Una Europa llamada deseo

Hace poco más de un siglo, cuando nuestros intelectuales empezaron a enfocar sus debates en la regeneración de España; cuando empeñaron sus esfuerzos en definir la reforma política, moral y económica del país; cuando se propusieron la construcción de un pueblo con auténtica conciencia nacional y recto sentido de responsabilidad cívica, miraron hacia Europa. No lo hicieron con el ánimo enjuto del imitador ni con la resentida emulación del acomplejado, sino con el afán de hallar en Europa el origen y residencia de una civilización. Buscaron el significado de nuestra historia, modelada en un largo pero inexorable proceso de integración. Miraron cara a cara nuestro pasado, descubriendo en él circunstancias amargas, episodios de desesperanza y, sobre todos ellos, a pesar de todos ellos, el constante y siempre reforzado deseo de existir como una sola comunidad, reunida en torno a unos valores que nos identificaban e inspiraban nuestro lugar en el mundo y en el tiempo. A esa conciencia de vida en común, a esa historia compartida, a ese futuro que yacía ante sus ojos como una inmensa esperanza, lo llamaron España. Afirmaron, como un legado que la crisis nacional del siglo XX rompería, una experiencia de civilización que integraba nuestra peripecia histórica y la gestación de nuestra cultura en la acogedora y significativa residencia de Europa.

Hacerse una idea de España era también sentir el deseo de Europa. La definición del perfil ideológico de nuestra patria exigía comprender aquellos valores que habían dado sustancia moral y justificación histórica a Occidente. ¿Resulta extraño que uno de nuestros mayores intelectuales pudiera dar a luz, con pocos años de diferencia, publicaciones con títulos tan elocuentes como Europa, España y Revista de Occidente? Lo penoso fue la frustración posterior. Lo terrible fue que aquella ilusión tan razonable se descompusiera en el fragor de un enloquecimiento que afectó a Europa entera, pero que en nuestro país se grabó con especial virulencia. Porque aquí coincidieron la construcción teórica de las dos Españas, la guerra civil y –al término de ésta– el alejamiento intelectual y político de nuestro país de una Europa que salía de las tinieblas del totalitarismo.

La obligación de definir nuestro concepto de España y de Europa aparece ahora vestida para la ocasión solemne de unas elecciones. En el ánimo de los contendientes parece que lo sustancial es organizar la representación parlamentaria de los europeos, asegurar el control de la gestión económica por los poderes públicos, estimular la solidaridad entre países de desigual riqueza y proponer un marco federativo en el que la autoridad política disponga de espacio de maniobra y legitimidad. Y, en efecto, nadie en pleno uso de sus facultades puede negar que estas cuestiones son ya una obviedad, en la necesaria construcción de un orden político que garantice a los ciudadanos el crecimiento, la protección social y la mayor calidad de la democracia.

Pero la cuestión fundamental es otra. Consiste en la actualización de un puñado de principios sobre los que Europa levantó una idea de sí misma. Quienes, en los años cincuenta del pasado siglo, dieron los primeros pasos para unir a los europeos, lo hicieron en un marco histórico muy concreto, y con una voluntad que procedía directamente de la tragedia que acababa de vivirse. Junto a los acuerdos económicos que se firmaron en Roma existía algo que definía aquel propósito común. Era una conciencia del peligro experimentado una década atrás, cuando los valores que habían definido Occidente expiraron, ahogados por el fanatismo nacionalista y el repudio de una tradición cultural basada en la herencia del humanismo cristiano, el reformismo social y el liberalismo político.

No se trató de una apuesta de políticos de distintas ideologías en favor del mercado único sino de la convicción compartida de un liderazgo moral, basado en la corpulencia de una gran civilización, que ellos mismos identificaron con la superación de los horrores pasados y la posibilidad de tener esperanza en el futuro. Lejos estaba cualquier intención de reducir aquella ambiciosa empresa a un asunto mercantil. Ninguno de ellos era tan estúpido como para pensar que Europa podía construirse al margen de las condiciones materiales indispensables para la cohesión social. Pero ninguno de ellos padecía una tal falta de sentido histórico como para ignorar que la tarea que emprendían era, ni más ni menos, el reencuentro de Europa con aquellos principios de la cultura occidental que habían sido gravemente vulnerados. Ninguno de ellos firmó los acuerdos comunitarios sin saber que de lo que se trataba era de devolverle a la historia universal la existencia orgullosa, la dignidad ejemplar, el referente indispensable de nuestra civilización.

Y restaurarla, en primer lugar, para los propios europeos. Para los ciudadanos que habían jugado con fuego en la crisis de la primera mitad del siglo XX, para las naciones que se habían dejado seducir por la barbarie y para los pueblos que habían escogido el camino de la tiranía. En la firma de aquellos tratados fundacionales no se manifestaba solamente la búsqueda de un nuevo comienzo, sino la reivindicación esperanzada de una tradición a actualizar. Era la verdadera Europa salida de su hora más oscura, era Occidente descubriendo otra vez los factores originarios de su vertebración cultural. Era el liderazgo razonable, la fuerza tranquila de quienes decidieron solemnemente el retorno de una civilización, respondiendo así a la ansiedad de los hombres y mujeres que deseaban volver a encarnarla.

Estas elecciones deberían ser, para nosotros, la oportunidad de una reflexión a la altura de las penalidades que la crisis económica ha puesto en tan dolorosa evidencia. Estamos en un grave proceso de desnacionalización, de pérdida de sentido de comunidad, de extravío de nuestra idea de España. Sufrimos la más dolorosa impugnación de aquellos valores sobre los que deseamos construir una Europa que sea mucho más que federación política, unidad de mercado y espacio de cohesión social. Europa ha de ser, en primer lugar, la idea recobrada de una civilización, la convicción de una cultura. Cuando se debate acerca de este proyecto, no podemos retroceder a los balbuceos diplomáticos de medio siglo atrás: tenemos que exigir que se enfrenten reflexiones sobre los valores que cada fuerza política asigna a este horizonte .

De lo que debería tratarse es de devolverle a Europa esa seguridad en su propia tradición, en los principios fundacionales de un Occidente que elaboró, como su propia aportación a la historia universal, la libertad y la dignidad inviolables de cada persona, la convivencia social basada en el respeto indeleble a los derechos de todos. En el trayecto recorrido por esa civilización a lo largo de una historia accidentada, Europa solamente ha sido verdadera cuando ha ajustado su conducta a tales preceptos. Frente a quienes han considerado que estos principios eran negociables, las fuerzas políticas españolas deberían afirmar sin melindres que la mejor forma de preservar nuestra unidad nacional es colocándola en la alta perspectiva de unos valores sobre los que se ha construido nuestra exigente y radical defensa de la condición humana.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.

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