Una generación liberal

La Primera Guerra Mundial, de la que tan amplia información está dando ABC, en su centenario, tuvo también una gran repercusión en nuestra vida cultural y política: fue determinante para que surgiera, en España, una importante generación liberal.

Hacia 1914, la vida cotidiana española experimentaba notables cambios. Nacían las modas del excursionismo, el «sport» (así se decía) y el «balompié»: los primeros periódicos deportivos hablaban de «matchs», «goals», «teams» (equipos), «referee» (el árbitro). Los «ballets» rusos de Diaghilev encantaban a los madrileños, desde Alfonso XIII a Ortega. En 1915 murió «La Fornarina»; lo último que cantó fue «El último cuplé». Entre 1909 y 1919, se rodaron, en España, 300 películas con argumento. En la escena, triunfaban Benavente, Marquina, Arniches, Muñoz Seca; en la danza, Antonia Mercé, «La Argentina»; en los ruedos, Joselito y Belmonte… No son solo anécdotas: estaba surgiendo, entre nosotros, un nuevo ideal del hombre y de la mujer.

Aunque los estudiosos discutan la terminología, todos hablamos de la generación del 98 y la del 27 (separadas por casi treinta años: el plazo aceptado, en la teoría de las generaciones). En el quicio de las dos se sitúa el año de la guerra, 1914. A esta fecha suele asociarse el grupo o promoción novecentista: Ortega, Marañón, Pérez de Ayala, Azaña, D’Ors…

La neutralidad en la Gran Guerra proporcionó a España bonanza económica. A la vez, empujó a los intelectuales a tomar conciencia ante muchos problemas sociales y políticos: se dividieron en «aliadófilos» (de signo liberal) y «germanófilos» (conservadores).

Estos últimos crearon la revista «Germania», que defendía al Káiser de la costumbre de echarle la culpa de todo: «Que Paulina tragó un hueso, / que Teresa perdió un chal…, / que llovizna, que hace frío: / pero ese Káiser, ¿para qué está?».

La mayoría de nuestros intelectuales se hicieron aliadófilos. Con solemne retórica, Rubén Darío clamaba contra una nueva invasión: «¡Los bárbaros, Francia! ¡Los bárbaros, cara Lutecia!». Frente a «Germania», surgía la revista «España». En sus portadas, Bagaría caricaturizaba implacablemente al Káiser. Lo mismo hizo, con cruel ironía, Pérez de Ayala, en una antología que localicé, «El Señor de las batallas»: «Hay presunciones fundadas de que, para Guillermo II, el que no es alemán es un chino».

Del 98 heredaron los novecentistas la preocupación por la regeneración de España, pero aportaron un tono bastante diferente: menos vehemente y apasionado (el famoso «energumenismo» de Unamuno), mucho más sereno y razonador. Si los noventayochistas aspiraban a Europa (o, paradójicamente, como el mismo Unamuno, a españolizarla), los novecentistas fueron la primera promoción española que se siente plenamente europea: un hecho de importancia indiscutible.

Porque no se trataba solo de sentimientos, sino de realidades. Baste con recordar unos pocos datos. Eugenio d’Ors escribía libros en catalán, en castellano y en francés; su teoría de lo barroco se discutía en Europa. Para Pérez de Ayala fue decisiva la influencia del espíritu inglés (Antonio Machado lo retrató «con gesto petulante… de “bachelor” en Oxford»). Azaña tomó como modelo la organización del Ejército francés. Ortega no sería el mismo sin su estancia en Marburgo, y la «Revista de Occidente» estaba al nivel de las mejores publicaciones europeas, en aquellos años…

Querían los novecentistas llevar a cabo una labor de pedagogía social, educar la sensibilidad de los españoles: más allá de lo poético, ese significado tenía «Platero y yo». Ese mismo es el mensaje de la famosa conferencia de Ortega en el Ateneo («Vieja y nueva política», justamente de 1914), evocada por Pérez de Ayala en su novela de clave, «Troteras y danzaderas».

En esa labor, el género preferido fue el ensayo. Para Marañón, nace esto de «ensayar», de una humilde búsqueda de la verdad: supone, en definitiva, una actitud liberal. (Así titula don Gregorio uno de sus libros: «Ensayos liberales»).

El gran prestigio de algunas publicaciones periódicas –con el ABC a la cabeza–, unido a la necesidad económica, determinó que muchos de estos libros de ensayos procedieran de series periodísticas. El «Glosario» de D’Ors, su obra más significativa, se publicaba así, como una inyección cotidiana de vitaminas culturales. Ortega no escribió un tratado de metafísica, sino que quería ser «aristócrata en la plazuela», hacer una obra «por esencia y presencia, circunstancial».

Para Pérez de Ayala –como para Marañón–, el liberalismo no es un partido político concreto, sino algo mucho más amplio, un talante, una actitud vital: aceptar el enfrentamiento entre actitudes que, desde el punto de vista de cada una, poseen su razón de ser: algo muy cercano, por tanto, al concepto orteguiano del perspectivismo. En literatura, eso supone negar la división melodramática de los personajes en «buenos» y «malos». En la vida, es la cualidad propia de los más lúcidos: «El hombre es tanto más inteligente en la medida en que acierta a justificar fuera de sí, en los demás hombres, el mayor número de vidas individuales». De esa sabia tolerancia debe nacer el auténtico humorismo, que, para Ayala, es algo profundamente serio.

Se resume todo esto en el diálogo que cierra su última novela, «El curandero de su honra»: «Lo blanco y lo negro existen y ambos son verdad. Dejemos a cada cual con su verdad, siempre que sea de buena fe, aunque nuestra verdad sea más noble y más bella».

Nadie puede negar, creo, el atractivo de esta actitud liberal. El problema surgió cuando se trasladó al terreno concreto de la lucha política y este grupo de intelectuales fundó la Agrupación al Servicio de la República. En 1931, Pérez de Ayala fue designado embajador en Inglaterra (cargo que ocupó hasta el triunfo del Frente Popular). En casa del escritor encontré el texto de su discurso a los españoles que residían en Londres, en mayo de 1934. Confiaba –les decía– en que esos tres años de República hubieran demostrado algo: que no es cierto que los españoles «se vean arrastrados, a pesar suyo, a adoptar manifestaciones extremas de guerra civil, potencial o actual, como si, por una especie de maldición bíblica, no pudiéramos ser sino cainitas y abelianos, verdugos y víctimas de nosotros mismos». Y concluía: «Si fracasáramos, no digo los republicanos, sino los españoles, será menester que, con las lágrimas de Boabdil en los ojos, nos dispongamos a abandonar por el foro el escenario del mundo, y llorar como mujeres lo que no supimos conservar como hombres».

De hecho, así sucedió: «¡No es esto, no es esto!…» (Ortega). Las frases de Pérez de Ayala resumen la tragedia de aquella generación liberal, que ahora recordamos, en su centenario.

Andrés Amorós, escritor y crítico taurino.

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