¿Una Europa antinorteamericana?

Por Florentino Portero, analista del Grupo de Estudios Estratégicos (ABC, 02/03/03):

Dice el saber popular que «el árbol no deja ver el bosque». La sentencia resulta oportuna para describir la situación en la que nos encontramos. La vida nacional está revuelta. Embebidos en una batalla electoral, la sociedad española pierde perspectiva sobre la situación que está viviendo. El problema no es Irak. Lo que está en juego no es Irak. Lo que debate el Consejo de Seguridad no es el futuro de Irak. Estamos definiendo un nuevo sistema internacional.

En septiembre Bush optó por la propuesta de Powell frente a Rumsfeld y Cheney. Irían al Consejo de Seguridad en busca de una resolución que permitiera poner fin a los doce años de burlas sistemáticas de Irak, acabarían con sus arsenales de armas de destrucción masiva y de misiles de recorrido superior a 150 kms, establecerían un régimen representativo y tratarían de pacificar la región. Powell se puso a ello y finalmente logró lo que buscaba, un ultimátum, una última oportunidad para cumplir con las condiciones del alto el fuego reiteradas en una serie de resoluciones. Era la célebre, tan citada y no leída 1.441. Pero el acuerdo era un espejismo. Villepin engañó a Powell, o Powell se autoengañó, el hecho es que cayó en una sencilla trampa, la misma que habían denunciado con antelación Rumsfeld, Cheney… Lograda la vuelta de los inspectores la última oportunidad pasó a ser antepenúltima, los que iban a recoger comenzarían a buscar y el viejo juego iraquí de amagar y no entregar comenzaba de nuevo con el respaldo de sus antiguos aliados y socios comerciales Rusia y Francia.

Chirac, contra la opinión de sus propios diplomáticos, dio un giro radical a su política. Atrás quedaban las estrategias de la Guerra Fría y los intentos de acomodación al nuevo orden con el fallido ingreso en la estructura militar de la OTAN. La falta de comprensión popular de las características de la amenaza que supone la proliferación de armas de destrucción masiva y el mal ambiente generado durante el pasado verano por algunas declaraciones unilateralistas de destacados miembros de la Administración Bush permitían un ensayo de lo que ha venido siendo el objetivo tradicional de la política exterior gaullista: tratar de contener a Estados Unidos.

El mundo bipolar de los años de la Guerra Fría no permitía muchas licencias, sin embargo la situación actual es bien distinta. Estamos ante un mundo unipolar, porque sólo existe una potencia global con intereses en todo el planeta, enorme capacidad económica y unas fuerzas armadas que pueden proyectarse en cualquier lugar. Para Francia es fundamental limitar el poder del hegemon para poder aumentar el propio. Como sola no puede, busca el apoyo de otros, aunque sean potencias tan poco ejemplares como Rusia, China o las naciones del África Negra, Mugabe incluido. Se trata de volver al tradicional sistema de balanza de poder, que practicamos durante siglos en el viejo continente. Chirac no hace gala de mucha originalidad, pero como buen lycéen conoce la historia de Francia. De la misma forma que el cardenal Richelieu escandalizó a la Cristiandad aliándose con el turco para combatir al Imperio de los Habsburgo y al Papado, Chirac antepone los intereses esenciales de Francia, la raison d´Etat, a los colectivos de Europa y a la propia estabilidad de las instituciones internacionales.

Levantada la bandera de la contención, Rusia se suma espontáneamente. Ha sido su política durante décadas el tratar de alejar a Estados Unidos de Europa, buscar cómodos y débiles aliados económicos y poder así ejercer una mayor influencia. De nuevo la vuelta instintiva al sistema de balanza de poder.

Los primeros resultados del giro francés se van haciendo visibles.

En primer lugar, el bloqueo en la OTAN a considerar la ayuda a Turquía ha dañado el principio de solidaridad fundamental a toda alianza militar, aunque sería injusto acusar a Francia de hundir una institución cuya operatividad estaba bajo mínimos por la falta de inversiones europeas en capacidades militares.

En segundo lugar, la proclamación de L´Europe c´est moi, en el aniversario del Tratado del Elíseo, dio paso a una de las mayores humillaciones sufridas por la diplomacia francesa durante décadas: dieciocho estados europeos, en dos documentos distintos, pusieron por escrito su rechazo a la posición francesa y su creencia en una intensa cooperación transatlántica.

En tercer lugar, su exagerado protagonismo al querer representar a Europa, en compañía de una Alemania aislada y minusvalorada, supuso una agresión a la Unión Europea, cuyo segundo pilar tiene el cometido de fijar, mediante discretas e intensas negociaciones, la política exterior y de seguridad común. Una agresión que se ha llevado por delante años de trabajo. Pero en el fondo ¡qué más da! si Francia representa mejor que nadie el auténtico sentir europeo. Solana es reemplazable, sobre todo si ni siquiera los suyos salen en su defensa. Pero las consecuencias del giro francés estarán presentes muchos años. Rota la confianza entre el Reino Unido y Francia, los dos animadores de este pilar, y aislada Francia dentro de Europa, poco se podrá hacer en un futuro próximo. El viejo continente queda de nuevo fracturado, sin voz ni defensa propia, la situación ideal para que la diplomacia norteamericana actúe cómodamente en defensa de sus intereses.
En cuarto lugar, la utilización del Consejo de Seguridad como instrumento fundamental para contener a Estados Unidos fomenta los instintos unilateralistas del hegemon. Debilitado Powell por su ingenuidad y crecidos Cheney y Rumsfeld, la influencia de Europa en Estados Unidos y en el mundo disminuirá sensiblemente.

La política seguida por Chirac ha despertado preocupación y debate entre políticos y analistas de seguridad internacional franceses. Aunque ocultos ante la ola de nacionalismo autocomplaciente, los avisos de hallarse en un callejón sin salida y de haber dividido estérilmente a Europa se hacen más presentes. Figuras tan destacadas como Madelin, Lellouche, Juppé, Balladur o Poniatowski piden prudencia al Presidente de la República.

¿Hay alguna razón para que asumamos los supuestos intereses y las estrategias de Francia? Definitivamente no. Los españoles, como la gran mayoría de los europeos, nunca hemos creído que la construcción europea lleve implícita la ruptura del vínculo trasatlántico. Europa no tiene por qué ser antinorteamericana. La cooperación entre ambas orillas ha permitido el triunfo sobre el nazismo, la contención del comunismo soviético, la creación del estado de bienestar y el desarrollo de las instituciones democráticas europeas. Un patrimonio nada desdeñable. La existencia de divergencias no puede hacer olvidar lo mucho que hay en común, más aún cuando en el Viejo continente son frecuentes las diferencias sobre multitud de temas. Nuestra seguridad depende de Estados Unidos y, en el mejor de los casos, será así durante décadas. ¿Recuerdan el brillante papel europeo en la crisis de los Balcanes y lo que costó convencer a Clinton para que interviniera? ¿Recuerdan la «solidaridad» de Chirac durante la crisis de Perejil y cómo hubo que recurrir a Powell para llegar a un acuerdo?
Frente a una política de contención, en alianza con potencias extrañas a nuestros valores como Rusia o China, nuestro interés está en la construcción de una Europa fuerte asociada con Estados Unidos. No hay contradicción entre las dos orillas del Atlántico, sino complementariedad.

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