Una espina en la corona de Aznar

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 16/11/03):

Si no supiéramos que a Primo de Rivera le desquiciaba como «himno representativo de personas de odiosas ideas y criminales aspiraciones» y que a Louis Aragon le inspiró uno de sus más emocionantes y comprometidos poemas, nada induciría a pensar que la suave música cadenciosa y la ingenua rima consonante de la sardana La Santa Espina pudieran servir de fermento a ninguna movilización social de cualquier clase. «Som i serem gent catalana/ tant si es vol com si no es vol/ que no hi ha terra més ufana/ sota la capa del sol», es lo máximo que llega a decir el estribillo de Angel Guimerà.

De ahí el sarcasmo de ida y vuelta que suponía por parte de Javier de la Rosa utilizar el nombre del que, junto con Els Segadors, es uno de los dos himnos oficiosos del nacionalismo catalán para referirse en clave a la cuenta secreta que, según él, Miquel Roca mantenía en Suiza como vehículo de la financiación ilegal de Convergencia. ¡La de veces que este aprendiz de baron robber, que alcanzó con tanta facilidad la condición de presidiario sin siquiera rozar la de aristócrata, ha venido empreñando en los últimos años a nuestros periodistas de investigación a vueltas con la dichosa Santa Espina…!

Siempre pensé que denominar de la misma manera a uno de los símbolos de sus sentimientos colectivos y a la supuesta llave de su corrupción institucional era hacerle justicia a un alma tan compleja como la de la Cataluña profunda. Y no se entienda en ello ningún matiz peyorativo sino la continuación de la perplejidad infantil con la que observaba a mi querido abuelo el viajante de comercio José Codina Batllosera pasar sin apenas solución de continuidad del cartesianismo mercantil más atildado a la dolorida indignación más incendiaria, por considerar que cualquier crítica familiar al rendimiento futbolístico de la media volante Gensana-Segarra era un ataque del maléfico centralismo castellano a la sojuzgada Cataluña.

Más que entre el seny y la rauxa Cataluña continúa enhebrada entre una sensiblería sangrante y un pragmatismo gélido. El azúcar tintado se puede transformar en hielo y a la viceversa. Todo es cuestión de saber cogerle el punto. Felipe González, cuyos defectos no voy a repetir hoy, fue capaz de hacerlo, y José María Aznar, en cuyas virtudes tampoco me extenderé ahora, ha cosechado un rotundo fracaso tras un tibio e inconstante empeño.

El mes pasado volví a almorzar con Pujol en su residencia de la Casa dels Canonges. Además de constatar que sigue siendo el político español con mejor información y mayor interés en la política internacional -si tuviera que identificarme con algún diagnóstico autóctono sobre el 11-S, Afganistán, Irak y todo lo demás escogería sin duda el suyo-, no pude por menos que sentir una mezcla de pasmo, simpatía y hasta ternura cuando me contó su último agobio. Resultaba que los jefes de campaña de CiU le habían programado un acto en el que iba a tener que hablar entre Duran Lleida y Artur Mas. Hasta ahí todo bien porque se acordó que las tres intervenciones duraran lo mismo. Pero el evento comenzó con un leve retraso, el líder de Unió se prodigó más de la cuenta y estaba claro que el candidato tendría que estar hablando a la hora en punto de la conexión con TV3. Siempre recordaré la deliciosa autoburla con que un Pujol septuagenario, pero en plena forma, me explicó cómo en aquel momento empezó a disgustarse, a sentir que se le hacía de menos y a preocuparse de cómo condensar sus palabras sin que perdieran el empaque propio de la condición que llevaba ya 23 años ostentando.

Probablemente él no tenía calculado que yo relacionara una cosa con otra, pero tras escuchar esa anécdota me fue más fácil entender su profunda decepción con el PP de Aznar. Pujol considera -y en eso está en lo cierto- que aunque el pacto del Majestic fue bueno para su partido y para Cataluña, todavía fue mejor para Aznar, pues de otra manera jamás habría llegado a La Moncloa.Si tras su encuentro secreto de abril del 96 en el molino de Rodrigo Rato en Carabaña, en contra del criterio dominante en Convergència i Unió, él no hubiera hecho una especie de apuesta personal por un político al que apenas conocía aunque siempre había respetado, se habrían tenido que repetir las elecciones o se habría abierto paso el gobierno de gestión, con Alberto Ruiz-Gallardón al frente, que propugnaba el empresariado más afín al felipismo.

Pujol no sólo no se arrepiente, sino que se siente orgulloso de haber acertado, porque nadie puede negar que Aznar ha sido un gran gobernante desde el punto de vista de la estabilidad política y la prosperidad económica, tan esenciales para Cataluña.Pero, tras una primera legislatura en la que todo se discutía y negociaba, tal y como correspondía a una coalición parlamentaria de facto, la mayoría absoluta de marzo de 2000 cambió lógicamente las reglas del juego. Pujol no se queja de haber perdido peso parlamentario, pero sí de haber dejado de ser tenido en cuenta en Madrid, de haber pasado de una situación en la que todo un portavoz del Gobierno podía ser destituido por su falta de tacto al criticarle mientras él visitaba La Moncloa, a una situación en la que ha tenido que enterarse por la prensa de cada iniciativa trascendental del Ejecutivo.

Aznar alega en su descargo que, antes y después de la mayoría absoluta, él ha ofrecido reiteradamente a CiU entrar en el Gobierno y que si Pujol no ha estado en el centro de todas las decisiones es porque no ha querido comprometerse. Pero eso es ignorar que en el sutil equilibrio entre idealismo y pragmatismo, lo que el nacionalismo catalán busca no es una parte del poder central sino un reconocimiento estable de su peso diferencial dentro del Estado. Es la resaca del «café para todos» que caracterizó el diseño de la España de las Autonomías en la Constitución: Cataluña no puede aceptar ser tratada como una comunidad más, sencillamente porque no es una comunidad más.

A Pujol le hubiera gustado haber diseñado una nueva fase en el desarrollo del autogobierno catalán, mano a mano con Aznar, pero su negativa en banda a ni siquiera tratar la cuestión le ha impedido tomar la iniciativa y despedirse de la vida pública con un pacto final que cerrara el ciclo reivindicativo de su proyecto nacionalista.Ahora es evidente que ha sido desbordado tanto por la clase política como por el pulso del electorado y eso le produce una bien palpable frustración, pues si por él hubiera sido nunca se habría abierto el frente desestabilizador que supone dar por jubilado al Estatut de Sau y exigir uno nuevo.

Entre tanto es evidente que a Aznar se le ha atragantado Cataluña y el PP ha sido incapaz de rentabilizar electoralmente estos años de prosperidad y aciertos en la Autonomía que más se ha beneficiado de ellos. Es posible que su resultado final mejore un poco sus expectativas al entrar en juego el voto oculto, pero si finalmente el partido del Gobierno emerge esta noche de las urnas como cuarta fuerza política del Principado, habrá que añadir una punzante espina a la corona de éxitos electorales que Aznar ha colocado sobre las sienes del PP desde las europeas del 94.

El mero hecho de que las últimas esperanzas de los populares estén depositadas en quienes se avergüenzan de admitir públicamente que piensan votarles es un elemento bien elocuente de su nivel de rechazo en Cataluña. Es cierto que el nacionalismo, históricamente alentado por el eje transversal CiU-PSC, ha creado una atmósfera muy agobiante para quien no pase por el aro de lo que allí es políticamente correcto, pero nadie puede alegar -y ésta es la distinción esencial que no debía de haber dejado de subrayar Mayor Oreja- que a diferencia de lo que ocurre en el País Vasco, en Cataluña se utilice la palanca de la violencia como forma de intimidación.

A mi modo de ver, Aznar acertó al impulsar la sustitución de Vidal Quadras pues su magnífico resultado del 95 estaba más motivado por una coyuntura nacional, en la que CiU era el último sustento del PSOE de la corrupción y el crimen de Estado, que por su estrategia de ataque frontal al nacionalismo. Era en todo caso una vía que no llevaba a ninguna parte, pues un partido que quiere representar el centrismo, el liberalismo y la modernidad no debe aspirar a alcanzar un techo del 20% del voto en Cataluña, a través de una propuesta neolerrouxista, sino a ser parte vertebral de su establishment político y social.

Pero esa praxis de acercamiento al principal granero sociológico de la sociedad catalana no ha tenido ni la continuidad ni la coherencia necesarias. Que CiU se haya visto obligada a prometer mil veces durante la campaña que en ningún caso volverá a pactar con el PP -ya le gustaría a Mas que esta noche le salieran las cuentas para poder hacerlo- mientras Esquerra Republicana se convertía tanto en su oscuro objeto de deseo como en el de sus rivales, prueba la incapacidad de los populares para hacerse querer en Cataluña. Y eso que Josep Piqué es carne de su carne y ha entrado en liza tras una carrera ministerial plagada de éxitos.

En el entorno monclovita hay quienes se frotan las manos ante la perspectiva de que un apurado triunfo de Maragall, convierta al PSC, y por ende al PSOE, y por ende a Zapatero, en prisionero de Esquerra Republicana y de un nuevo pacto con los comunistas.Eso puede que facilite el discurso de la descalificación de la izquierda de cara a las generales de marzo, pero no va a alterar el hecho de que más de las cuatro quintas partes del nuevo parlamento de Cataluña pedirán la reforma estatutaria apenas se haya constituido.Y eso va a colocar al PP de Rajoy ante una encrucijada decisiva de redefinición política.

Entrar en el juego de esa demanda y aceptar sentarse a negociarla es un camino lleno de riesgos, pues en definitiva supone reabrir la peligrosa caja de Pandora de los agravios comparativos entre las distintas comunidades. Pero no hacerlo y cerrarse en banda todavía sería más peligroso, pues vendría a dar la razón a quienes como Arzalluz -o, atención, González- hacen la caricatura de un PP inflexible, monolítico y permanentemente enfurruñado ante cualquiera que discuta la ortodoxia de su interpretación hermética de España. El que todo esto coincida con el plan Ibarretxe puede parecer un inconveniente adicional para reabrir la negociación con Cataluña, pero en mi opinión es lo que la vuelve insoslayable, pues la democracia española debe demostrar que mide con distinto rasero a quien plantea los problemas desde la lealtad constitucional que a quien no lo hace.

Claro que lo ideal sería dar por definitivamente cerrado el proceso autonómico, de forma que esa subasta de prebendas provincianas en la que a menudo derivan las reivindicaciones de las comunidades no nos distrajera de los grandes objetivos colectivos. Pero el PP, que tan ufanamente se declara heredero de UCD, no puede olvidar que la semilla de estas nuevas demandas se plantó precisamente hace 25 años a través de una Constitución que convierte a las Autonomías en el instrumento esencial de relación entre los ciudadanos y el Estado y prevé una gran variedad y movilidad en los techos competenciales. Por incómodo que resulte, si Rajoy vence en las generales y quiere ganar espacio político para poder plantear retos de la envergadura del pleno empleo o la mayor flexibilidad de la economía, previamente va a tener que volver a sentarse a negociar con Cataluña y otras comunidades. Ya intervino decisivamente en los pactos autonómicos de 1992 y 1996 y, lo siento por él, pero le tocará aplicarse el cuento de que no hay dos sin tres.

Sostiene Aznar que todo el contenido de lo que el Estado puede transferir al País Vasco y a Cataluña ha sido ya escanciado y a menudo se ayuda de la mímica para hacer ver a sus interlocutores que la botella está prácticamente vacía, que por mucho que la ponga primero horizontal y finalmente boca abajo, el problema es que no queda líquido en su interior. Puede que sea cierto, pero incluso en el caso de que de ese recipiente sólo saliera ya humo, seguiría teniendo sentido el ritual de representar un periódico trasvase no en la intimidad del comedor, sino en la solemnidad del salón de columnas de La Moncloa.

Es tal la fama de fenicios que a menudo se ganan a pulso los catalanes -si agasajaban a Franco en Barcelona, como tan inoportuna como verazmente ha recordado Jiménez de Parga, era por la buena cuenta que les tenía- que se tiende a minusvalorar ese otro lado sentimental en el que las emociones tanto se nutren de las apariencias.En sus ocho años en La Moncloa Aznar ha podido constatar cómo el nacionalismo catalán siempre termina sustanciándose en fórmulas, cifras y criterios de financiación, pero no ha sido en cambio capaz de descubrir que delante -o detrás- de todo ello existe también lo que Aragon describió en la segunda estrofa de su poema como «un air pareil à l’air du large,/ un air pareil au cri des oiseaux migrateurs,/ un air dont le sanglot semble porter en marge/ la revanche de sel des mers sur leurs dompteurs». Lo que en traducción más o menos libre hablaría de «una melodía parecida al aire de alta mar,/ una melodía parecida al grito de las aves migratorias,/ una melodía cuyo sollozo parece anunciar/ la revancha de la sal marina sobre sus domadores».

Cuidado, mucho cuidado, con la revancha de la sal marina sobre sus domadores.

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