Una Europa asediada por el miedo

Tenemos miedo. O cuanto menos, en esta nueva era de inseguridad, nos asola la incertidumbre existencial sobre si podremos continuar con la normalidad de cosas básicas como coger el metro, tomar algo en una terraza o ir al área de salidas de un aeropuerto. La normalidad ordinaria de nuestras vidas occidentales, claro, un lujo en el resto del mundo, desde luego en el vecindario de Europa. Vecindario que lleva años en llamas entre guerras, revueltas seguidas de guerras, represión y terrorismo por doquier, en Sahel o Cáucaso, más allá de Oriente Medio. Esa inestabilidad está dentro de nuestras sociedades y precede, mal que les pese a los populistas, pero, desgraciadamente, también a los partidarios del multiculturalismo sin matices, a la dramática crisis de refugiados. Una crisis cuyas fuentes últimas hay que buscar en el colapso de estados diseñados en la etapa colonial, a veces fuertes para ahuyentar a su población civil, a menudo débiles frente al Estado Islámico (IS) y otros. Pero, en esta inestabilidad, también han jugado un papel la impotencia y pusilanimidad de una política exterior occidental aquejada por el síndrome de Afganistán e Irak, o la crisis de la tambaleante arquitectura de gobernanza global. Instituciones que funcionan para salvar a bancos tóxicos que ponen el sistema financiero en peligro, como en 2009, pero no para superar la brutal Realpolitik de los vetos cruzados de grandes poderes que, junto con las interferencias de sus aliados regionales, hacen que crisis como Siria en 2011 sean ya como varias Bosnias.

La vuelta de la tentación totalitaria, en forma de obscenas doctrinas religiosas extremas, es una realidad. Lleva a jóvenes europeos fervorosos a los brazos de redes bien organizadas y mejor financiadas que les prometen el cielo por matar infieles (una forma oscura de redención religiosa y mártir que nuestras sociedades secularizadas no podemos comprender). Pero también vuelven con fuerza otras narrativas políticas que prometen seguridad y certeza en tiempos de incertidumbre. Me refiero a la narrativa autoritaria, encarnada en líderes como Abdelfatah Al-Sisi de Egipto, Erdogan, Putin y varios de nuestros aliados del Golfo, así como la narrativa populista de los Trump, Le Pen y otros políticos en alza en la UE. La una y la otra se retroalimentan, y dependen de estos terroristas y el miedo generalizado que crean, para medrar. Ambas proponen una agenda de seguridad parecida y, ante la pérdida de valores, se consolidan apelando a valores tradicionales, símbolos, banderas y otras referencias colectivas que el mundo postmoderno y la Europa cosmopolita han despreciado, a veces con condescendencia. Basta ver, por ejemplo, la simbología cristiana ortodoxa, junto con imágenes pseudo-religiosas de Putin y diatribas homófobas, que uno ve estos días aquí, en Belgrado, en las manifestaciones anti OTAN y anti UE. O el atractivo que para muchos norteamericanos blancos tiene el eslogan de Trump de “hagamos América grande otra vez” .

La apuesta autoritaria está teniendo un impacto directo en nuestra política de seguridad nacional y colectiva. IS nos empuja a alianzas con los Sisis, Asads y compañía, cuyas políticas criminales, vistas otras experiencias de excesos contra movimientos insurgentes y terroristas, han reforzado y legitimado el terrorismo en un contexto de luchas sectarias. Esta especie de discurso de falta de alternativas, problemático como el Alternativlos alemán a la austeridad para la crisis del euro, gana peso en cancillerías europeas. En sociedades democráticas, debe preocuparnos: erosiona aún más nuestra credibilidad y es dudoso, por lo menos en algunos casos, que las políticas de estas alianzas refuercen nuestra seguridad. Más bien todo lo contrario.

A su vez, la narrativa populista y neofascista -pues de eso se trata, aunque se molesten algo (cada vez menos) en envolverse en velos de democracia popular y soberanía- amenaza con destruir por dentro lo mejor de nuestro sistema político, terminando con lo poco que quede tras más Bruselas o aquel fatídico septiembre de 2001. Amenaza también con sacar peligrosamente lo peor que llevamos dentro, ese lado de la condición humana siempre al acecho y que estalla cuando no hay límites institucionales y cuando políticos y medios irresponsables propagan el lenguaje del miedo y odio. Los populistas nos llevan a diversas formas de autoritarismo. No sirve de gran cosa ridiculizar a los Trump (aunque es inevitable) ni rasgarnos las vestiduras (aunque es necesario). Ponen de manifiesto la debilidad y contradicciones de otra narrativa en declive, asediada por el miedo, las bombas y la crisis: la visión liberal europea, de la posguerra, y visiones similares basadas en tolerancia. Frente a la Europa abierta de ayer, hoy avanzamos hacia la Europa Fortaleza, como estas películas futuristas de estaciones espaciales y colonias humanas amenazadas por agujeros negros en el exterior. Se basa en la ilusión cortoplacista de que podemos contener la inseguridad fuera de nuestras fronteras, no ya comunes, sino nacionales, cuando la tenemos además dentro, en Molenbeek y en barrios normales e integrados. Peor: podríamos avanzar hacia una Europa Guantánamo, si algunas de las medidas que estos neofascistas proponen, se acaban aplicando.

Afirmar, sin más, la supremacía de nuestros valores y nuestras políticas no es suficiente. En este cambio de era hay algunas verdades incómodas. El discurso habitual sobre las causas del terrorismo es necesario, pero no explica completamente el nihilismo que inspira a muchos de estos Laachraouis o Abdeslams, ni logra responder a la urgencia y la tentación de la acción inmediata, ante la perspectiva de más atentados como París o Bruselas. Vistas las conexiones de estos individuos con IS en Siria y otros escenarios, una incómoda dimensión militar, llena de dilemas y riesgos, es más que probable, más allá de una integración de servicios de inteligencia que va contra los fundamentos e inercias de estos órganos. Estabilizar Oriente Medio no terminará del todo con este mal, que nos acompañará en esta generación, aunque lo mitigaría. El otro discurso habitual, el de priorizar respuestas de fuerza ante el terrorismo, descuida las preguntas, tras década y media de guerra contra el terrorismo.

El tercer discurso común, enfatizar la finalidad del terrorismo -quieren atacarnos por nuestros valores y sistema occidental- puede tener algo de cierto. Aun así, la idiosincrasia de este terrorismo es muy compleja y muchos de los atentados de grupos inspirados por IS tienen lugar en países autoritarios o semiautoritarios de Oriente Medio, Asia o África. Lo que sí está claro es que los ataques en Europa afectan desproporcionadamente a sectores profesionales y clases sociales moderadas que suelen apoyar la diversidad y el multiculturalismo. Tales atentados contribuyen así a la radicalización, polarización política e islamofobia. Otra verdad incómoda es que la libertad absoluta no es compatible con la seguridad absoluta, y viceversa.

Más allá de la urgencia de algunas medidas en política interna y exterior, ya sobre la mesa, la única certeza es que se acabó este oasis de seguridad absoluta en el que hemos vivido en esta parte de Europa desde hace décadas. ¿Aceptaremos, como sugieren algunas voces interesadas, una operación estilo Dresden para Raqqa o el internamiento de las poblaciones musulmanas en nuestras ciudades, como hizo EEUU con su población de origen japonés en la Segunda Guerra Mundial? Para frenar la ola de Trumps y otras plagas, empecemos por reforzar lo que nos une como sociedades aún libres, algo muy difuminado con el auge del materialismo e individualismo, la tensión política y las imágenes de Idomeni. Vendrán más Bruselas y París, y quizá otro Madrid. Apostemos por resistencia social y resiliencia colectiva: nuestra capacidad de adaptarnos a adversidades mayores, sin doblegarnos. La pregunta de fondo es cuánto estamos dispuestos a sufrir no ya por el vecino, sino por completos desconocidos de otros países. Cuántos sacrificios aceptaremos en nuestro estilo de vida para no comprometer las bases esenciales de nuestro modelo político democrático, imperfecto, pero que ha costado muchas vidas y guerras levantar.

Francisco de Borja Lasheras es director adjunto de la Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.

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