundación y los premios: «No es este un acto azaroso, casual, aislado, irrepetible –afirmó–. Todo lo contrario, es un acto que va a reiterarse año tras año». Tras subrayar, siguiendo a Eugenio d’Ors, la continuidad como uno de los valores primordiales de la vida de un país en general y de su vida intelectual en particular, Ferrater Mora afirmó que la Fundación no buscaba «el ramalazo súbito, el capricho arbitrario, sino la paciente y persistente labor de velar sin tregua por lo que el Siglo de las Luces llamaba el progreso de las ciencias y las artes».

Una esencial continuidadHe querido recuperar aquellas afirmaciones de Ferrater Mora cuando la ceremonia de este año adquiere un significado especial, al haberse producido el hecho histórico de la proclamación de Don Felipe VI como Rey de España y, a partir de ese momento, alcanzar su hija Leonor la dignidad de Princesa de Asturias como Heredera de la Corona. Estas circunstancias suponen un cambio también en nuestra institución, que pasará a denominarse Fundación Princesa de Asturias, y en nuestros galardones, en el futuro llamados Premios Princesa de Asturias.

Todo ello se hace con naturalidad, sin alterar el carácter con el que nacía la institución. Porque ni aquella primera ceremonia ni las que la han seguido se limitan a ser en nuestra mente «tesoros de un tiempo prodigioso», en palabras de Rilke. Responden a la voluntad de trabajar para cumplir nuestros objetivos, dentro de una continuidad apenas percibida en 1981 y que da sentido a nuestra labor, nacida bajo el decisivo amparo de la Corona y a la luz de una nueva forma de entender en España la política y, sobre todo, las relaciones entre la política y la cultura, entre «los tirios que mandan y los troyanos que obedecemos y pensamos y trabajamos y escribimos y hacemos, mejor o peor, aquello que debemos y creemos saber hacer», como afirmó Cela cuando en 1987 recogió su galardón.

Un asturiano ilustre, Jovellanos, simboliza, en muchos aspectos, el carácter abierto a la modernidad de la Ilustración, aquel deseo de comprender el pasado para alcanzar un mejor porvenir. Creían los ilustrados también, y Jovellanos entre ellos, en las bondades del ejemplo positivo, en su capacidad para movernos a construir comportamientos responsables y cívicos. Su recuerdo sigue latiendo al fondo de la tarea de nuestra institución, dándole sentido: reconozcamos el trabajo de los mejores –parece decirnos–, sigamos sus huellas, extendamos su ejemplo.

Se dice que es el premiado quien honra al premio cuando lo acepta. Es cierto; así, al menos, sentimos en la Fundación que sucede con nuestros galardonados. Porque poner de relieve la grandeza de su obra es no solo nuestro objetivo, sino también nuestra mayor satisfacción. De esa forma, y año a año, vemos enriquecerse el conjunto de premiados. Una ojeada rápida resulta reveladora. Algunas de las personalidades e instituciones más relevantes de la cultura, de la ciencia, de las actividades humanitarias de los últimos decenios del siglo XX forman parte de nuestro patrimonio. Todos ellas nos han visitado para recoger el galardón y aquí, en España, han sentido el calor del reconocimiento y la gratitud. Novelistas, poetas, filósofos, sociólogos, humanistas, periodistas, biólogos, físicos, médicos, astrónomos, astronautas, naturalistas, arquitectos, pintores, escultores, deportistas, universidades, institutos de investigación, organizaciones humanitarias, todos son ya, para siempre, parte de nuestra historia y, desde luego, un orgullo y un honor para nosotros.

A ese conjunto ilustre se suman este año el arquitecto estadounidense Frank O. Gehry, el hispanista e historiador francés Joseph Pérez, el dibujante argentino Joaquín S. Lavado Tejón, Quino, los químicos Avelino Corma, Mark E. Davis y Galen D. Stucky, el escritor irlandés John Banville, el Programa Fulbright de intercambio educativo y cultural, el Maratón de Nueva York y la periodista congoleña Caddy Adzuba.

Estamos comprometidos a que nuestros galardones tengan el eco que merecen en nuestra sociedad. La Fundación promueve todas aquellas actividades que sirven para acercar su vida y su obra al público y, en los últimos años, ha hecho un esfuerzo para intensificar los vínculos de colaboración, haciendo así realidad las palabras de Su Majestad el Rey: «Su obra abnegada nos conforta y su ejemplo es guía y estímulo para que todas nuestras horas sean, como las suyas, sacrificadas y verdaderas. Son ellos, junto a los que les han precedido, los que nos hacen crecer».

La continuidad, la excelencia, el valor del ejemplo, la confianza en las mejores posibilidades del ser humano, el espíritu solidario y generoso son virtudes y valores que queremos reconocer y destacar en la Fundación Príncipe de Asturias. Una fundación que nació en tiempos de esperanza, y que en la actualidad no es en absoluto ajena a los momentos de dificultad que atraviesa la sociedad. Pero lo hace sin un momento de desánimo, y con la certeza de que el camino emprendido hace más de treinta años y los frutos del tiempo transcurrido son la mejor garantía para el futuro. Porque siempre habrá personas e instituciones que merezcan nuestra admiración y nuestro respeto; instituciones y personas que se esfuerzan por que el progreso, el bienestar y la dignidad no sean una excepción, sino la norma, y a las que nosotros damos las gracias por no dejarse vencer por el pesimismo y la desilusión, por trabajar confiando en el futuro. Al ser testigos de su acción ejemplar nos sentimos, como afirma el filósofo Javier Gomá, interpelados, conmovidos, impelidos a responder ante nosotros mismos y ante los demás de nuestra conducta.

Matías Rodríguez Inciarte es presidente de la fundación Príncipe de Asturias.

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