Una España que bosteza

Desde que empecé a escribir en esta misma página mis reflexiones sobre la crisis, no he dejado de insistir en que lo peor que nos está sucediendo es la incapacidad de afrontar nuestras penosas circunstancias sin la energía de una firme conciencia nacional. La malevolencia de algunos pragmáticos de medio pelo, que consideran estas meditaciones retórica hueca o entonación nostálgica de un anticuado regeneracionismo, se vuelve ahora en contra suya. Y con los mismos argumentos utilizados para desautorizar a quienes deseamos llevar nuestras palabras más allá de la prima de riesgo o la evolución del producto interior bruto. A ver si ahora alguien se atreve a decir, desde ese mismo realismo y esa necesidad de pegarse al terreno, que todo lo que está ocurriendo no encuentra los indicios de explicación más satisfactorios en otros lugares. De hecho… en lo más hondo de nuestra existencia colectiva, en la pérdida alarmante del sentido de pertenencia de los españoles, en la quiebra de la empresa histórica de nuestra nación y en el ridículo vaciado de una cultura que permitía reconocernos como tradición secular, actualidad en tensión y proyecto esperanzado. Viendo por dónde se están abriendo las costuras de nuestra convivencia y los muros de nuestra patria, puesta en riesgo por la impugnación de unos y la indolencia de otros, la primera preocupación de cualquier español consciente ha de ser la exposición de las razones sobre las que debe levantarse la idea de España.

NIETOEl esfuerzo por recuperar la consistencia y envergadura de una moral colectiva no puede realizarse sin una respuesta adecuada a la crisis financiera, cuya capacidad de sembrar la pobreza y la humillante marginación de tantos ciudadanos ha dado ya pruebas sobradas de su insaciable apetito. Pero el origen de este ciclo desventurado de dificultades que aparentan ser la causa última de nuestros problemas se encuentra en el desguace de nuestra conciencia nacional. No hay duda de que el actual desafío secesionista que se vive en Cataluña –y, por tanto, en España entera– solo puede comprenderse en el marco de un insoportable malestar económico y en el desánimo de una clase media cuya confianza en sí misma ha sido devastada, y cuyo recelo ante el poder público ha crecido hasta alcanzar la estatura de una revuelta, impensable unos pocos años atrás. Pero la protesta por el funcionamiento de un sistema carente de una moral vigorosa y cada vez menos atento a los valores sobre los que se fundó nuestra civilización, ha podido proporcionar caudal al cauce del secesionismo por pura incomparecencia de quienes, ya mucho antes de la crisis económica, consideraron inútil reforzar nuestras convicciones patrióticas.

¿No nos asombra, no nos alecciona, que la crisis haya provocado en Cataluña una movilización de tales dimensiones para afirmar, precisamente, la aspiración a una soberanía y la fuerza de un sentimiento de pertenencia? ¿Es que aún no hemos aprendido nada de lo que ocurre allí, donde la crisis proporciona a una parte de los españoles una utopía secesionista, que efectivamente funciona porque promete expectativas de cohesión nacional, fraternidad patriótica y justicia social y también la esperanza de resolución de los problemas económicos? De sobra sabemos muchos que todo lo que ofrece el secesionismo catalán es puro embuste, mera ilusión. Pero más allá de la denuncia de la utopía, lo que resulta verdaderamente escandaloso, porque responde a una dejación de responsabilidades de los gobernantes, es que los españoles hayan carecido de una idea de nación que les garantice seguridad en momentos como estos, y que permita salir al paso de la ofensiva separatista, desde una posición de superioridad intelectual, mayor eficacia política y mejores recursos de veracidad histórica.

Durante todos estos meses hemos asistido, desolados, a un enfrentamiento institucional en el que quienes defienden las razones de España solo se empeñan en indicar el necesario pero insuficiente camino de la ley. Toda nación, y entre ellas la nuestra, es mucho más que el diseño de sus instituciones y la declaración de los derechos de los que se acogen a sus códigos. España no es el resultado de una negociación constitucional ni el producto de unos acuerdos revisables para dar cuerpo al edificio del Estado. La fuerza de la ley es la que nos hace iguales, la que nos convierte en ciudadanos, pero no es el listón más alto que debe evocarse en la reivindicación de la españolidad ni la última defensa de la realidad íntegra de nuestra nación. El secesionismo nunca habría alcanzado sus niveles de seducción en estos momentos de crisis, si España hubiera sido definida, anhelada y entregada a la conciencia de los ciudadanos con una intensidad emocional que nunca se apartara de la solidez de las razones que la justifican.

Porque España, además de compartir con el resto de los países de Occidente las garantías de la democracia parlamentaria y el Estado de derecho, posee unos rasgos propios, que le permiten afirmarse como nación. Es un depósito de experiencias comunes, de acontecimientos compartidos durante generaciones. Es una conciencia de sí misma prolongada a lo largo de un dilatado proceso de incorporación, por el que se fue dotando de tierras y pueblos, lenguas y tradiciones, agrupados en el ambicioso empeño de la unidad. Esa ingente tarea de integración, esa labor de cohesión en la diversidad no creó una nación más débil, sino una España más amplia, compleja y universal. Pero esta sería una mera reliquia sin su capacidad de fundamentar nuestras razones para continuar viviendo juntos. Y la verdad es que, por motivos que tal vez tienen que ver con las tribulaciones de nuestro siglo XX, se ha exagerado la cautela a la hora de ejercer el patriotismo, como si con él se molestara a quienes no han dudado un segundo en propagar, por la tierra, el mar y el aire de sus competencias autonómicas, las razones de su independentismo disgregador.

Avergonzaría a los intelectuales españoles de hace cien años, cuales fueran sus proyectos políticos personales, la forma en que se ha renunciado a una conciencia nacional. Les avergonzaría contemplar cómo esta se ha cambiado por una fe a profesar en privado o por una ley a defender en público. Les alarmaría la ligereza con que se ha depuesto la fuerza de nuestra cultura, el vigor de nuestro significado histórico, la rigurosa exigencia de una empresa que no puede someterse a los dictados de una negociación. Les entristecería ver cómo hemos llegado a esta postración, incomprensible sin la odiosa indolencia de quienes creen que una nación se guarda a solas, sobrevive a tientas y en nada precisa de la voluntad permanente de quienes deben mantener su impulso. Uno de esos intelectuales, Antonio Machado, cuyos versos abrieron en 1915 el primer número de la revista España, escribió unas angustiadas palabras que los mayores del lugar nos sabemos de memoria. Aquel español al que hacía referencia, al que una de las dos Españas habría de helar el corazón, es uno de esos que hoy contemplamos de nuevo el rostro puro y terrible de nuestra patria. A sabiendas de que la España que muere solo llegará como resultado de otra España, vacía, indolente, sin pulso ni sentido nacional. Una España que bosteza.

Fernando García de Cortázar es director de la fundación Vocento.

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