Una experiencia, una expectativa

Tengo un recuerdo muy especial de los primeros días de curso en mis clases de filosofía como profesor de instituto. Evoco este antiguo recuerdo personal porque espero que ayude modestamente a entender la expectativa social que le seguirá. Este recuerdo son las miradas, entre incrédulas y estupefactos, de los más de 40 chicos y chicas que en cada aula se sentaban delante de mí. Las miradas empezaban siendo sobre todo incrédulas: y es que no podían creer que la realidad comenzase, casi desde el primer día, a desmentir el tópico de la filosofía abstracta, difícil e inútil, y quedaban enseguida estupefactos, porque una muy específica sorpresa desbordaba todas las previsiones. A los pocos días ya eran miradas llenas de un interés vivo y sostenido.

Resultaba que aquella asignatura les estaba hablando de la vida, algo insólito, porque las otras no las veían suficientemente vinculadas a su existencia dado que los respectivos objetos de estudio -números, letras, animales y plantas, elementos químicos, hechos de la historia, etcétera- se habían encaramado a la categoría de saber seguro, de contenidos acabados, de fórmulas y dogmas incontestables. Eran un hecho indiscutido, con razón o sin ella. El mismo tópico que castigaba la filosofía en un sentido -como extraña y abstracta- mostraba comprensión con las otras materias en el sentido inverso -como normales y concretas-.

La filosofía les hablaba, sin embargo, de su propia vida. Porque la atracción por las trampas del lenguaje y las condiciones del buen conocimiento tratadas por la lógica y la epistemología, o el interés por la condición subjetiva humana -de las emociones a la inteligencia y el inconsciente- de la psicología, o la preocupación por el reto de la libertad y los valores de la ética y por las grandes cuestiones metafísicas tocan de lleno el nervio de la existencia de todas las personas, y más en la edad adolescente. Mi experiencia de la enseñanza filosófica en secundaria en estas condiciones fue -y la sentía compartida por muchos estudiantes- una experiencia de singular valor vital, netamente educativa, esencialmente humanizadora.

¿Qué ha ido sucediendo desde entonces? La filosofía ha visto como se adelgazaba su presencia en la enseñanza secundaria, bachillerato incluido. Lo más triste es que en el horizonte cercano hay amenazas serias, más que de adelgazamiento, de estricta anorexia filosófica. Grave error: justamente esta anorexia -falta de deseo, etimológicamente- contradice la convicción de siempre de que el deseo de saber -expresión de origen aristotélico- define y estimula la naturaleza propia de los humanos. Este deseo no es banal y transitorio, sino profundo y permanente, y no se satisface con pura información o con simples competencias técnicas ni pragmáticas: desde Platón, toda la tradición filosófica y científica acepta que el saber genuino, el de mejor calidad, es el saber que él llamaba synoptikon, global o de conjunto, lo que puede proporcionar precisamente la filosofía, o la ciencia cuando va al fondo de sus retos.

Hoy, todavía más que antes, se percibe de fondo una expectativa social, casi una ansiedad, de afrontar la nueva complejidad del mundo, que mira a la filosofía como un instrumento valioso. Porque hoy el conocimiento del mundo tiende a construirse y enseñarse fragmentariamente y la filosofía proporciona visión de conjunto, capacidad de relación y de síntesis; porque nuestro mundo digitalizado e internáutico nos arroja encima una avalancha constante de datos, de información desordenada y acrítica, y la filosofía ejerce el pensamiento crítico y facilita habilidades de interpretación indispensables para hacer de ella un verdadero conocimiento; porque la creciente liquidez cultural de nuestro mundo demanda una capacidad analítica y adaptativa -casi natatoria, para flotar en el fluido acelerado de la existencia- y la filosofía es lo que nos puede entrenar para ello; porque la pluralidad y la movilidad de los valores reclama una formación filosófica del sentido ético y estético de nuestra existencia en libertad, que, por otra parte, exige un adiestramiento de la capacidad reflexiva y dialógica, propia de la práctica filosófica, que acompañe a los jóvenes en su difícil proceso hacia una sólida autonomía en el orden personal y cívico.

Las personas responsables de gobernar la educación de nuestros jóvenes no deberían defraudar esta expectativa, que, además, resulta ser esencialmente educativa -o educadora de lo que es esencial– y que, lejos de ser arcaica, es netamente actual como nos enseña, entre muchos otros, Edgar Morin, excelente pensador de la complejidad contemporánea. Apelando a la formación filosófica de juventud de nuestros gobernantes, invitémosles a ponderar cómo la combinación de un mundo progresivamente complejo y de unas aspiraciones educativas serias que todos compartimos no demanda menos sino más aprendizaje filosófico. Pensemos en ello. Profesor de Filosofía de la Universitat de Girona.

Joan Manuel del Pozo, exconseller de Educació i Universitats.

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