Una espiral infernal

Tahar Ben Jelloun, escritor. Premio Goncourt 1987 (LA VANGUARDIA, 09/07/05).

La indignación, la denuncia y las amenazas no sirven de gran cosa contra el terrorismo. Quizá valgan para tranquilizar a la población, pero no detiene en absoluto la voluntad asesina de quienes actúan encubiertos, en la sombra, y sobre todo con métodos que nada justifican.

Para luchar contra el terrorismo, antes hay que entender cómo funciona; en última instancia, hay que hacer un gran esfuerzo de imaginación para penetrar en la mente de una persona que decide fríamente poner bombas en un metro o en un autobús a una hora punta, a fin de matar al mayor número posible de inocentes. Esa persona busca el espectáculo, quiere que su acción tenga resonancia en el mayor número de medios de comunicación. Penetrar en su mente supone descifrar esa lógica, ese razonamiento, averiguar dónde radica su voluntad, y preguntarse desde una perspectiva estrictamente virtual: “¿Qué haría yo si tuviera su mentalidad y si estuviera en su lugar?”. Hacerse esta pregunta es una manera de prevenir atentados, pues quienes recurren al terrorismo no hacen nada al azar y, sobre todo, trabajan de forma metódica y hasta diría que de forma científica.

Sabemos que los atentados de Londres tienen similitud con los del 11 de marzo del 2004 en Madrid por la simultaneidad y la hora de los ataques. Es una manera de poner su firma.

Así, todas las condiciones se reunían para dar a los terroristas una ocasión excepcional de expresarse. Envían sus mensajes matando. A diferencia de los estados de derecho democráticos, los terroristas no hablan, sino que anuncian lo que harán y lo hacen. Cuanta más sangre derraman, más consideran que su objetivo ha sido alcanzado. La muerte es su compañera. En su mercado, la vida no tiene el mismo precio que en los de Londres o Madrid. No sólo no comparten la misma visión del mundo que las víctimas, sino que tampoco tienen el mismo aprecio por la vida o la muerte. Esto es algo nuevo. Han conseguido reemplazar el instinto de vivir por la pasión de dar muerte y, en ocasiones, de morir.

Londres está en el punto de mira de Al Qaeda desde su compromiso militar con EE.UU. en Iraq. La organización terrorista esperaba el momento oportuno para atacar. Tres hechos importantes han confluido para hacer de Londres el blanco idóneo: la reunión en Escocia del G-8 con la asistencia de Bush (buena parte de la policía inglesa se ha concentrado allí); la concesión a Londres de los Juegos Olímpicos del 2012, y la posición de Tony Blair en cabeza de la UE. Ha sido el momento elegido para obtener la máxima publicidad para la organización de la lucha contra Occidente.

A partir del momento en que España retiró sus tropas de Iraq tras los terribles atentados del 11 de marzo, sólo unos cuantos descarriados de ETA amenazan la seguridad del país. Desde entonces, Al Qaeda guarda consideración a este país, que ha obedecido sus órdenes.

No obstante, queda Italia: el ministro del Interior italiano, que ha declarado que la amenaza se cierne sobre toda Europa, corre el riesgo de atraer la atención sobre su país, pues la obstinación del Gobierno de Berlusconi en mantener la presencia de soldados italianos en Iraq es un error que podría derivar en consecuencias desastrosas. Es necesario que Italia proteja a sus ciudadanos desvinculándose del juego nortyeamericano o, dicho de otro modo, dejando que EE.UU. se hunda sólo en el atolladero donde se ha metido al intervenir en un país de manera ilegal. El pueblo italiano debería reclamar la retirada de sus tropas lo antes posible. De lo contrario, la interpretación de la lógica de Al Qaeda nos dice que el próximo blanco podría ser Italia. La América que se jacta de luchar contra el terrorismo internacional se olvida de reconocer sus fracasos: el terrorismo sigue apuntándose tantos a favor. Sólo se controla de forma excesiva a los desafortunados viajeros en los aeropuertos. Los terroristas no necesitan viajar. Viven en el propio país, como células durmientes, a la espera de que les den la señal para cometer los crímenes.

De los siete millones de habitantes, Londres cuenta con una población de un millón de musulmanes procedentes en su mayoría de países asiáticos. Entre éstos, basta con un centenar de jóvenes bien preparados, fanatizados, para sembrar el terror en el país. Un especialista en terrorismo afirma que la política inglesa en materia de lucha contra el terrorismo difiere de la utilizada en Francia o España. A veces, la justicia inglesa trata a los terroristas con cierta laxitud; por ejemplo, Gran Bretaña se ha negado a extraditar a un argelino, culpable reconocido de atentados terroristas en territorio francés. A este respecto cabría decir que “Londres es un santuario para terroristas”.

Aunque así sea, la vigilancia debe ir acompañada de actos políticos claros. Hay que dejar de pensar que se trata de un choque de civilizaciones, de un choque y una incomprensión entre el mundo occidental y el mundo musulmán. Este terrorismo también ha matado a muchos ciudadanos musulmanes. Tanto Egipto como Marruecos o Arabia Saudí han vivido en sus carnes esta clase de terror. Un de los medios para poner fin a esta espiral infernal es que la potencia más grande del mundo predique con el ejemplo de justicia, derecho y respeto para con otros pueblos.