Una generación acojonada

Querido J:

Iba el jueves por Madrid a la altura de Ayala y Castelló, barrio alto, como dicen los periodistas, cuando pasó un tipo sin estudios, se palmeó un par de veces la cara y me gritó muy despectivo vaya morro tienes. Como estaba en Madrid, cerca de Embassy y nublada la memoria por el perfume de mis viejas y queridas marquesas, ni le saqué la lengua ni apreté el paso, sino que giré la cabeza por ver el morro; pero no había nadie y se hizo evidente que era mi morro. Mi desconcierto y mi lentitud me impidieron preguntarle de parte de quién venía: si de los nacionalistas catalanes on the road, de la piratería intelectual, de padres de niños discapacitados, de los dueños de un burdel que hay en Arganzuela, de fans de Fernando Alonso, de fotoperiodistas o de chicas tout long. Justo al llegar al Punto MX (donde la vieja e inexorable norma de que el up es mejor que el down se cumple a rajatabla) se me desveló la naturaleza profunda (ah, ah) de lo que había sucedido: «Mira, ha sido un tweet», me dije. Un tweet de calle. Al fin y al cabo tenía sólo 17 caracteres, la profundidad y la gracia habituales del género y es probable que un mono frente a una máquina de escribir acertara a componerlo después de algunos intentos. La posibilidad de que los tweets se ofrezcan a partir de ahora en su versión de calle ofrece algún interés analítico. Como es natural, Twitter no ha inventado el insulto callejero. Pero que éste se proyecte sobre una persona poco conocida, en una situación perfectamente banal y consuetudinaria, sin que medie algarabía grupal y como manifiesta réplica a cualquiera de sus intervenciones en los medios, hace pensar que tipos como el que iba por Ayala ya no distinguen entre Twitter y la calle, lo cual no deja de ser una precarización molesta de la calle y una importante conquista de la red asocial. Una nueva conquista, preciso, en el importante papel que Twitter está cumpliendo como una de las más toscas, y al mismo tiempo más sofisticadas, formas de censura social.

La interacción con el pueblo en red está teniendo graves consecuencias para la calidad del discurso escrito, sobre todo periodístico. La ironía, por ejemplo, es ya una especie cruelmente amenazada. Su grado de eficacia está situándose a una altura radiofónica, lo que es imponente cuando se tiene en cuenta que la radio es a la ironía como el agua al iPhone. La ironía suele necesitar un despliegue contextual que Twitter o cualquier otro despótico forismo no permite. A veces pienso en meter a Camba y pasar por los 140 fusileros sus opiniones sobre los judíos, las mujeres o los alemanes: el morro le habría durado una semana. Los mismos letales efectos sufren otros recursos adyacentes como el sobrentendido o las hipérboles. En cambio siguen gozando de excelente salud las metáforas, que se adecuan perfectamente al boquiabierto usuario, al que cualquier metáfora convierte de inmediato en un nuevo rico que ya se cree lector.

Del mismo modo las redes están diseminando exponencialmente la flamenca figura del agradaor, de la que Antonio Burgos, autoridad, escribió estas líneas irrefutables: “El agradaó es como un flamenco, pero ni canta, ni baila, ni toca la guitarra ni nada de nada, su arte es la palabra, el halago”. Esto es, el tipo que escribe no para tomar postura sino para componerla, mientras espera los aplausos del respetable. Una escritura fuera cacho, pinturera, destinada a concitar adjetivos de masas como enorme o un rastro infinito de pulgarcitos levantados. Y es que los peores efectos no están actuando sobre el estilo. El forismo está produciendo una joven generación de escritores acojonados, completamente temerosos de dios, sólo preocupados de no defraudar a sus clientes. Con frecuencia se opone la presuntamente omnímoda libertad de internet a las insoportables presiones que los indefensos y vulnerados periodistas reciben de los patrones tradicionales. No digo que esas presiones no existan; pero tienen la considerable virtud de la exhibición y a veces de la sobrexhibición. Por el contrario, la presión del pueblo en red actúa como el glaucoma: silenciosamente, sin dar muestras aparentes de su avance. Y como el glaucoma, va estrechando el círculo de la visión libre, destruyendo, primero, los nervios periféricos y dejando un núcleo cada vez más desolado y servil. Este acojonamiento de los escritores acaba reduciendo la inteligencia a un tubo de cañón y en coherencia suele exhibirse con himnos y trompetas. Es decir, con una considerable paletada de ideología. Lo expone Ricardo Moreno Castillo en este amenísimo Diccionario semifilosófico que acaba de publicar Siníndice. Bajo la voz Ideología y estimulado por un texto de Vargas Llosa escribe: “Las ideas sirven para pensar. Las ideologías para disimular la ausencia de ideas. Las ideologías prestan, a quienes carecen de ideas, el mismo servicio que las pelucas a los calvos”.

Cada vez es más difícil escribir a la intemperie. A las dificultades habituales se ha sumado la ira de los necios. La mejor escritura, y la más propiamente periodística y ensayística, tiene siempre un punto de atacabilidad, de incompletud. Más que ninguna otra exige la buena fe del lector, la que pedía el Señor de la Montaña, entendiendo esta virtud como una forma depurada de la inteligencia y en absoluto de la compasión. De ahí el general y cálido refugio en la ideología, más sorprendente y esterilizador en los jóvenes, aquellos que vinieron a comerse al mundo y el mundo los está dejando convertidos en raspa de lenguado.

Cada vez es más difícil la intemperie y pasear serio y altanero por el barrio de Salamanca.

Sigue con salud

A.

Arcadi Espada

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