Una Europa relevante en el mundo

Tras la dramática experiencia de la Segunda Guerra Mundial, «la salvaguarda de la paz y la libertad» se convirtió en el objetivo principal de los padres fundadores de la Unión Europea. La necesidad de reconstruir Europa requería el compromiso de una acción común. Así se refleja en el Tratado de Roma, que considera esencial «la mejora constante de las condiciones de vida y de empleo» y aboga por eliminar los obstáculos que limitan y condicionan el crecimiento económico.

Por esta razón, el mercado común está desde su origen en el corazón del proyecto europeo. Sus impulsores eran muy conscientes de que un intercambio de bienes y servicios sin barreras y la libre circulación de personas no sólo fortalecería la economía y aseguraría el crecimiento y la prosperidad, sino que estrecharía también la solidaridad entre los Estados miembros y se convertiría así en la salvaguarda de los tan queridos ideales de paz y libertad. Los incentivos para querer pertenecer al club eran, por tanto, poderosos. ¿Cómo quedarse al margen de un proyecto tan atractivo e integrador? ¿Dónde encontrar un horizonte mejor?

Hasta la crisis de 2008, el modelo de crecimiento funcionó razonablemente bien. Una integración regional sin precedentes abrió la puerta a un proceso de convergencia económica único en el mundo, sin el que no es posible explicar nuestro nivel de calidad de vida actual.

Aunque afectó de manera muy diferente a los distintos países europeos, la crisis supuso un momento de inflexión. Tuvo un impacto muy negativo en el empleo (especialmente el juvenil), produjo un deterioro del poder adquisitivo de las clases medias y de sus expectativas, y algunos Estados se vieron obligados a aplicar severas medidas de ajuste, con inevitables costes políticos y sociales.

Paralelamente, la creciente globalización -con consecuencias como las deslocalizaciones industriales y su impacto en el empleo- y la presión de los movimientos migratorios han contribuido a erosionar la confianza de la sociedad en las instituciones políticas y a alimentar el caldo de cultivo para el populismo y la radicalización en Europa.

Pero hay más. Un acelerado proceso de digitalización ha facilitado la desintermediación de la política, el desarrollo de las fake news y otros asuntos de similar relevancia que favorecen el auge de las fuerzas populistas.

En este contexto estamos los europeos llamados a las urnas. Se trata de un escenario complejo que no admite propuestas simples. ¿Cómo articular el impulso que necesita ahora la Unión Europea?

En primer lugar, tomando siempre la iniciativa, huyendo de aproximaciones defensivas frente al populismo y con claridad sobre los retos a los que nos enfrentamos. Unos desafíos que ahora son de naturaleza global y sólo podemos afrontarlos de manera conjunta. Ahí reside precisamente el indiscutible, hoy más que nunca, valor añadido de la Unión Europea. Por estas razones, es necesario que las instituciones Europeas se focalicen, no se pierdan, como ha ocurrido en otros momentos, en un sinfín de actuaciones que pueden ser abordadas con más eficacia desde los propios Estados miembros.

Durante el acto de conmemoración del vigésimo aniversario del euro, en Estrasburgo, Mario Draghi insistió en esta idea empleando el término «togetherness» que, quizá por ser en inglés un sustantivo, expresa con fuerza el tipo de acción común que necesitamos los europeos.

Puede parecer una paradoja, pero no lo es. En un mundo globalizado, la soberanía de los Estados miembros se garantiza mejor a través de decisiones conjuntas. Por eso, nuestra principal tarea es concentrar el esfuerzo para alcanzar una mayor integración en todos aquellos ámbitos en los que una sola voz es imprescindible.

Del mismo modo que el euro ha sido un factor determinante para asegurar la estabilidad de la economía, aunque inicialmente hubiera que hacer para ello una cesión de soberanía, solo una mayor integración en otros terrenos garantizará la soberanía de los países de la Unión Europea. Porque, de no actuar de ese modo, cada uno de nuestros países, no importa su peso o importancia, tiene el riesgo de convertirse en irrelevante en un mundo global. Y la irrelevancia tiene, en último término, consecuencias prácticas como la pérdida de soberanía. Cuando son otros quienes deciden por ti en asuntos que te afectan porque tu voz carece de la presencia y la fuerza necesaria, ¿cómo hablar de soberanía? Hay muchas formas de perder soberanía.

Y, si no, pensemos por un momento en el Brexit, que tiene a un país sumido en el más profundo de los desconciertos. ¿De verdad alguien cree que saliendo de la Unión Europea el Reino Unido ampliará su soberanía?

El abanico temático que de manera imperativa debe ser el foco de nuestra política común es amplio: la seguridad y la defensa, el terrorismo, el cambio climático, los fenómenos migratorios, la política agraria. Y también áreas decisivas para el crecimiento, el empleo, la competitividad y, por tanto, la prosperidad en Europa, como la transformación digital, una política industrial fuerte, la investigación y la innovación, la energía, el Mercado Único (su dimensión digital es el gran acelerador económico) y el avance en la Unión Económica y Monetaria.

La Unión Europea, con un PIB que representa en torno al 22% del PIB mundial, 500 millones de habitantes, líder en software industrial y robótica y sectores industriales globalmente competitivos, cuenta con los activos y las economías de escala necesarias para competir en las mejores condiciones por una posición de liderazgo en la economía digital mundial y con ello garantizar el crecimiento, el empleo y la sostenibilidad de las políticas sociales.

La próxima legislatura va a condicionar si la UE se consolida como actor líder en el escenario global, con una economía competitiva y capacidad para representar y defender los intereses de los europeos en el mundo o si, por el contrario, se repliega hacia un mosaico interior de países condenados a una creciente irrelevancia. Esto es lo que está en juego en las elecciones europeas del 26 de mayo.

Pilar del Castillo es eurodiputada del Partido Popular y ex ministra de Educación, Cultura y Deportes.

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